El nacimiento del ego o la identificación del yo en los bebés

El ego o la identificación del yo aparece en los bebés en torno a los seis meses y es lo que les hace únicos como personas

El ego es un concepto psicológico que se refiere al reconocimiento del yo y su diferenciación de los demás. Esta noción comienza a desarrollarse hacia los seis meses de vida, aunque no termina de desarrollarse hasta los tres años. Hasta entonces el bebé no tiene consciencia de sí mismo. O lo que es lo mismo: no tiene sentido de su propia identidad. En la construcción de la misma cobra vital importancia el desarrollo de una sana autoestima.

Las etapas en el desarrollo del ego

A partir de los seis meses comienza el desarrollo del ego y la individualización, que pasa por diferentes etapas hasta culminarse hacia los tres años de vida.

  • De seis meses a dos años: el bebé va descubriendo el “tú” y el “yo” paulatinamente. Se da cuenta, por ejemplo, de que su madre es una persona diferente de él, de que los objetos que le rodean no forman parte de él, etc. Al mismo tiempo, descubre las cosas que sí forman parte de él (las partes de su cuerpo, los sentimientos que experimenta, las actividades que realiza, los descubrimientos que hace, etc.).
  • De dos a tres años: es la etapa de mayor explosión del ego, una etapa que no pasa desapercibida para nadie (menos aún para los padres), ya que está caracterizada por los berrinches y las rabietas.

 

 

A partir del momento en que el niño ya sabe que es un individuo diferente de los demás, quiere mostrarlo al mundo y comprobar hasta dónde llega su “yo”. La aparición del lenguaje y las emociones nuevas que descubre y experimenta en esta etapa, hacen que el ego se convierta en dueño de su personalidad. Es lo que se conoce como etapa egocéntrica de la infancia.

El descubrimiento del YO y las rabietas

La necesidad del niño de exteriorizar y medir el alcance de su «yo» hace que, a partir de los dos años, sean habituales los berrinches, las pataletas y las rabietas. No es que el niño se porte mal sin más o que quiera volver locos a sus padres. Tampoco está «midiendo sus fuerzas», «retándoles» ni «poniéndoles a prueba». Simplemente está descubriendo su personalidad frente a la de sus padres.

El pequeño quiere ver hasta dónde puede llegar, fuerza los límites y desobedece constantemente las normas y a sus padres para afianzar su “yo”, frente al “tú” que representan sus padres y todos los demás. ¡No en vano se habla tanto de los terribles dos años! Las rabietas comienzan justo en ese momento.

 

 

Pero ahora que sabes por qué ocurre esto, puedes puedes utilizar tus nuevos conocimientos para saber cómo actuar cuando a tu hijo le dé una pataleta. Lo primero paciencia. No discutas con él. No conseguirás nada si te dejas arrastrar por la pataleta de tu hijo y pierdes la calma. Tómate unos minutos para serenarte y encarar la situación.

Después intenta calmarlo, quizá haciendo algo que no se espera ¡como darle un abrazo! Acaba hablando con él de forma tranquila y cariñosa, para que entienda que no podemos relacionarnos ni escuchar a quienes nos gritan o tratan mal. Así le enseñaras, poco a poco y con paciencia, a tener una comunicación mucho más asertiva y eficaz.

La identidad del niño: quién es y quién cree que es

La identidad de la persona es lo que la hace única. Se trata de un conjunto de rasgos, pensamientos, sentimientos y actitudes que hacen que se distinga del resto. Es muy curioso como la identidad, nuestra personalidad, se va desarrollando desde muy temprana edad.

 

El nacimiento del ego o la identificación del yo en los bebés

 

De hecho, los padres de un bebé con pocos días de vida, ya pueden hacer afirmaciones sobre cómo es esa nueva personita: “es muy calmado”, “es muy bueno”; o “es muy nervioso”, «llora mucho», etc. Todas esas características hacen que desde muy temprano se vayan identificando en el niño unos rasgos más que con otros.

A los seis meses de vida, y conforme se va desarrollando su motricidad, el bebé va adquiriendo conciencia de los límites físicos de su cuerpo. Es entonces cuando se percata de su persona y del resto, que no son él. Aún se siente unido físicamente a su madre, pero ya sabe que ambos son personas diferentes.

El sentido de uno mismo y de los demás: atención, capacidad e intención

A partir de los seis o siete meses, el bebé empieza a desarrollar el sentido de sí mismo como entidad física separada de su madre. Entonces empieza a darse cuenta de que tiene un cuerpo y una mente; y los demás, otros.  A partir de este momento evolutivo, es capaz de compartir el foco de atención. Una vez adquirida esta capacidad, el bebé también comienza a atribuir capacidad e intención al otro.

 

 

Por ejemplo: cuando el adulto le señala un objeto, el bebé mira la mano del adulto; seguidamente mira al objeto y después vuelve a mirar al adulto. El pequeño puede querer el objeto que señala el adulto, darse cuenta de que el adulto tiene la capacidad de dárselo y también tener la intención de hacerlo o no.

Estados afectivos y figuras de apego

Tanto niños como adultos necesitan mantener un estado de bienestar y estabilidad respecto a la imagen de sí mismo. Esto es fundamental para el desarrollo de una sana autoestima y también para la percepción y la construcción de la identidad personal. Para todo ello es muy importante tener un vínculo sano con sus padres.

