El tiempo fuera positivo, una herramienta para gestionar conflictos

Te enseñamos a evitar y gestionar conflictos y discusiones con el tiempo fuera positivo, una herramienta de la disciplina positiva

El tiempo fuera positivo es un concepto de la disciplina positiva que nos ayuda a reaccionar con respeto ante los conflictos y así gestionar de forma correcta berrinches, discusiones y enfados evitando la crisis antes de que esta se produzca.

En qué consiste el tiempo fuera positivo

La disciplina positiva se centra en la búsqueda de soluciones en lugar de culpables a la hora de resolver conflictos familiares. Para orientar de manera positiva la conducta de los niños nos hace corregir antes la nuestra, ya que somos su ejemplo. Para ello, nos proporciona herramientas tan útiles como el tiempo fuera positivo.

Básicamente consiste en aprender a distanciarnos del problema para serenarnos, valorarlo, no sobredimensionarlo y así medir nuestra respuesta ante él. Esto evita que reaccionemos de forma impulsiva e irreflexiva, perdiendo los nervios y actuando sin control.

 

 

Se trata de una variante del famoso “toma aire y cuenta hasta 10 antes de contestar”. Una práctica que potencia la crianza respetuosa y las relaciones horizontales en la familia, ya que nos enseña a corregir actitudes y comportamientos imponiendo límites con respeto y sin caer en el grito, el azote o el castigo. 

Tomarnos un tiempo de reflexión, tanto los padres, madres y educadores como los niños y niñas, nos permite no perder el control de las emociones (estallar sin medida), y así ser más capaces de abordar y resolver de forma positiva un conflicto.

¿Por qué es tan eficaz?

Muchos adultos creen que es necesario ocuparse del problema de inmediato, pero en realidad la psicología y la neurociencia nos demuestran que es mucho más efectivo actuar con calma y racionalidad. Y esto a veces no es posible si no nos detenemos un poco antes de actuar, para poder hacerlo de forma sosegada y medida.

Los niños (también nosotros) reaccionan mejor cuando no se sienten mal. Los gritos, azotes, castigos, amenazas e insultos los humillan y sobreexcitan, los vuelven rencorosos y merman su autoestima.

 

 

Aunque a corto plazo puede que parezca que estas actitudes dan resultado, es poco probable que piensen que detrás de ellas existe un sentimiento de amor que motiva nuestros actos.

A la larga estas técnicas no solo no consiguen que nuestros hijos no desobedezcan, sino que además les hacen cerrarse en banda al diálogo con sus padres, madres o tutores.

El diálogo respetuoso

El tiempo fuera positivo no se trata de una herramienta de evasión, sino todo lo contrario. Siempre va unido a un posterior diálogo y una comunicación respetuosa para resolver el conflicto. También resulta muy útil como elemento de prevención, para evitar las crisis cotidianas que dependen de nuestras reacciones y estados de ánimo.

Por ejemplo, si nos duele mucho la cabeza y los niños están jugando y haciendo mucho ruido a nuestro alrededor, es mejor que nos tomemos unos minutos para inspirar y espirar aire (tiempo fuera positivo) antes de dirigirnos a ellos para explicarles que el ruido empeora nuestro dolor de cabeza.

 

 

Si no actuamos de esta forma, lo más probable es que acabemos gritándoles o castigándoles por ser desconsiderados, cuando en realidad quizás ni siquiera sean conscientes de que su comportamiento nos está perjudicando. De esta forma estaremos evitando el conflicto antes de que estalle.

También estamos proporcionando una explicación lógica. En lugar de dirigirnos a ellos con gritos o de forma desagradable, les estamos dando un punto de vista con el que pueden empatizar, y se lo estamos trasladando de una manera que pueden entender.

Cómo combinar tiempo fuera positivo y diálogo respetuoso

En primer lugar, tenemos que aprender a detectar qué emociones, como la ira o el enfado, están a punto de hacernos estallar y cuál es la causa. Es decir, debemos aprender a ser verdaderamente conscientes de nuestro estado de ánimo y de lo que sucede a nuestro alrededor.

Después debemos «salirnos» fuera de la situación que nos genera malestar, estrés o inseguridad para poder serenarnos y encarar el problema de la mejor forma posible: buscando soluciones constructivas y positivas (lo que incluye evitar los gritos, los castigos y las luchas de poder), enfocándonos en resolver la situación en lugar de empeorarla. A ese tiempo que nos tomamos para tranquilizarnos se le conoce como tiempo fuera positivo.

