7 arrepentimientos tardíos en la crianza

No jugar con los niños, tratarles injustamente o perder la paciencia con ellos son algunos de los arrepentimientos más comunes

El arrepentimiento es uno de los sentimientos más inútiles y nocivos del ser humano. La culpa es una pesada carga que acompaña a las madres y lo malo es que no podemos hacer nada útil con ella, salvo soltarla perdonándonos a nosotras mismas. Pero ¿cómo evitar nuevos cargos de conciencia? Con medidas y actitudes preventivas. Por eso te traemos un listado de situaciones habituales de las que puedes llegar a arrepentirte en la crianza de tus hijos e hijas, si no tomas medidas a tiempo.

No criarles con apego… y como nos dé la real gana

Criar para satisfacer la opinión de los demás es una trampa en la que es difícil no caer de vez en cuando. ¿Alguna vez te ha pasado actuar con tu hijo de forma diferente a como lo hubieras hecho en privado, porque había gente delante y te sentías juzgada? Tranquila, a todas nos ha pasado.

Abraza a tu hijo, cógele en brazos, duerme con él, dale teta el tiempo que ambos queráis, respeta sus ritmos… No es malacostumbrar a un niño hacerle sentir amado y protegido. Ni ofrecerle refugio, apoyo y seguridad. Tranquila, no te va a confundir con una vaca ni con un chupete. Él sabe, mejor que nadie, que eres su madre. Y a ninguno de los dos os da el aire que respiráis la opinión de los demás. El único juez válido es tu conciencia.

 

 

Somos una sociedad de huérfanos emocionales si pensamos que malcriar a un niño es darle amor. Y actuar para «encajar» o para complacer a otros, es una de las pérdidas de tiempo más grandes que puede haber en la vida. ¡Nunca vas a conseguir ser una madre a gusto de todo el mundo!

Todo, absolutamente todo lo que hagas, puede ser objeto de críticas. Pero que alguien piense bien o mal de ti no altera en nada vuestra familia, a menos que tú lo consientas. En cambio, sí te puedes arrepentir (y mucho) de no haberte atrevido a ser el tipo de madre que querías para tu hijo. Solo tú decides.

No haberte informado antes

El sentimiento de culpa viene de serie cuando te conviertes en madre. Con el tiempo, sin embargo, aprendes. Aprendes a equivocarte menos, a elegir mejor, a priorizar adecuadamente, a decidir bien… a ser madre. Nadie nace sabiendo, y aunque la crianza tiene una poderosa parte instintiva (que deberíamos escuchar más a menudo), la formación también es tan necesaria.

Con el tiempo también aprendes a considerar el error como una fantástica oportunidad de aprendizaje y mejora. Y aunque siempre hay quien prefiere perpetuar roles en la crianza antes que tomar el riesgo de buscar nuevos horizontes, cada vez son más las familias que buscan información sobre otros métodos de crianza, pedagogías alternativas y formas de disciplina más respetuosas con la infancia.

 

Padres hippies

 

A lo largo de nuestra vida nos preparamos para un sinfín de cosas: para alcanzar hitos académicos, aprobar exámenes, sacarnos la selectividad, aprobar el carnet de conducir, aprender idiomas, obtener títulos, especializarnos en una profesión u oficio… Y en cambio, nos preparamos muy poco para ser padres.

Prepararse para el embarazo y el parto es solo el comienzo. Después llegan un sinfín de decisiones sobre lactancia, colecho, porteo, contramarcha, Blw… para las que es mejor que estés preparada porque todas y cada una de ellas van marcando un rumbo y no solo nos definen como madres, también condicionan la infancia y el desarrollo de nuestros hijos.

Equivocarse no es malo; de hecho, es la base del aprendizaje. Pero hay muchos falsos mitos, prácticas desfasadas y desinformación sobre la crianza de los niños. Todo ello causa incertidumbre y desorientación en las familias. Nos podemos evitar muchos arrepentimientos tardíos si nos informamos bien, a tiempo, y contamos con el apoyo de la Tribu.

