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Validar las emociones: tan válida es la alegría como lo es la tristeza (o la ira o la rabia)

Aunque no estéis en sintonía, deben saber que les entendemos y respetamos

Cuando me quedé embarazada de mi primera hija comencé a leer sobre crianza respetuosa. Soy una ávida lectora desde que era una niña, así que el embarazo fue bastante productivo. Y menos mal porque, ingenua de mí, entonces pensaba que después del embarazo seguiría teniendo el mismo tiempo para leer. Así de soñadora era mi ignorancia.

La trilogía de Carlos González Comer, amar, mamar me sirvió para aprender sobre lactancia materna y alimentación complementaria; y para reafirmarme en mis ideas sobre la crianza del bebé. La lectura de Bésame mucho (Amar en la trilogía) la hicimos en pareja, el padre de la criatura y yo, y fue un inmenso regalo para los tres haber hablado de cómo queríamos criar a nuestra hija antes de que naciera.

El gran descubrimiento, la inmensa revolución dentro de mí llegó de la mano de Naomi Aldort, en su libro Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos. Éste sería un post interminable si tuviera que explicar todas las enseñanzas que extraje de esa lectura; cuántas de mis creencias más arraigadas se hicieron humo para permitirme revisarme y crecer.

Dejar aflorar el instinto

No se trata de necesitar un manual de instrucciones que nos diga cómo ser padres y madres; sino más bien, de lo contrario. En mi caso, conocer y leer sobre otras maneras de educar me permitió conectar con un instinto personal que siempre me gritaba desde dentro que debíamos tratar a los niños con respeto, pero que luego, en la práctica, se me atragantaba mientras bailaba dando saltos entre la autoridad y la permisividad, sin conseguir encontrar el equilibrio.

Uno de los grandes descubrimientos de este libro fue la importancia de validar las emociones de nuestros hijos, en lugar de negarlas o minimizarlas. La validación de las emociones está relacionada con uno de los principales fundamentos de la disciplina positiva, la conexión. Aunque por aquel entonces, yo no había oído hablar tampoco de disciplina positiva.

Educar no es malcriar

Uno de los principales miedos que percibo cuando hablamos de educación o crianza respetuosa es el temor a perder el control de la situación por parte del adulto y que el niño no sepa dónde están los límites. Aclaremos este punto: educar desde el respeto no significa perder nuestro liderazgo como padres; es más, la toma de decisiones sobre nuestros hijos es algo inevitable, viene con el cargo de madre o padre, somos sus responsables y, por lo tanto, nos corresponde a nosotros decidir cómo queremos criarlos.

 

 

Tomar conciencia de esta realidad nos ayudará a no entrar en una lucha de poder continua con nuestros hijos para demostrarles que somos nosotros quienes estamos al mando. Como padres y madres de niños pequeños siempre estamos al mando; y ponemos límites.

Para algunos padres será muy importante que los niños estén a las nueve en la cama y para otros ni siquiera será importante tener una hora fija para acostarse. Habrá padres que decidirán que sus hijos solo pueden usar la vídeo consola los fines de semana, otros que media hora al día y otros que no tendrán videojuegos en casa. ¿Qué está bien y qué no? No hay una respuesta correcta. Nos corresponde como padres decidir cuáles son nuestras prioridades para criar a nuestros hijos, así que liderar nuestra familia es una obligación que viene con la ma(pa)ternidad.

¿Qué padre o madre quieres ser?

Ahora bien, ¿qué tipo de líderes queremos ser? Aquí es donde podemos decidir si perpetuar el modelo autoritario, del que la mayoría de nosotros somos hijos, o si queremos ser líderes más respetuosos. Todos seguimos con gusto a los líderes que guían a su equipo con respeto y empatía, fomentando la cooperación y valorando la aportación de todos los miembros del grupo. Nuestros hijos no son una excepción.

Vayamos a la práctica. ¿Cómo podemos, entonces, establecer normas y poner límites siendo respetuosos con nuestros hijos? Fundamentalmente, respetando y validando sus emociones.

Dejemos a un lado las necesidades básicas que deben ser atendidas cuanto antes: hambre, sed, sueño, abrazos cuando se sienten mal y los piden… Gran parte de los “retos” que surgen durante la crianza se resuelven si entendemos que nuestros hijos tienen derecho a discrepar con nuestras decisiones, a sentir emociones como el enfado, la rabia o la tristeza; y a expresarlas. Eso no significa que tengamos que modificar nuestra decisión para evitar que se enfade o llore. Pero si acompañamos su emoción y la validamos, lo habitual es que tanto el niño como nosotros nos sintamos mejor, sin entrar en conflicto.

