Indefensión aprendida: Las terribles consecuencias del abandono emocional en el desarrollo y la salud mental de los niños

La neurociencia alerta de la correlación entre el abandono emocional y el desarrollo mental infantil

La indefensión aprendida en los niños y bebés puede resultar muy peligrosa para la salud mental de los menores y causar graves secuelas que permanecen en la edad adulta, te contamos qué es y cómo detectarla y prevenirla.

¿Qué es la Indefensión Aprendida? Síndrome de la indefensión o desesperanza aprendida 

El término Indefensión Aprendida hace referencia al estado psicológico que puede producirse cuando una persona siente que no es capaz de controlar o modificar los acontecimientos vitales de su día a día. «Es decir, que sienten que hagan lo que hagan no hay impacto ni cambio en el entorno», matiza la psicóloga Mamen Bueno, miembro del equipo de Criar con Sentido Común.

Las personas que lo sufren se sumen en una suerte de estado permanente de resignación aprendida e impotencia llegando a normalizar situaciones que para el resto serían intolerables.

La indefensión aprendida en niños y adultos daña gravemente la autoestima, la confianza y la seguridad en uno mismo. Cómo consecuencia de todo ello, se delegan las decisiones de uno sobre su propia vida, sus objetivos, su propia existencia… Se adquiere un rol absolutamente dependiente, en el que la persona se va dejando llevar por las circunstancias o alguna figura de autoridad externa y se sitúa en un lugar de desesperanza y resignación.

 

 

Pero ¿qué es la desesperanza aprendida? Aunque algunas personas adultas pueden caer en este síndrome como consecuencia de experimentar relaciones de maltrato, en muchas ocasiones la indefensión aprendida tiene su origen en la infancia. Muy probablemente, los adultos que hoy la sufren fueron víctimas de situaciones injustas y/o desagradables vividas en la infancia y aprendieron a adaptarse a ellas ante la incapacidad de defenderse o cambiarlas.

Cuando un menor nace y se cría en un entorno hostil, intentará adaptarse a aquello que sucede a su alrededor, por pura supervivencia. Esto es así, en líneas generales, para todos los seres humanos, pero sucede muy especialmente durante la infancia. Los pequeños no disponen de recursos para protegerse, la sobreadaptación es su única herramienta para sobrevivir a situaciones en las que carecen de control. Como la ausencia de atención ante la única herramienta de que disponen los más pequeños: el llanto.

 

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Indefensión aprendida, ejemplos reales: Los «huérfanos de Ceausescu»

La dramática historia de los «huérfanos de Ceausescu» sobrecogió al mundo entero cuando se dio a conocer con el fin de la revolución en Rumania. La tragedia de cientos de huérfanos rumanos enseñó mucho a la ciencia sobre la mente de los niños y su necesidad VITAL de cariño y contacto para desarrollarse de forma sana.

La historia comienza cuando el científico estadounidense Nathan Fox, profesor en el Departamento de Desarrollo Humano de la Universidad de Maryland, visitó un antiguo orfanato rumano y observó que, en la habitación donde los bebés estaban alineados en cunas, sólo había un profundo silencio. Esto sorprendió al investigador, ya que la ausencia de llanto es algo muy inusual en un lugar con tantos niños pequeños.

Los bebés simplemente no lloraban. Esto, como Fox descubriría más tarde, fue el resultado de años de negligencia y ausencia absoluta de estímulos. «No escuchábamos el llanto que generalmente escuchas en una guardería», relató posteriormente el científico a una periodista de la BBC, «Llegamos a la conclusión de que esto se debía a que nadie respondió a estos gritos. No hubo una interacción típica entre un cuidador y un niño, entre una madre y un niño. Nadie los atendió cuando lloraban«.

 

 

Entonces, ¿qué es resignación aprendida? Justo esto: como consecuencia del abandono emocional al que fueron sometidos, los pequeños habían aprendido que estaban indefensos ante cualquier malestar que les asolara. Daba igual que lloraran o no: nadie acudiría en su defensa, cuidado y protección. Así que habían aprendido a no manifestar emoción alguna.

Sufrían como el resto de bebés, cuando les dolía algo o tenían hambre, pero sencillamente, no protestaban. Ya habían puesto en marcha los recursos de petición de auxilio con los que contaban, el llanto, sin resultados. Por lo que habían interiorizado que estaban indefensos, a merced de las circunstancias. El resultado resultaba escalofriante: no luchaban por su supervivencia.

Esta escena tuvo lugar hace más de 20 años en un orfanato en Bucarest, la capital de Rumania. La tragedia resultante impulsó innovadores estudios sobre cómo la negligencia hacia los bebés impacta sus cerebros con secuelas que pueden persistir en la edad adulta.