No decirles «te quiero» (y quererles incondicionalmente)

«Te quiero» son dos palabras que deberíamos decir a nuestros hijos todos los días. Amarles incondicionalmente y sin medida, a cambio de nada, tengan días buenos o malos, cuando alcanzan hitos y también cuando se equivocan… Sin expectativas. ¡Imaginaos el tremendo empoderamiento del ser humano que se siente amado sin tener que hacer nada por ello! Ser amado solo por existir. Sentirse amados solo por ser ellos mismos.

Recordarles que les queremos en cualquier circunstancia, que nada puede suceder para que eso cambie, y hacerles sentir seguros de ello transmitiéndoselo les ayuda a crecer con seguridad, confianza y una sana autoestima, al abrigo de un vínculo afectivo indestructible, forjado sobre la base de un apego sano y seguro.

 

 

Nuestro papel como padres no es convertirles en lo que a nosotros nos gustaría que fuesen, sino prestarles acompañamiento respetando su personalidad, sin pretender cambiarles o que sean aquello que a nosotros más nos enorgullecería. Porque no puede haber mayor motivo de orgullo para una madre y un padre que el que su hijo sea feliz.

Quererles libres y amarles incondicionalmente es el mayor regalo que les podemos hacer. Porque una crianza respetuosa es aquella que pone en la misma balanza raíces y alas. Empoderarles para darles el valor de ser ellos mismos y quererles por ello nos hace inmensamente ricos a nosotros también. Porque aprendemos cuando ellos aprenden, crecemos cuando ellos crecen… y porque es infinitamente mejor y más importante criar un niño feliz, que un niño sumiso.

La infancia es un periodo efímero de la vida del ser humano. Los «te quiero» que se enquistan por no ser nunca pronunciados causan escozor en el alma. Por eso no hay que ser tacaños con el afecto ni con sus expresiones. No esperes motivo ni ocasión… ¡Dile hoy mismo cuánto le quieres!

No pedir perdón a tu hijo

Las madres y los padres nos equivocamos porque somos humanos y, como tales, no somos infalibles. Nos debemos a nosotros mismos el darnos permiso para ser imperfectos, pero cuando perdemos los estribos con los niños es bueno saberles pedir perdón también a ellos. 

 

 

Pedir perdón no nos resta autoridad ni valía personal. Más bien sucede al contrario, al darles ejemplo les transmitimos valores fundamentales de vida. En primer lugar, les estamos dando permiso para equivocarse y no ser «perfectos». En segundo lugar, les estamos inculcando el valor de la humildad (necesaria para admitir errores). Y, por último, les enseñamos que tienen capacidad para corregir sus equivocaciones y así aprender de los errores para seguir creciendo.

No pasa nada por reconocer ante un niño que nos hemos equivocado y es muy saludable pedirles perdón cuando esto sucede. Los niños necesitan que les pongamos límites, sí; pero de forma respetuosa. Y siempre podemos cambiar de idea y renegociar algún punto con ellos, porque eso es justo lo que sucede constantemente en la vida adulta.

No compartir suficiente tiempo con los niños

A veces la rutina nos envuelve y perdemos la capacidad de gozar de muchos momentos valiosos. Nuestro frenético estilo de vida perjudica a la crianza y los compromisos, las responsabilidades o los hábitos mecánicos nos agotan y terminamos dedicando la mayor parte de nuestro tiempo a actividades laborales o domésticas.

En este contexto es importante no perder la perspectiva ni equivocar nuestras prioridades. Merece la pena posponer algunas de las tareas para sacar un rato diario en compañía de las personas que son especiales de verdad en nuestra vida. Aquellas que nos enriquecen profundamente: nuestra pareja, nuestros familiares, amigos… y especialmente nuestros hijos merecen nuestro tiempo y energía.