Un ejemplo práctico: “No me quiero ir a casa”

Hemos pasado una tarde estupenda en el parque y llega la hora de irnos. Y ahí está nuestra pequeña criatura dispuesta a iniciar una rabieta de las de órdago, de las que hacen que todos los presentes en el parque se giren hacia nosotros.

 

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Anticipar lo que va a suceder puede ayudar a veces: “Vamos a estar un rato en el parque y después nos vamos a casa”. Pero no es una fórmula mágica. Lo habitual es que nuestro hijo se sienta molesto con la idea de abandonar el parque para ir a casa a bañarse, cenar y acostarse. No es nada personal contra ti, no quiere llevarte le contraria ni ponértelo difícil. Simplemente está enfadado o triste por tener que irse del parque y te lo hace saber de la única forma que sabe.

Entender esto, interiorizarlo, es importante. Si pensamos que nuestro hijo nos está llevando la contraria solo para salirse con la suya entramos en una lucha de poder sin sentido porque ya hemos visto antes que lo de tomar decisiones, nos guste o no, es cosa nuestra, de los padres y las madres. Así que, una vez frenado nuestro instinto de tomárnoslo como algo personal y soltarle un sermón del tipo “desde luego, siempre igual, estoy harta de que montes numeritos, ya no venimos más al parque”, que lo único que consigue es alejarnos emocionalmente y hacernos sentir mal a los dos; ¿cómo podemos acompañar a nuestro hijo en esta situación?

Vayamos por partes:

1. Ponle nombre a la emoción

Es el primer paso. Conectar. Agacharnos, mirarle a los ojos y decirle que estamos ahí, escuchando cómo se siente: “Veo que estás muy enfadado por tener que irte del parque ahora que te lo estás pasando tan bien”. Así de sencillo y así de difícil a la vez, para quienes crecimos en un mundo donde las emociones era mejor esconderlas.

2. Valida su emoción

Una vez que le hemos puesto nombre a lo que siente, vamos a validarlo. Ya sabemos lo que le pasa, ahora vamos a decirle que es normal lo que siente y que tiene derecho a sentirse así.

Vamos a conectar con nuestro hijo y a practicar la empatía: “Entiendo que estés triste, es un rollo tener que irse de un sitio cuando estás disfrutando”.

Podemos poner algún ejemplo personal: “A mí también me da mucha pena despedirme de mis amigas cuando estamos juntas y tengo que irme”

O trasladándonos en el tiempo: “Cuando yo era pequeña tampoco me gustaba tener que irme del parque”.

Pongámonos en su lugar por un momento. Llegas a casa y le dices a tu pareja que estás agobiada porque tienes mucha carga de trabajo:

  • Respuesta a) Todo el día igual, quejándote de tus cosas. Yo también estoy agobiado y no estoy todo el día quejándome.
  • Respuesta b) Es normal, tienes mucha responsabilidad y estás sometida a mucha presión, ¿quieres que te haga un masaje?

Vale, sigues teniendo mucha carga de trabajo, pero ¿cómo te has sentido con cada respuesta?

Que no podamos conceder todos los deseos de nuestros hijos no implica que no podamos decirles que no de manera respetuosa y conectando con cómo se sienten.

3. Explícale lo que vais a hacer

 

 

El quid de la cuestión. Nos va a dar pena, nos va a pedir un ratito más, hace muy buen día, su amiguito se queda media hora más… mamá, papá, la decisión es tuya.

Solo tú sabes a qué hora quieres volver a casa y por qué motivo. Si no te importa quedarte 15 minutos más que sea porque de verdad te parece bien, no para reprocharle dentro de 15 minutos que nunca tiene bastante y que ya vais tarde para la hora del baño y la cena por su culpa.

En primer lugar porque nunca va a tener bastante, asumámoslo, le encanta estar en el parque, da igual si lo alargamos quince minutos o una hora. Y en segundo lugar, porque la decisión de a qué hora os debéis ir es tuya; no debemos transferirle a él una responsabilidad que no le corresponde.

Él no tiene edad de pensar que necesita bañarse, cenar y acostarse a las nueve para descansar suficientes horas antes de ir al colegio. Ni siquiera sabe cuánto son quince minutos. Sólo sabe que quiere seguir jugando en el parque, porque es un niño y es lo que le toca hacer: jugar y enfadarse cuando le interrumpimos el juego. Así que si has decidido que es hora de irse el mensaje debe ser claro. Puedes explicarle el motivo por el que os vais: “Es la hora del baño, así que ahora vamos a irnos a casa.”

