El apego con nuestros hijos influirá en sus relaciones afectivas adultas

Te explicamos qué tipos de apego se pueden construir en la infancia y cómo determinan las relaciones futuras

Últimamente se habla mucho del apego y la codependencia o la soledad emocional, como si el apego fuera algo negativo. Sin embargo, allá donde exista una relación (del tipo que sea: afectiva, amistosa, etc.) existe apego, porque existe un vínculo. 

El apego no es necesariamente algo malo, es el tipo de apego que nos inculcan en la infancia el que determina el éxito o fracaso de nuestras relaciones como adultos, ya que es un punto clave en la formación de nuestra personalidad, carácter e inteligencia emocional.

Distintos tipos de apego

La psicología ha demostrado que el modo en el que nos criaron influye en nuestra forma de ser, en la manera de relacionarnos con nuestro entorno. De esta forma, el tipo de apego que establecemos con nuestros cuidadores (generalmente los padres) afecta a nuestra autoestima y seguridad; así como también influye en la gestión de nuestras emociones y estados de ánimo.

 

 

La psicología del desarrollo y las ciencias del comportamiento nos ayudan a entender por qué llevamos a cabo determinados patrones de conducta en el seno de una relación, o incluso en la crianza de los propios hijos. Hoy en día sabemos que las primeras experiencias en nuestra infancia dejan una impronta profunda. De hecho, John Bowlby (autor de la teoría del apego) escribió sus conclusiones en un artículo titulado Cuidado maternal y salud mental, que se publicó en los años 50.

En este trabajo se reflejó por primera vez una clara evidencia de lo importante que es para el ser humano establecer una vinculación fuerte y sana entre los niños y sus progenitores durante los primeros años de vida. Un apego afectivo seguro favorece un desarrollo emocional saludable.

El ser humano puede experimentar varios tipos de apego (que se clasifican de diferente manera y reciben distintos nombres según el autor) y todos ellos afectan, de forma positiva o negativa, a las relaciones personales y/o afectivas que tenemos en la edad adulta.

Atender las necesidades de la infancia

Todos nacemos con una predisposición natural al bienestar, la alegría, el optimismo y la felicidad. Lograr esto va a depender de las experiencias que tenemos durante la infancia y del cuidado de nuestros progenitores (y también, en buena medida, la personalidad cada niño y niña).

Si el vínculo que establecemos con nuestros progenitores no es el más saludable, puede provocarnos miedo, inseguridad, sensación de desamparo… Si estas emociones se cultivan de forma permanente, el malestar se normaliza.

Los dos primeros años de vida de un bebé es cuando mayor implicación tienen los patrones de apego entre él y sus cuidadores. Durante este tiempo, si al menos uno de los progenitores es capaz de responder a las necesidades del pequeño, tendrá más probabilidades de lograr un desarrollo social y emocional óptimo.

 

 

En cambio, si ambos padres descuidan sus responsabilidades, no hay proximidad ni contacto y el único nutriente afectivo del pequeño es la angustia, la soledad, el miedo o la inseguridad, ese niño sufrirá los efectos de este marco de crianza tan deficitario en su edad adulta.

El apego seguro

Si el adulto está en sintonía con el bebé, si es sensible a sus necesidades y da forma a una interacción fuerte y afectiva, se construye un apego seguro. Este es el más saludable de todos los distintos tipos de apego.

La personalidad de estos niños y niñas es sociable y alegre. Tienen buena autoestima y confianza en sí mismos y sus capacidades. Esto es así porque se sienten seguros y validados emocionalmente, cuentan con el apoyo y la seguridad de esas figuras de referencia: sus padres.

El apego evitativo

Cuando los progenitores no son capaces de atender adecuadamente las necesidades (físicas, cognitivas y afectivas) de sus hijos, los maltratan o evitan, se construye un apego evitativo. El niño aprende entonces que no puede contar con sus cuidadores para satisfacer sus necesidades. Un pensamiento así siempre es fuente de sufrimiento.

 

 

Este niño aprende a vivir con un amor deficiente, pobre y casi inexistente. Las escasas veces en las que sus padres le prestan atención son migajas afectivas, hace que se sienta muy poco valorado e incluso llega a pensar que lo mejor es evitar toda relación de intimidad, para no resultar herido o decepcionado.

Experimentar, desde bien temprano, que quienes más deberían amarte son quienes menos se preocupan por ti o quienes más te hacen sufrir, implica pasar a toda posibilidad de relación por el filtro de la desconfianza. La tendencia será entender cualquier tipo de contacto emocional como una fuente de dolor y desilusión que es mejor evitar.

El apego ansioso

El apego ansioso es otro de los tipos de apego inseguros o insanos, que resulta especialmente desgastante. En estos casos, la atención de los padres no es totalmente inexistente pero sí deficiente o inadecuada. Como resultado, establecen con sus hijos un vínculo inconsistente que genera inseguridad y necesidad de obtener un mayor afecto y atención. Por eso, este niño desarrolla una tremenda codependencia emocional.