 

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Otro testigo de las fatales consecuencias de la falta de apego seguro y vínculo afectivo de los huérfanos en Rumanía fue la maestra británica Monica McDaid, que en 1990 visitó Siret’s Spitalul de Copii Neuropsihici, un hospital psiquiátrico de niños en la ciudad de Siret, en el noreste de Rumania. «Lo que vi era increíble», recordó McDaid en 2005 a la BBC. «Era horrible».

La docente contó al periodista como había visto a tres o cuatro bebés acostados en una cama y el personal no les prestaba atención. Los pequeños pasaban los días sin ninguna interacción con los adultos, sin jugar ni hablar, mirando a las paredes o acostados solos en sus cunas.

¿Cómo se manifiesta la indefensión aprendida? Sus consecuencias

Tras finalizar la revolución en Rumanía, Nathan Fox y otros colegas científicos fueron llamados en 2001 por el nuevo gobierno rumano para evaluar los impactos que el abandono había tenido en la vida de los niños y encontrar formas de intervenir. En ese momento, ya había estudios científicos que indicaban que la adversidad y el abandono experimentados en la infancia afectan al desarrollo y comportamiento de los menores.

Sin embargo, esta fue la primera investigación que logró establecer una relación de causalidad directa y definitiva, ya que hasta entonces no se habían dado las circunstancias extremas reales que requería un ensayo de este tipo (y recrearlas de forma voluntaria y consciente para someter a menores a este tipo de abandono con el fin de estudiar sus efectos en ellos no hubiera sido ético ni lícito).

 

 

Los investigadores se encontraron un panorama desolador: muchos niños habían desarrollado problemas mentales y psicológicos. «Un gran número de niños mecía sus cuerpos de un lado a otro. En ausencia de interacción social, eso era lo que hacían (para no aburrirse)», señaló Fox.

Las terribles condiciones experimentadas por los menores rumanos fueron un punto de inflexión en la investigación del cerebro de los niños y sirvieron para identificar y establecer la causalidad entre la negligencia y el desarrollo infantil.

«Hemos podido examinar la causalidad y decir con gran certeza que la adversidad temprana tiene un impacto en el cerebro, que la estimulación o la interacción son cruciales para la arquitectura del cerebro, y si no hay cambio de circunstancias para estos niños, estos efectos pueden durar toda la vida y ser una gran carga para la sociedad «, indicaba el experto.

En la actualidad, los neurocientíficos explican que, desde el primer día de vida, los niños necesitan interacción con sus mayores como una especie de «nutriente» para su cerebro.

 

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En estudios publicados en 2003 y 2004, Fox y sus colegas analizaron y compararon electroencefalogramas de niños rumanos en los refugios con las de otros que vivían con sus familias. Los que habían experimentado las condiciones extremas de los hospicios tenían un cerebro diferente al de una infancia tradicional: menor frecuencia cerebral en áreas cruciales e inmadurez del sistema nervioso.

En cambio, los niños que fueron adoptados tenían un mejor desarrollo cognitivo. Los huérfanos rumanos que sobrevivieron seguían teniendo presentes las huellas de su infancia. La injusta tragedia marcó sus vidas para siempre.

Y es que cuando los niños y niñas experimentan violencia, problemas socioeconómicos graves, abusos o son radicalmente descuidados, el estrés extremo resultante impide que el cerebro establezca conexiones neuronales, lo que puede conducir a dificultades de aprendizaje y de comportamiento.

 

 

Como consecuencia, el niño o la niña pequeña que sufre indefensión aprendida desde edades tempranas acaba desarrollando un grave problema de autoestima que se ve agravado por una falta de motivación extrema. Todo esto se traduce en que la actitud es completamente pasiva y su voluntad queda siempre subordinada a las de otros o a las circunstancias externas. Las consecuencias de la indefensión aprendida en la infancia son, por tanto, nefastas para la salud mental de esos niños en el presente y futuro, pues pueden llegar a marcar para siempre su vida adulta.

Características y señales de la Indefensión Aprendida

Una de las características principales de las personas con indefensión aprendida es la sensación de apatía y falta de control. Tienen falsas creencias limitadoras («no importo», «no sirvo», «no valgo», «no me quieren», «no me escuchan», «no vale de nada», etc.) que les hacen creer que nada de lo que hagan va a cambiar los resultados o su destino, es decir: viven en una especie de estado de desesperanza aprendida.

Sienten que no merecen la pena como personas y que tampoco hay nada por lo que luchar, ni siquiera por su propio bienestar. A veces pareciera que nada les importa o les motiva lo suficiente. Prodigan escasas demostraciones afectivas y tienen problemas para validar sus emociones, deseos y necesidades.

 

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Desarrollan excusas y justificaciones, a veces muy elaboradas, para explicar  “el porqué no” y en muchas ocasiones caen en el victimismo o el auto abandono. Es fácil que sean víctimas de relaciones tóxicas, se sometan a la dominación o el control de terceras personas, sufran dependencia emocional o den signos de apego inseguro o evitativo.