4. Ofrécele una alternativa viable y atractiva

Seamos sinceras: el agobio en el trabajo no nos lo quita nadie, pero ese masajito… ¡qué bien nos sienta! A nuestros hijos también se les hace más llevadero tener que irse del parque si le ofrecemos una alternativa atractiva.

Podemos optar por decirle que podrá seguir con la misma actividad en otro momento: “Mañana, después de comer, podemos volver al parque otra vez, si quieres”. Esta opción puede funcionar con algunos niños; para otros, mañana será demasiado tiempo, necesitarán más inmediatez. Proponerles jugar a algo mientras volvemos a casa puede ser una buena opción: “¿Te apetece que juguemos al Veo-veo mientras caminamos hacia el coche?”.

Y a veces funciona mejor si les damos dos opciones cerradas para elegir: “Mientras caminamos hacia el coche, ¿quieres que hagamos una carrera saltando como los canguros o trotando como los caballos?”.

Aprender y practicar para hacerlo nuestro

Todo esto que, explicado, parece tan obvio, cuesta ponerlo en práctica; sobre todo, porque si nunca se han validado nuestras emociones ni hemos aprendido a validar las de nuestros hijos, al principio nos saldrá de forma muy artificial. Es lógico que nos sintamos “raros” pero, en mi experiencia, a medida que lo he ido poniendo en práctica me ha salido cada vez de forma más natural.

Es como aprender a montar en bici o a conducir, al principio tienes que pensar en cada paso, cada movimiento que tienes que hacer y, al final, lo acabas integrando todo y lo haces con naturalidad. Recuerdo incluso haber memorizado con siglas los 4 pasos para no olvidarme de cómo hacerlo:

N: nombra la emoción.

V: valídala.

E: explica lo que vais a hacer.

O: ofrece alguna alternativa.

Y así, mientras mentalmente repasaba el esquema iba diciendo de corrido:

Cariño, sé que estás muy enfadada por tener que irnos del parque ahora. Te entiendo, cuando yo era pequeña tampoco me gustaba irme del parque y lloraba mucho como tú. Ahora tenemos que irnos a casa para bañarnos. ¿Quieres que hagamos una carrera como los canguros hasta el coche?

Las primeras veces que lo puse en práctica aluciné. Me sentía súper rara pensando tanto lo que tenía que ir diciendo pero, de pronto… ¡voilá! Funcionaba. Mi hija frenaba su rabieta y aunque seguía llorando me miraba con pena y me decía: “¿Sí, mamá, tú también llorabas?”. El enfado daba paso a la conexión. Es difícil seguir enfadado con alguien que está siendo respetuoso y empático contigo.

A veces funcionaba y jugábamos a cualquier cosa mientras nos íbamos. Otras, simplemente, me decía: “No quiero jugar a nada, quiero quedarme en el parque”. Y yo le contestaba: “Lo entiendo, cariño, si estás muy triste puedes seguir llorando mientras nos vamos”. Porque aceptar las emociones de nuestros hijos implica aceptar que tienen derecho a estar tristes o enfadados y a expresarlo.

Y el llanto es una herramienta muy sana para atravesar algunas de estas emociones, aunque tengamos la idea de que no debemos dejarlos llorar. Que una cosa es dejarlos llorar solos sin prestar atención ni dar importancia a lo que están viviendo, y otra muy distinta, permitirles llorar mientras los acompañamos.

 

 

Y mientras la llevaba en brazos hasta el coche ella lloraba y repetía “Yo quería quedarme en el parqueeee”: y yo le contestaba “Lo sé, cariño, siento mucho que estés tan triste”. Y, en estas ocasiones, jamás sentí que no había funcionado porque el objetivo no era que parara de llorar sino que asumiera que teníamos que irnos pero que mamá entendía y respetaba sus emociones.

El momento culmen llegaba cuando en alguna de esas ocasiones en que llegaba llorando hasta casa de repente me decía “gracias, mamá”. ¡Toma ya! Me la había llevado a casa llorando porque quería seguir en el parque y, ¡me daba las gracias! Porque los niños perciben perfectamente cuando los estamos tratando con respeto y dignidad, aunque no podamos darles todo lo que piden.

A veces, no tenemos la paciencia necesaria para poner todo esto en práctica y nos sale lo que tenemos tan aprendido de nuestra propia infancia. Pero después de cinco años criando lo que observo es que cuando conecto con mis hijos y respeto sus emociones todos nos sentimos mejor, tanto ellos como nosotros.

¿Os animáis a probar? ¿Os animáis a intentar conectar más con ellos?

 

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1 comentarios en "Validar las emociones: tan válida es la alegría como lo es la tristeza (o la ira o la rabia)"

  1. Muchas gracias. Excelente artículo, claro y conciso.

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