Si pegas o gritas a tus hijos, haces su cerebro más pequeño

Gritar empequeñece el hipocampo, una estructura cerebral relacionada con las emociones, la memoria, la atención y otros procesos cognitivos de los niños

Gritar a los niños les hace mucho daño, y no solo a su autoestima, también afecta a su desarrollo cerebral. Educar con gritos y golpes tiene importantes efectos destructivos, no solo en casa, también en el aula.

Educar a gritos nos daña a todos

Aunque todos perdemos de vez en cuando los nervios, los gritos continuados tienen un impacto en el cerebro y en el desarrollo neurológico de los niños. Esto se debe a que el acto de “gritar” tiene una finalidad muy concreta en todas las especies: alertar de un peligro. Y en situación de alerta, nuestro organismo libera cortisol, la hormona del estrés, que tiene como finalidad poner al ser humano en las condiciones físicas y biológicas necesarias para huir o pelear. ¿Os imagináis vivir en estado de alerta permanente?

Si estamos siempre gritando, provocamos una liberación excesiva y continuada de cortisol que sume a los niños en un estado de estrés y alarma constante, en una situación de angustia que le impide pensar con claridad por lo que puede que ni siquiera obedezca, que se supone que es el objetivo.

 

 

Esto es así tanto para quien recibe el grito (o el golpe), como para quien lo emite. Por eso, gritar a nuestros hijos no solo les daña a ellos, sino que también nos perjudica a nosotros y a toda nuestra familia. El grito y los cachetes son una forma de violencia que evita la consolidación de vínculos afectivos sanos y que siembra el miedo (no el respeto) como motor de las relaciones. Y no solo eso, sino que es posible que nuestros-as hijos-as perpetúen el mismo patrón cuando crezcan, en sus futuras relaciones afectivas.

Pero educar a gritos no solo daña el desarrollo emocional de los menores. ¿Qué genera el maltrato en el cerebro del niño? Pues el hipocampo, una estructura cerebral relacionada con las emociones y la memoria, tendrá un tamaño más reducido. También el cuerpo calloso, punto de unión entre los dos hemisferios, recibe menos flujo sanguíneo, afectando así a su equilibrio emocional, a su capacidad de atención y otros procesos cognitivos

La ciencia lo avala: Gritar y pegar a los hijos provoca cerebros más pequeños

Una investigación de la Universidad de Nueva York, publicada en Current Biology, concluyó que El grito tiene una propiedad sonora única. Nada produce un énfasis similar. Porque impacta y activa el centro neuronal del miedo, que está en la amígdala.

Otro estudio, publicado por Harvard, señala que los gritos, el maltrato verbal y la humillación o la combinación de los tres elementos alteran de forma permanente la estructura cerebral infantil.

Otro estudio, realizado conjuntamente por las universidades de Pittsburg y Michigan, y publicado en Child Development, determinó que “los efectos de esta violencia verbal provocan problemas de conducta en los menores, como discusiones y peleas con compañeros, dificultades en el rendimiento escolar, mentiras a los padres, síntomas de tristeza repentina y depresión”.

 

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En este estudio conjunto, se hizo un seguimiento del comportamiento de casi mil familias compuestas por padre, madre e hijos de entre 13 y 14 años. El 45% de las madres y el 42% de los padres admitieron haber gritado y en algún caso insultado a sus hijos.

Los investigadores comprobaron los efectos de esa violencia verbal sobre los niños y encontraron que habían desarrollado diversos problemas de conducta en el año sucesivo (en comparación con los niños que no habían recibido gritos). Los problemas que detectaron fueron: discusiones con compañeros, menor rendimiento escolar, mentiras a los padres, peleas en el colegio, hasta robos en tiendas y síntomas de tristeza y depresión.

Estudios en el aula demuestran la importancia de la gestión emocional

En 2017, Teatro de Conciencia y la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid llevaron a cabo el programa de convivencia escolar «En Sus Zapatos: un espacio de empatía activa» y afirmaban en un comunicado que habían sido “testigos de que el cambio es posible, que educar sin gritos en posible. El programa trabajaba desde la gestión emocional, pasando por la empatía, hasta la resolución positiva del conflicto.

Las opiniones de varios docentes describían así la experiencia: “He eliminado los gritos en el aula, ahora intento hablar con ellos”; “ahora soy más consciente cada vez que doy un grito o “hemos aprendido a que no haya gritos en casa, nuestras hijas nos dicen que nos ven de otra manera, entre otras.

 

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En su informe de resultados del curso 2017-2018, tras su aplicación en cinco centros de Madrid y Extremadura, en los que participaron alumnos entre 10 y 13 años, familias y docentes; se concluyó que los adultos participantes incorporaron herramientas de educación emocional que les ayudaron a tranquilizarse ante situaciones de conflicto, propicias al grito.

“En concreto, las técnicas del Semáforo (parar, pensar y actuar) y la relajación del Árbol (respirar varias veces pausadamente). También destaca la metodología teatral del programa, que les ayuda a comprender la importancia de la convivencia no violenta, y a realizar una escucha activa con los menores. Estas técnicas y otros consejos se podrán encontrar en el hashtag #YaNoTeGritoMas«, narra el informe.