La pausa dedicada para calmarnos dependerá de nuestro estado de ánimo y de la complejidad de la situación. Podemos enfrentarnos al conflicto en apenas unos minutos o tomarnos un par de horas para evaluarlo y dialogar en familia.

 

 

Ante determinadas situaciones, como una intensa pelea entre hermanos, se impone que cortemos su desarrollo antes de nada; pero igualmente podemos intervenir para ponerle fin de forma pacífica y adelantar que más tarde hablaremos de lo que ha sucedido.

Por ejemplo: imaginaos que llegáis a casa muy cansados y os encontráis con que vuestra hija tiene una rabieta en el peor momento posible. Es la hora del baño, pero ella no quiere dejar de jugar. Antes de reaccionar gritando y discutiendo (lo que ocasiona una absurda lucha de poder adulto/niño), podemos respirar hondo, contar hasta 10 y serenarnos para, a continuación, dirigirnos a ella: «Ya veo que estás muy enfadada, pero no puedo hablar contigo si no dejas de gritar. ¿Quieres que te dé un abrazo? ¿Por qué no me cuentas lo que sucede y buscamos una solución?», sería una buena forma de empezar.

La actitud lo es todo

A menudo es mucho más importante cómo les decimos las cosas que lo que les decimos. Un tono de voz sosegado y cariñoso, así como la siguiente estructura de diálogo, son realmente efectivos:

  • Primero reconocemos sus sentimientos para que sientan que validamos sus emociones, que les escuchamos y comprendemos.
  • Después les ofrecemos una gama de opciones, limitadas y adecuadas a la solución del problema, para que ellos elijan, en lugar de imponerles una propia. Por ejemplo: «Ya veo que estás muy disgustada. Sé que quieres jugar, pero ahora toca bañarse. ¿Quieres que recojamos estos juguetes entre los dos y saquemos los de agua? ¿O prefieres ir al baño directamente y recogerlos después, antes de cenar?».

Nosotros somos quienes damos ejemplo y somos el modelo a seguir, si respondemos de forma agresiva y/o negativa ante un problema, estaremos enseñándoles a resolver los problemas discutiendo y/o gritando.

 

 

En cambio, siendo respetuosos y teniendo en cuenta sus sentimientos, se sentirán mucho más propensos a colaborar que si le regañamos, gritamos, castigamos o tratamos de engañarles con chantajes.

Estas actitudes entrañan una lucha de poder y, aunque puede funcionar a corto plazo, en la próxima ocasión que se le presente será el niño o la niña quien nos recuerde que para hacer algo que no le apetece, debemos ofrecerle antes una compensación.

Conflictos cotidianos

Si el conflicto lo provoca una situación que se repite de forma constante o una rutina a la que el niño se resiste (la hora de las comidas, del baño…), apelar a su colaboración buscando juntos una solución suele dar buen resultado ya que les gusta ser tenidos en cuenta, sentir que importan y que pueden hacer cosas por ellos mismos. En este sentido, es importante recordar que surte más efecto preguntar que ordenar.

Por ejemplo: «¿Qué crees que podemos hacer para no volver a tener este problema? ¿Qué te parece si establecemos juntos una hora fija para el baño y te avisamos 20 minutos antes para que puedas ir recogiendo tus juguetes y haciéndote a la idea?», en lugar de «A partir de ahora recogerás tus juguetes a las siete en punto y no volverás a jugar más con ellos hasta que te hayas bañado».

La finalidad es la misma, pero el primer enfoque equilibra amabilidad con firmeza e inculca autodisciplina. El segundo, en cambio, es meramente autoritario y conlleva más enfado, lágrimas y rencor. El segundo no es una solución, es un chantaje, una amenaza y, en última instancia, un castigo.

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Imponiéndoles algo que no comprenden por qué debe ser así, no les estamos enseñando nada. Les estamos obligando, simplemente. Hay una especie de instinto en el adulto de imponer su autoridad a los niños «ganándoles» en lugar de «ganándoselos». En realidad «conquistarles» es mucho mejor, más sano y efectivo que «vencerles».

Dialogando con ellos les proporcionamos una herramienta útil y positiva de aprendizaje y desarrollo, y se sentirán parte de la solución, en lugar de la causa del problema. También tendrán, con la práctica, la capacidad para evitar esa situación que les hace sentir mal. E incluso adquirirán los recursos necesarios para evitarla y, lo que es más importante: la motivación adecuada para conseguirlo.

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