Son personas que no se valoran a sí mismas, desoyen sus deseos, no saben cubrir bien sus necesidades, desatienden su propio bienestar y su salud mental, ignoran sus emociones y no las identifican claramente porque las desvalorizan, igual que se desvalorizan a sí mismas.

Indefensión aprendida en niños: Incapacidad aprendida

Los niños pueden ser víctimas fáciles de la indefensión aprendida porque no pueden defenderse del abandono emocional ni de las agresiones. No saben hacerlo, no tienen recursos ni herramientas y no están capacitados ni física, ni emocional ni psicológicamente. A los menores no les queda otra salida que resignarse a ser maltratados.

 

 

Así lo acaban interiorizando y lo integran en su personalidad, pasando del «no debo permitirlo» al «no puedo» y, como paso final, a la resignación. Sin embargo, no siempre el hogar es el origen de este trastorno ni la primera infancia su punto de partida. También puede darse en ambientes escolares o sociales y en la segunda infancia o en la adolescencia.

Es el caso, por ejemplo, de los casos de acoso escolar. Pero ni siquiera es necesaria una situación extrema para que un niño o una niña pequeña desarrolle el síndrome de indefensión aprendida. La enfermedad o pérdida de un progenitor, por ejemplo, puede hacerles desarrollar este trastorno.

 

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Para evitar sus terribles consecuencias, los adultos responsables encargados de la crianza de nuestros hijos e hijas debemos estar atentos a los siguientes aspectos vitales de la psique infantil:

  • Amor, presencia, atención y acompañamiento. El tiempo compartido, las muestras de afecto, la interacción consciente y la escucha activa son básicas, necesarias y fundamentales para desarrollar el vínculo afectivo con nuestros hijos e hijas y para que estos desarrollen relaciones afectivas sanas, basadas en un vínculo de apego seguro, tanto en el presente con nosotros, como en el futuro con sus iguales.
  • Entorno seguro y de confianza. El menor ha de poder sentirse seguro y tranquilo en su entorno más próximo. Ni los progenitores ni ningún otro familiar o adulto a cargo de su cuidado puede ser una amenaza para el menor, porque él no puede huir de esa situación y el pequeño acabará correlacionando amor y miedo e integrándolo todo dentro de una misma relación afectiva, lo cual es insano y peligroso.

 

 

 

  • Coherencia y compromiso en la crianza por parte de los progenitores. Las pautas inculcadas han de ser defendidas por ambos progenitores y cumplidas también, y en primer lugar, por ellos mismos.
  • Estímulo y motivación. Ambas cosas son necesarias para que los peques desarrollen sus habilidades físico-cognitivas y todo el potencial de su personalidad, tanto a nivel psicológico como emocional.
  • Comunicación asertiva y capacidad de resiliencia. Aspectos necesarios para que aprenda a desarrollar estrategias de afrontamiento para la resolución de problemas aprendiendo a adaptarse a las circunstancias de forma sana, a pensar, intervenir, equivocarse y corregir.
  • Disciplina positiva. Debemos ser correctivos con las conductas de los peques pero de una forma didáctica y respetuosa, sin agresividad y sin rechazar al niño, «colgarle etiquetas» ni hacerle sentir mal.

 

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Soluciones y estrategias para corregir la Impotencia Aprendida en los niños

Reforzar la autoestima de estos pequeños es primordial para hacerles tomar conciencia de sus capacidades con el objetivo de darles toda la confianza y seguridad en sí mismos que les falta para conseguir empoderarlos. También es importante ayudarles a desarrollar su inteligencia emocional para que no desoigan sus necesidades internas y guiarles hacia el aprendizaje de estrategias para resolver las dificultades que les vayan surgiendo en el camino.

Apoyarles y prestarles ayuda en la consecución de objetivos, empoderarles mediante el lenguaje y la comunicación positivas, enseñarles a perseverar ante las adversidades graduando sus responsabilidades y dejándoles libertad y espacio para desarrollar su personalidad y exponerse con naturalidad y sin temor a las consecuencias de sus actos (por ejemplo: no recoger la ropa sucia, no tener ropa limpia).

 

 

Esto puede ayudar a tener consciencia de que tienen más control del que suponen sobre las circunstancias y también a darse cuenta de que pueden intervenir para buscar soluciones (recoger la ropa o ayudar a poner la lavadora o tender las prendas mojadas) que repercuten positivamente en su bienestar.

Esta experiencia de control les ayudará a reconstruir su mundo interior sin que se les condicione con amenazas, castigos y prohibiciones innecesarias que son indeseables en cualquier caso pero repercuten muy negativamente en estos niños y niñas en especial.

El bienestar en la infancia es un derecho de todos los niños y niñas y una obligación de los adultos el preservarla. Los menores deben sentirse queridos y respetados en un entorno confiable, tranquilo y seguro. Esto no es carente de límites ni normas, pues los niños y niñas necesitan estructura, pero coherentes, pertinentes y respetuosas.

 

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