Cuestionarnos y re-educarnos para educar es nuestra responsabilidad como padres

A nadie le gusta gritar. Entonces, ¿por qué gritamos? Educar puede resultar a veces una ardua tarea. Todos nos hemos sentido desbordados en algún momento. Cuando esto sucede podemos perder el control, es lo que en psicología se denomina «secuestro emocional» y en Disciplina Positiva, «destape cerebral». No podemos dramatizar si es puntual, pero hay que trabajar para tener estrategias alternativas a los gritos y educar en el respeto y el ejemplo.

 

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Por otra parte, algunas personas repiten el patrón educativo de sus padres y pueden pensar que los gritos sirven para manejar los comportamientos inadecuados de los niños. Cuesta desprenderse de lo aprendido, especialmente cuando hemos sido educados así. Pero todos podemos modificar conductas que son dañinas. Ahora, convertidos en adultos responsables, debemos buscar nuevas herramientas, alternativas más útiles y respetuosas.

Normalmente, gritar o tratar mal a nuestros hijos es algo que nos hace sentir mal, tristes y culpables. La culpa es una de la emociones displacenteras más presentes en la (pa)maternidad. Pero todas las emociones cumplen una función. También esta.

La culpa sirve para analizar nuestro comportamiento y buscar alternativas, como nuevas soluciones a los conflictos. Nos hace cuestionarnos qué es lo que es más importante para nosotros y si estamos actuando bien. ¿Estamos dando lo mejor de nosotros? ¿Estamos intentando ser mejores? Cuestionarnos a nosotros mismos es una de las responsabilidades más importantes de la crianza.

 

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Como padres y educadores debemos disciplinar, guiar, enseñar y corregir, pero sin lastimar. Esta es la única forma eficaz de cuidar la salud emocional de nuestros hijos y la nuestra propia. Así cuidamos su autoestima y la nuestra; y aprendemos y enseñamos que existe un tipo de comunicación que no duele, que sabe conectar con ellos y entender sus auténticas necesidades: la comunicación asertiva.

La calma es el único antídoto para evitar el grito

En aquellos momentos en los que las circunstancias o emociones nos desbordan y estamos a punto de perder el control, tenemos que aplicar estrategias de autocontrol, como:

  • Reconocer que gritar es perder el control, por lo que tenemos que parar, mantener la calma y reflexionar. Es lo que la Disciplina Positiva denomina el «tiempo fuera positivo».
  • Detectar los pensamientos hostiles que alimentan el enfado.
  • Empatizar con el niño para entenderle y determinar cuál es el origen de su mal comportamiento, qué necesidad insatisfecha hay realmente detrás y cómo satisfacerla. Para esto se requiere paciencia y cercanía.
  • Busca distracciones. Para disminuir la ira, debemos buscar la forma de canalizar toda la energía que genera hacia un fin más productivo, por ejemplo realizando alguna actividad manual, placentera y relajante.

Si el grito es tu patrón habitual en relación con tus hijos y no eres capaz de aplicar estas estrategias, es el momento de pedir ayuda psicológica. En la Tribu CSC cuentas con todo un equipo de profesionales actualizados entre los que se encuentran especialistas en educación infantil, crianza respetuosa y psicología.

 

 

Cinco pasos para dejar de gritar y educar desde la calma

La antropóloga Pax Dettoni, Fundadora y directora de Teatro de Conciencia y creadora de “En Sus Zapatos” explica cinco pasos para evitar chillar a los niños y conseguir así educar desde la calma:

  1. Comprende que gritarle realmente daña a tu hijo. Esa toma de conciencia te hará dar los primeros pasos, sencillamente porque le quieres.
  2. Estate alerta en tu interior y cuando veas que la rabia empieza a apoderarse de ti recurre inmediatamente a la calma.
  3. Consigue la calma parando, respirando profundamente y recordándote que tienes derecho a estar enfadado-a y que eres capaz de mostrar tu enfado o de lograr lo que pretendes de tu hijo-a sin usar el grito.
  4. Si ves que no vas a conseguir la calma, retírate y delega en otra persona la resolución de la situación, informando de que volverás cuando estés más tranquilo-a.
  5. Aunque leas estos consejos y pruebes a ponerlos en práctica, es posible que un día grites a tu hijo, de ser así perdónate, dile que lo sientes, y dile que le has gritado porque estabas muy enfadado y que intentarás no volver a hacerlo.

Los niños y niñas necesitan límites para desarrollarse de forma saludable, pero estos han de ser establecidos desde el respeto.

 

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Disciplinar con amor requiere de un trabajo diario. No existen las fórmulas mágicas y cada niño es un mundo; pero debemos esforzarnos por no gritar, pegar ni humillar; compartir nuestro tiempo con ellos (en cantidad y calidad), establecer órdenes coherentes, dar ejemplo (no exigiendo a los hijos que cumplan normas que nosotros no cumplimos, como no gritar en casa, por ejemplo), ser figuras de apoyo y cariño incondicionales y favorecer que tomen decisiones y asuman responsabilidades adecuadas a su nivel de desarrollo.

 

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