Los niños y las niñas con este tipo de apego muestran una mezcla de ira e impotencia hacia sus padres. Actúan de forma pasiva-agresiva y se sienten inseguros. La experiencia les ha enseñado que no pueden confiar en las personas que aman o en las que dicen quererles y, aunque traten de fingir desinterés hacia ellas, están siempre sedientos de atención y cariño.

El apego ambivalente o desorganizado

Cuando el comportamiento de los progenitores es incoherente (unas veces responden de forma adecuada y otras rechazan al niño), genera confusión en los pequeños, provocando que ellos mismos deseen a veces buscarles y otras evitarles.

 

 

El apego ambivalente es un tipo de apego que nace de la suma de los otros dos tipos de apego inseguros. Los pequeños criados así desarrollan conductas de elevada ansiedad como consecuencia de la interacción con sus padres, que a veces puede ser intrusiva y otras inexistente, pero siempre insensible y poco ajustada.

Por eso sufren ansiedad en sus relaciones afectivas, porque no saben qué tipo de respuesta van a obtener. Esto hace que a menudo se comporten de forma recelosa y desconfiada, y actúen con terquedad o rabia. Este tipo de apego no es el más frecuente, pero sí el más destructivo y el que produce unos efectos más dañinos a largo plazo.

Tipos de apego en la edad adulta

A finales de los años 80, los psicólogos Cindy Hazan y Phillip Shaver aplicaron la teoría de Bowlby al campo de las relaciones en adultos. Concluyeron que el tipo de crianza que recibimos en nuestra infancia determina, en gran parte de los casos, el modo en el que construimos nuestras relaciones afectivas en la edad adulta.

Apego seguro, personalidad segura

Las personas que formaron vínculos seguros en la infancia, tienen una mayor probabilidad de establecer patrones de apego seguros en la edad adulta. Tienen más seguridad en sí mismos, lo que les permite establecer relaciones sólidas con sus semejantes.

 

 

Sus vidas son equilibradas: valoran su independencia y a la vez establecen relaciones cercanas, fuertes, estables, duraderas y felices. Tienen una visión positiva de sí mismos, y esto les ayuda a buscar parejas afectivas con las que construir vínculos seguros y significativos. 

Apego evitativo, personalidad esquiva

Experimentar en la infancia un tipo de apego evitativo, deja huella en forma de personalidades solitarias que perciben las relaciones como una fuente de desconfianza. Son personas que no se abren emocionalmente, son esquivas e incapaces de satisfacer las necesidades de los demás.

Reprimen sus sentimientos y su respuesta típica cuando hay algún conflicto o discrepancia es la de no responsabilizarse, poner distancia y huir.

Apego ansioso, personalidad insegura

Crecer con un tipo de apego ambivalente respecto a nuestros progenitores también puede moldear nuestra personalidad adulta. Es común que estos individuos desarrollen cierta inseguridad y una baja autoestima. Se conciben a sí mismas como personas no merecedoras de amor, por lo que buscan constantemente la seguridad y la aprobación de la pareja afectiva.

 

 

El miedo a perder a su pareja hace que tengan siempre una sensación de inseguridad dentro de sus relaciones y que interpreten cualquier gesto como rechazo, traición, desamor, etc. Todo ello hace que acaben construyendo relaciones altamente dependientes donde la propia persona, dada su inseguridad patológica, acaba siendo la principal enemiga de su relación afectiva.

Apego ambivalente, personalidad temerosa

Las personas que crecieron con un apego ambivalente se enfrentan a la presencia de un trauma no resuelto. Es frecuente encontrarlo en adultos que de niños tuvieron una infancia de abuso y maltrato, generando una personalidad fracturada emocional y psíquicamente.

Este tipo de adultos reprimen muchos sentimientos y vulneran constantemente los de los demás. Les cuesta establecer una conexión auténtica porque hay miedos, competencias emocionales no desarrolladas, baja autoestima, escasa gestión emocional…

Implantan relaciones de ida y vuelta, ya que por un lado ansían amar y ser amados y tienen una enorme necesidad de afecto; pero, por otra parte, tienden a huir ante el más mínimo obstáculo o señal de compromiso emocional.

En estos casos, lo recomendable es llevar a cabo una buena terapia de reconstrucción personal para poder establecer vínculos sanos, más seguros y satisfactorios.

 

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Aunque no todas las personas se limitan a perpetuar los mismos patrones afectivos que reciben en su infancia, sí es frecuente que estos determinen en mayor o menor grado nuestra conducta como adultos.

Sin embargo, el propio John Bowlby señaló en su momento que la psique humana tiende a la recuperación. En otras palabras, una infancia traumática no tiene por qué determinar una vida de infelicidad. Más allá de los tipos de apego en los que fuimos criados, está nuestra capacidad de cambio y de resiliencia.

 

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