Sentirse orgullosa

La culpa y el orgullo se mezclan como fibras entretejidas en la maternidad

A menudo sucede que nos encontramos con testimonios y opiniones que nos sitúan frente a situaciones vividas. Resulta curioso cómo las palabras y gestos de otras personas pueden transportarnos a instantes concretos, especialmente si se tiene facilidad para viajar a través de las sensaciones.

De este modo me he dejado conducir por diversos caminos, he compartido risas y establecido relaciones que se burlan de los años. Me he asomado, entre las líneas, a espacios personales, a los que hay que pasar en silencio y con gran respeto. He conocido la complicidad en la distancia y celebrado los logros de quienes aprecio, acompañando incluso momentos cruciales de sus vidas.

 

Madre e hijo, felices, juegan a ser superhéroes

 

Todo gracias a este medio, que muchos encuentran frío e irreal, pero que ofrece una valiosa riqueza cuando encuentras tu hueco en él. Puede resultar abrumador pero, en mi caso, su principal ventaja radica en la libertad que ofrece para adaptarlo a tu propio ritmo, sobre todo emocional.

Durante esta etapa he aprendido y leído, siempre desde el interés, bastante sobre maternidad y crianza: libros, foros, blogs y artículos. Ahora, con cierta perspectiva, reflexiono acerca del papel que juega la culpabilidad en este asunto. La culpa en la maternidad se convierte en una sombra que se mantiene cerca y nos empuja a justificar nuestros pasos. Se asienta con fuerza y, a veces, tan sólo necesitas desatar ese nudo para poder continuar.

Me ocurre. Aunque haya pasado el tiempo, me asaltan recuerdos y la culpa está detrás, aguardando. Hay días que se atraviesan con la mejor intención y ella me toma al final, cuando me encuentro cansada y a oscuras. La culpa destila por algunos de mis textos, por los relatos de otras mujeres y se hace palpable en las conversaciones. Se camufla para confundir, hasta darnos la vuelta.

Valorar lo conseguido

Al otro lado de esta culpabilidad recurrente, podemos encontrar el sentimiento contrapuesto. Tal vez no aporte alivio al contarlo o no se comparta por temor a resultar presuntuosa. Ninguno de estos gestos le resta valor. No es que la culpa o el arrepentimiento no me inquieten, sino que encuentro importante centrarse en la dicha de lo andado.

 

Madre e hija unen sus cabezas cómplices y sonriendo

 

Tenemos por lo que sentirnos orgullosas, logramos mucho más de lo que habíamos previsto y nos adaptamos a los reveses que van surgiendo.

Durante el embarazo, en el parto, la lactancia y las diversas etapas de crianza. Cada cual a su manera, siempre en continuo avance: renovando recursos, anticipándonos a los cambios, improvisando y variando el rumbo cuando las cosas no son como nos contaron o imaginamos, cuando algo no concuerda con lo que sentimos.

Luchadoras con una infinita despensa de amor. Incluso cuando te reconoces impaciente y al límite, lo estás logrando. Rectificas, reflexionas, aprendes y sigues. Podemos sentirnos orgullosas.

Durante mi segundo embarazo las cosas no fueron como había deseado y fui perdiendo la confianza que con tanta entereza creí haber adquirido. Conseguí recomponerme, asumir que hay cosas que escapan a nuestro control y que, a pesar de ello, podemos abrirnos paso. Puedo considerarme orgullosa de esa pequeña gran victoria. Tal vez solo tenga valor para mí, pero me reconforta mi elección. Lo logramos y ella llegó a este mundo libre, intacta.

 

Madre e hijas chocan las manos con capas de superheroínas

 

Muchos años de lactancia, una etapa difícil en ocasiones. Dudas, dolor, cansancio, enfermedades, falta de comprensión… Pero fluimos y me agarré a aquello que nos hacía resurgir: la convicción de hacerlo porque deseaba hacerlo. Alimentarlas con mi cuerpo, nutrirlas a través de ese contacto tan íntimo y primario. Lo logramos y puedo sentirme orgullosa de superar tantos retos a lo largo de todos estos años.

Trabajar la intensidad de nuestro carácter, no tirar la toalla ante el desconcierto y surfear un océano inestable, a merced de tormentas propias y ajenas, proponerme día tras día vivir con naturalidad esta fuerza innata. No negar esa luz y asomarme a conocerla. Moverme queriendo dar un gran salto y tomarlas de la mano. Se requiere mucho más que un impulso, y lo estamos logrando. Debo sentirme orgullosa por mi visión y constancia.

La atención hacia ellas y mi falta de reflejos o paciencia, reconocerme incapaz de mantener la calma ante algunas situaciones, sentir que nuestro hogar parece una olla a presión… Cierto, a veces no reacciono como desearía, pero en otras ocasiones sí.

Me siento orgullosa

Nos las hemos ingeniado para hablar por el aire, comunicándonos con todos los sentidos, y esa complicidad no se crea sola, no es un regalo del azar. Forma parte del entramado familiar y me siento orgullosa de lo aportado.

 

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Ellas me consideran, al menos en este momento, un pilar fundamental en sus vidas y una fuente de apoyo incondicional. Esta confianza que depositan en mí, siento que debe ser correspondida con toda mi admiración y la promesa de continuar sintiéndome orgullosa de nuestros progresos, más acertados o menos. A nuestro modo, como siempre, como todo.

Si ellas viven y experimentan desde la alegría y la curiosidad, si se muestran empáticas y humanas, si se sienten libres de mostrar sus emociones sean o no aceptadas socialmente, seguramente haya algo de nuestro esfuerzo ahí, de nuestra dedicación, confianza y reflejo. Es justo valorarnos por ello.

 

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