Desafío al tiempo

Si quieres estar en sus recuerdos del futuro, debes estar en sus vivencias del presente

A ser ma(pa)dre no se llega con manual de instrucciones, pero las criaturas a veces nos ponen facilidades cuando menos lo esperamos.

La carcajada que llega cuando estás al límite de tu paciencia, el abrazo inesperado que le nace antes del baño, el dibujo trazado con toda la ilusión del mundo, la canción que tararea cuando estás a punto de gritar, la sonrisa orejera que aparece en su cara a la hora de las cosquillas, del pilla-pilla, del escondite, la noche que dormís del tirón después de cinco sin dormir, el despertar con un beso baboso, las conversaciones trascendentales sobre el universo; papá qué son las estrellas, mamá de dónde vienen las nubes. El salón que se convierte en un fuerte con defensas activas, el pasillo oscuro con un monstruo oculto, el suelo convertido en lava; si caes mueres, sí, pero de amor.

Nos perdemos en horarios y rutinas que nos roban momentos que no volverán. Nadie nos devolverá la vida perdida en instantes inútiles. Las prisas por llegar tarde, los besos atropellados por el ‘no llego, no llego, no llego’, la carrera diaria a contrarreloj parece una lucha infinita contra nosotros mismos; a veces nos volvemos autómatas incapaces de disfrutar lo que nos está pasando. Y es que lo que nos está pasando, no es precisamente poco. Nos está pasando la vida. La vida y las ganas.

La eterna espera a las vacaciones, al siguiente puente, a la próxima escapada, al próximo respiro. Igual la clave está en aprender a disfrutar un martes por la tarde sin esperar grandes hazañas. A veces nos resulta imposible salir a respirar en medio del caos diario a darnos cuenta de lo excepcional que estamos haciendo. Y parece fácil decirlo, pero nadie comprende el vértigo del paso del tiempo mejor que nosotros, que vemos cómo lo insignificante nos roba pequeños instantes de lo más valioso de nuestras vidas.

Para un segundo. Respira.

Llega tarde. No des explicaciones. Deja la lavadora sin poner hoy, ya la pondrás mañana, o pasado. Deja la casa arrasada por un huracán. No corras. Hazlo sólo si lo necesitas. Deshazte de la culpa, quítatela, desármate, siéntate un segundo, o dos, o tres horas, y fíjate atentamente en lo que realmente sucede en tu casa.

Que si unos piratas os están invadiendo por la ventana de la cocina, hay que defender el resto de la casa a ultranza; os jugaréis la vida en estas cruzadas entre cojines, volverás a tu infancia a través de la suya, la intensidad volverá a recorrer tus venas mientras la responsabilidad adulta espera tras las puertas.

Y ahora corres pero para luchar, contra los piratas y para construir una infancia inolvidable, y luchas y luchas, con espadas de goma y escudos de cartón, al grito de una voz aguda que exclama: ¡Yo te salvaré, mamá! ¡Yo te defenderé, papá!.

Y en ese preciso instante, sientes como te estalla un poquito más el corazón, justo ahí, dentro del pecho, notas una electricidad que te recorre el cuerpo y con la que podrías desbordar océanos. Entonces te das cuenta de que el tiempo nos acabará ganando la guerra a todos, pero la batalla de hoy la has ganado con diferencia construyendo recuerdos e historias que todavía perdurarán muchos años después de que abandones este mundo.

Y si esto no es ser eternos, no sé qué debe ser.

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