De niño obediente a adulto sumiso

Educar en una "sana desobediencia" es importante para la autoestima, la autonomía y el desarrollo personal

Obligamos a nuestros hijos a ser obedientes, a compartir, a obedecer sin cuestionar, a portarse «bien», a no pelearse con los demás… Pero la independencia, el espíritu crítico y la capacidad de reflexión son puntos clave para el desarrollo de la personalidad, la autonomía y la autoestima. Creemos que un niño obediente es un niño «bien educado», pero decir no, dar la propia opinión o expresar necesidades y deseos es tan necesario como enseñar a compartir, dar las gracias o pedir perdón. Saber educar en una sana desobediencia también es importante.

Ser un niño obediente NO es ser un niño bien educado

Hay una visión generalizada según la cual los niños y niñas obedientes son aquellos que siguen, sin rechistar, las instrucciones que se les dan. Y si son obedientes, están además «bien educados». Es cierto que hay peques de muy fácil convivencia, otros en cambio son más reactivos y presentan oposición mucho más a menudo… ¡Igual que los adultos!

Debemos tener cuidado con asociar educar en la obediencia a educar en la sumisión porque la obediencia no es sumisión, sino la capacidad de adaptarse para acatar la autoridad. Dicha autoridad puede provenir de una norma, ley o figura de rango superior (como un jefe) que trata de establecer un cierto orden de forma justa por el bien común (alcanzar un objetivo, productividad, preservar el bienestar o la seguridad, etc.).

 

 

Un niño obediente es, pues, aquel capaz de acatar lo que le pide otra persona de forma educada y lógica, porque esta goza de autoridad. Ahora bien, los niños no son empleados, subordinados, ni reclusos. El adulto se gana la autoridad por la manera de interactuar con el niño. Con respeto, no con abuso de poder.

La sumisión, en cambio, implica someterse sin cuestionamiento a la autoridad o voluntad de otra persona. Una persona sumisa no pone nunca en tela de juicio las órdenes que le dan, no hace uso del propio criterio personal, ni se cuestiona nunca sus propias necesidades.

Un niño sumiso es, por tanto, un niño que se somete al dominio de otra persona. Se somete porque esa persona ha enseñado al niño a tener miedo (con castigos, reproches, azotes o regañinas) y así le ha infundido un sentido de obligación sin rechistar por temor a ser humillado, no querido o castigado. Un niño sumiso teme no comportarse como el adulto quiere, incluso aunque no le guste o no entienda aquello que se le ordena.

La desobediencia es un síntoma de inteligencia

El ser humano ha sido capaz de evolucionar gracias a su espíritu inconformista. En todas las épocas de la humanidad, ha habido rebeldes, revolucionarios y grandes genios que se han adelantado a su tiempo oponiéndose al orden preestablecido en pos del progreso. No en vano, el escritor Óscar Wilde decía:

La desobediencia, a los ojos de cualquiera que haya leído la historia, es la virtud original del hombre. El progreso ha llegado por la desobediencia, por la desobediencia y la rebelión.

 

 

La desobediencia es un síntoma de inteligencia. El periodista Eduardo Galeano defendía:

Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común.

Tener un espíritu crítico y enfrentarse a la vida no asumiendo verdades absolutas, sino esperando aprender en base a la experiencia personal y el propio criterio, es el motor de la evolución y el progreso.

Los niños no nacen siendo desobedientes, ni tampoco sumisos

Los niños y niñas no nacen obedientes ni desobedientes, sumisos ni críticos. Somos nosotros los adultos, quienes interactuando con ellos, les ofrecemos ejemplo y les enseñamos el camino de la libertad individual (aquel que nos permite saber cuándo corresponde la obediencia o la oposición), o el camino de la sumisión.

Los adultos que se relacionan con los niños influyen en ellos. Por eso es importante que nos esforcemos por no enseñarles a obedecer o no obedecer en función de ser la autoridad, sino por ser personas de confianza para ellos, alguien que les cuida, les protege y, sobre todo, les quiere.

 

 

Desde el acompañamiento, el cuidado, la protección y el afecto el niño acepta al adulto como referente. Si el referente es sano, la obediencia surge sola. Es tan solo cuestión de coherencia, de sentido común. Y esa obediencia nunca será sinónimo de sumisión, no impedirá que el niño desarrolle su espíritu crítico ni menoscabe su autoestima ni su autoconcepto.

Si el referente, en cambio, se construye en base al miedo, la humillación, la represión, el desamor, el castigo o el abandono, entonces aparecerá la sumisión. Al lado de la sumisión siempre hay un miedo enfermizo a perder el cariño de sus padres o profesores, por lo que el tipo de apego que el niño desarrollará en su fase adulta será insano y generará relaciones de dependencia o evitación con sus semejantes.

 

 

Cuando sentimos que nuestra opinión, necesidades y deseos no valen nada; poco a poco vamos interiorizando el sentimiento de que no valemos nada nosotros. Entonces perdemos autoestima y vivimos pendientes del reconocimiento ajeno, que además esperamos siempre con ansiedad. En este estado, es fácil que nos dobleguemos a las necesidades y deseos de los otros con suma facilidad.

Los adultos solemos tender a formar niños sumisos por propia comodidad y olvidamos que estamos formando adultos sumisos para el mañana. Por eso es importante que interioricemos y proyectemos la clase de adulto en que queremos verles convertirse.

Los niños desobedecen, sí. Lo hacen por toda una serie de motivos que nada tienen que ver con el reto, el desafío o la lucha de poder. De hecho, por norma general, los peques quieren agradar, no entrar en conflicto. Pero un niño es un niño. Da igual la de veces que le digas que no debe cruzar la calle. Si pierde la pelota con la que está jugando, la cruzará. No es que no quiera obedecer, es que NO PUEDE. Sencillamente.

En los niños y niñas más pequeños se antepone la naturaleza instintiva a las normas (el juego, el movimiento, la diversión), se distrae o simplemente les falla la memoria. Durante su primera infancia, tienen que aprender absolutamente TODO del mundo que les rodea. En él hay muchas normas y reglas, hábitos y rutinas que tienen que interiorizar, practicar y memorizar. ¡Estar al tanto de todo eso y no olvidarse nunca o cometer errores es muy difícil!

 

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Imagina que llegas por primera vez a un trabajo que nunca has desempeñado y esperan de ti que absorbas toda la información de golpe y rindas como si llevaras años en ese puesto. ¡Es imposible! Y abusivo, ¿verdad? Corresponde al adulto ser empático, sereno, tolerante y comprensivo para dejarles madurar a su ritmo. 

Con paciencia y cariño les ayudamos mucho más que si nos desesperamos con ellos y les asustamos o reprimimos con gritos y amenazas. Dialogar con ellos funciona mucho mejor que tratarles injustamente con castigos que no entienden y que solo sirven para que acumulen rencor y sean más proclives a ocultarnos sus problemas en el futuro. Y es que a menudo cometemos el error de castigar a los niños por ser niños.

 

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