La asertividad, un valor de vida fundamental en la educación de nuestros hijos

Estrategias para enseñar a nuestros hijos a comunicarse de forma asertiva

La asertividad es la capacidad de expresar las propias opiniones, deseos y necesidades de forma adecuada. Se trata de una habilidad para solventar problemas y vencer dificultades muy útil para la vida y que merece la pena incluir en la educación de nuestros hijos e hijas.

Qué es la asertividad

¿Has estado alguna vez en una situación parecida a estas?

  1. Estás haciendo cola en el supermercado y alguien se te cuela. Te enfadas, pero no te atreves a decirle nada. O montas en cólera y acabas discutiendo.
  2. Un amigo te pide un favor. Te viene mal porque tienes mucho trabajo, pero le dices que sí porque no quieres que se moleste contigo. O le contestas mal y acabáis disgustados el uno con el otro.
  3. Llevas tiempo pensando que mereces un aumento de sueldo, pero no se lo planteas a tu jefe porque no te atreves. O se lo planteas de forma inadecuada o en el momento equivocado.
  4. Quieres expresarle a tu pareja que cierta conducta suya te provoca malestar, pero evitas la conversación porque temes discutir. O se lo transmites con enojo, tu pareja se siente herida o atacada, y finalmente acabáis enfrentados.

Todos, en mayor o menor medida, nos hemos sentido identificados con alguna de estas situaciones. De hecho, a diario nos encontramos con disposiciones parecidas, en las que deberíamos decir lo que pensamos pero no lo hacemos.

 

 

La asertividad es una forma de comunicación que consiste en defender nuestros derechos, expresar nuestras opiniones y realizar sugerencias de forma honesta. Pero sin caer en la agresividad o la pasividad, respetando a los demás y sobre todo respetando nuestras propias necesidades.

La mayoría de las personas aceptamos pasivamente situaciones con las que estamos disconformes o que nos hacen sentir mal y, cuando lo hacemos, perdemos el respeto por nosotros mismos. Esto sucede hasta que llegamos al límite y estallamos de ira contenida, lo que a menudo tiene unas consecuencias mucho peores.

 

 

Sin embargo hay una tercera forma de responder y de respetar mucho más eficaz que la simple pasividad o la peligrosa agresividad. Es la asertividad, la estrategia comunicativa que resulta de ubicarse en el medio de dos conductas antagónicas: la pasividad y la agresividad.

«Conectar» antes de «comunicar»

Se trata de la capacidad para conseguir establecer un vínculo comunicativo con nuestro interlocutor, de manera serena y madura, con el que seamos capaces de defender nuestros intereses y dar a conocer nuestros pensamientos y sentimientos. Todo esto sin agredir ni ofender, pero tampoco sin quedar sometidos a su voluntad.

 

 

La asertividad tiene que ver con factores emocionales que están unidos a nuestra personalidad. Las personas con buena autoestima, por ejemplo, tienen una mayor facilidad para resultar asertivas a la hora de comunicarse con los demás. Es una habilidad tan relevante, que los psicólogos consideran que es importante en todos los aspectos de nuestra existencia. Nos ayuda a ser felices y alcanzar metas en el ámbito personal, profesional y afectivo.

Sí, se puede aprender (y por tanto enseñar) a ser asertivo. De hecho, es mejor inculcar la asertividad desde la infancia, trabajando con los niños las rabietas, y enseñándoles a pedir y comunicar de forma serena pero firme. Por supuesto, ser asertivos no solucionará todos los problemas que nuestros hijos tengan en la vida.

 

 

Tampoco se puede practicar la comunicación asertiva en cualquier contexto (hay que usar el sentido común y saber elegir el momento, si nuestro interlocutor se encuentra en un estado emocionalmente alterado, es mejor esperar). 

Saber expresar sus verdaderos sentimientos y defender sus derechos les hará sentir reconfortados. Cuando decimos lo que queremos (tanto si lo conseguimos como si no), logramos vivir de forma más auténtica y feliz. Porque nos sentimos libres.

Los pilares de la asertividad: autoestima, autocontrol, contexto y educación

Cuando somos pequeños nos enseñan que no está bien contradecir a los padres, familiares y profesores. Esa idea arraiga en nosotros y se convierte en una voluntad inconsciente de intentar complacer siempre a los demás para evitar confrontaciones o sentimientos de culpa.

Sin embargo, intentar satisfacer y priorizar a los demás por encima de nuestras propias necesidades, resulta frustrante y limitante. En otras palabras: es fuente de infelicidad. Por eso es importante enseñar a nuestros hijos a respetar las necesidades ajenas y ayudar en la medida de lo posible a los demás, pero sin anteponerles a nuestras propias creencias, valores, necesidades o deseos.

 

 

Cultivar la autoestima y autoconfianza en nuestros hijos es vital para que puedan llegar a ser plenamente asertivos. Si no se sienten valiosos, dejarán que pisoteen constantemente sus emociones, derechos y necesidades.

Alejarles de los estereotipos también es importante, ya que interfieren en la capacidad de ser asertivos. Por ejemplo, un estereotipo machista justificará que las niñas sean sumisas, mientras que los niños puedan ser agresivos a la hora de expresar sus opiniones o exigir ver cumplidos sus deseos.

La serenidad es otro pilar básico de la asertividad. Enseñar a nuestros hijos a dialogar desde la calma, procurando esperar el momento más adecuado, y evitando discutir al tratar los temas cuando estamos estresados o nerviosos; les resultará muy útil para no perder el control de la situación. Para ello debemos hacerles ver que al actuar sin pensar, expresan sus emociones de forma muy agresiva y provocan el rechazo en los demás.

 

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La personalidad también influye. Muchos niños y niñas tienen carácter muy fuerte, son más agresivos o todo lo contrario: son tímidos, introvertidos o pasivos. A pesar de que es probable que exista una tendencia natural a reaccionar de una manera u otra, todo el mundo puede reeducarse y aprender a ser más asertivo.

El contexto es otro factor determinante. Los niños y niñas aprenden por imitación. Puede responden de forma no asertiva por observación de la conducta de sus padres o de sus adultos de referencia. Tener alrededor personas excesivamente serviciales y complacientes, o sumamente agresivas y hostiles, les enseña a reaccionar de determinada forma. Así que en esto, como en todo lo demás, debemos procurar darles ejemplo.

 


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