 

 

Y no solo porque nuestros porque sean pequeños y necesiten nuestra atención y cuidado. También porque ellos enriquecen profundamente nuestras vidas. Si perdemos esto de vista puede que más adelante nos arrepintamos de no haber jugado con ellos lo suficiente, no haber compartido experiencias o no haber mantenido conversaciones…

En definitiva, podemos arrepentirnos de no haberles dedicado suficiente tiempo y atención. Quien haya visto el desarrollo de un niño se da cuenta de una realidad desconcertante: crecen a una velocidad impensable. Nuestros hijos no serán pequeños toda la vida y el tiempo pasa, se pierde… y es irrecuperable.

Hoy puede que sean bebés que no quieran separarse de nosotros y resulte agotador… pero en un abrir y cerrar de ojos se convertirán en adolescentes que no querrán que nos inmiscuyamos en sus asuntos. Los abrazos interminables, las sesiones de cuentos y los ratos de juego con ellos se habrán ido para siempre, sin apenas darnos cuenta.

No dar las gracias a los abuelos por su ayuda en la crianza

Aunque haya diferencias generacionales y no siempre coincidamos en nuestros criterios de crianza, los abuelos son el germen de nuestra propia historia y su apoyo en la crianza es fundamental. Gracias a ellos tenemos raíces, aunque después hayamos desplegado nuestras propias alas y elegido nuestro propio rumbo.

 

 

Puede que no estén al tanto de las últimas corrientes pedagógicas, que no entiendan muy bien de que va eso de educar sin premios ni castigos, que lo pasen fatal cuando dejamos que el bebé ingiera sólidos en lugar de las papillas de toda la vida (¡no sea que se atragante!) o que no entiendan por qué les ponemos un colchón en el suelo (¡en lugar de una cama como Dios manda!)… pero tienen la sabiduría que da la experiencia.

Y aunque no siempre tengan razón, lo hicieron lo mejor que sabían y lo hacen lo mejor que pueden. ¡Como nosotros! Además, son un pilar importante de nuestra familia y siempre están ahí, de forma incondicional. Además, la especial relación que los niños establecen con los abuelos no tiene precio… Solo por eso merecen nuestra consideración y respeto.

Olvidarte de ti misma y no exigir corresponsabilidad en la crianza

Tener hijos implica que tu vida cambie. Durante un tiempo, su dependencia de ti es absoluta y sus necesidades prioritarias. Sí, es agotador. Sobre todo porque la vida sigue, y aunque los niños sean nuestra mayor responsabilidad, el resto de tareas se acumulan a nuestro alrededor y quedan pendientes.

Tampoco tenemos tiempo libre y mucho menos tiempo para nosotras, para conciliar teletrabajando o para la pareja, con la que puede que comiencen a surgir conflictos

 

 

Y es que ser madre o padre es tener la madurez necesaria para asumir que nuestras necesidades emocionales quedarán relegadas a un segundo plano durante un tiempo. Es importante saber esperar para satisfacerlas, pero sin olvidarnos de ellas. 

Como consecuencia de todo lo anterior, empezamos a estresarnos y a no llegar a todo. Cuidado con la autoexigencia: ni tu hijo, ni tu familia, ni tú necesitáis que seas una madre perfecta, sino una persona feliz. Para ello es importante que no te olvides del autocuidado y que te protejas de la carga mental, otra de las pesadillas de la maternidad.

 

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Pensar en ti, quererte y cuidarte no es ser egoísta. Hay que saber pedir ayuda cuando se necesita y delegar funciones en el hogar para no sobrecargarnos. También es necesario confiar en nuestra pareja desde el principio, apoyarnos en ella y ser corresponsables en la crianza.

A menudo las madres tendemos a pensar que cambiamos un pañal mejor que nadie o que solo come bien con nosotras; pero ese tipo de habilidades se adquiere solo con el tiempo y la práctica; y para que nuestra pareja las adquiera, hay que dejarle espacio para desarrollarlas.

 

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