 

El nacimiento del ego o la identificación del yo en los bebés

 

En este punto de la relación con el adulto, el bebé puede compartir estados afectivos con su figura de apego (desde muy pequeño, el bebé puede reconocer estados de ánimo en el rostro de su madre). Ahora tiene la motivación de explorar, pero todavía necesita la protección de su figura de apego.

Por eso, cada vez que el bebé explora lugares y objetos, y experimenta situaciones nuevas; mira el rostro de su madre para averiguar si esta situación a la que se enfrenta es amenazante o segura, en función de lo que interpreta en ella. Así, gran parte de cómo ve el mundo el niño viene determinado por cómo sus figuras de apego le transmiten que es.

Autoimagen, autoestima e identidad

Lo que los padres les decimos a nuestros hijos sobre ellos también contribuye a que vayan creando su personalidad. Es decir, los bebés confieren significados en función de lo que sus padres le transmiten del mundo y de todo lo que le rodea, incluido él mismo.

 

 

Las madres y padres les decimos a menudo a nuestros hijos e hijas cómo son. Si es una niña valiente, si es un niño bueno, si son listos, etc. Todo lo cual contribuye a que los pequeños vayan creando su identidad. Por eso es muy importante evitar colgarles «etiquetas» que impidan no solo que el niño se autodefina, sino que desarrolle una sana autoestima.

Si le decimos constantemente a un pequeño lo desobediente o malo que es, el niño acabará asumiendo que, en efecto, es malo. Este calificativo afectará a su comportamiento, a su autoestima y a sus sentimientos respecto a sí mismo. También afectará enormemente a su relación con los demás.

En el proceso del desarrollo del ego se constituyen dos partes muy importantes: por un lado la identidad del niño (quién es) y, por otro lado; su autoimagen (quién cree que es). La autoestima y la autoimagen no son la misma cosa, aunque suelen confundirse con frecuencia.

 

 

La primera se refiere al autocuidado y amor propio, a la capacidad de querernos a nosotros mismos tal y como somos. La segunda, se refiere a cómo nos vemos a nosotros mismos. Si esta falla, también se resentirá la autoestima porque si tenemos una mala imagen de nosotros mismos nos será más difícil aceptarnos y querernos. Ambas afectan a la capacidad de sentirnos bien con nosotros mismos, aunque de diferentes formas.

Para que el niño pueda tener una buena autoestima, necesita que le hayan estimado antes. Por eso que el vínculo con los padres (como figuras de apego más cercanas) sea sano, es tan importante en este periodo. Lo que el niño piensa sobre sí mismo (autoimagen), siempre está sujeto a un proceso de valoración. Cada niño, al observar su propia imagen, siente algo (que va desde sentirse desde orgulloso hasta profundamente decepcionado). Lo que el niño siente sobre sí mismo se refiere a su autoestima.

Por eso la imagen de uno mismo es muy importante. Todos los seres humanos, tanto niños como adultos, necesitan mantener un estado de bienestar y estabilidad respecto a la imagen de sí mismo. Gran parte de la identidad de la persona se construye en función de la imagen que las personas significativas le hayan devuelto durante su infancia.

 

 

Pero el desarrollo de la identidad de la persona no acaba en la infancia. Lo que uno es se va constituyendo poco a poco a lo largo de todo el desarrollo vital. Esta identidad se crea, desarrolla y modifica en el seno de las relaciones interpersonales.

Es decir: desde niños todos creamos nuestra identidad a partir de la relación con las personas que nos cuidan y seguidamente con el resto de personas que nos rodean y que son importantes para nosotros (familiares, cuidadores, profesores, amigos, parejas, hijos, etc.).

Ni por exceso ni por defecto

Al necesitar la interpretación y valoración constante de los mayores, los niños dependen de lo que los adultos les transmiten sobre sí mismos para desarrollar todo su potencial. Por ejemplo: hay niños que cuentan con determinadas cualidades que no han sido vistas por los adultos y, por tanto, no son conscientes de que tienen esas virtudes. Y también al revés: hay pequeños a los que se les ha dicho que tienen ciertas destrezas y, aunque no tenga realmente esas capacidades, creerá que sí. Por lo tanto: ni por exceso, ni por defecto, todo en su justa medida.

 

 

Los seres humanos nos relacionamos con las demás personas y también con nosotros mismos. Por ello, de la misma forma que podemos encontrarnos cómodos o felices con otras personas; podemos sentirnos bien o mal con nosotros mismos. Esto es la autoestima: cuánto y cómo se valora y se quiere el niño a sí mismo. Por eso la autoimagen (el buen o mal concepto que tengamos de nosotros mismos) influye mucho en nuestros sentimientos para con nosotros mismos.

Así que gran parte de nuestra identidad como personas se ha formado en función de la imagen que nuestras personas significativas (nuestros padres, sobre todo) nos han devuelto cuando éramos pequeños (y también más adelante: nuestros hermanos, amigos, profesores, parejas, etc. influyen mucho en nuestras vidas). Pero de pequeños, los niños se ve a sí mismos como sus padres les ven.

El papel del adulto en el desarrollo de la autoestima del bebé: el reconocimiento y la admiración del niño

En función de la valoración que hacemos sobre nosotros mismos, podemos sentirnos cómodos/incómodos, felices/infelices, satisfechos/insatisfechos… con nosotros mismos. Esto puede causarnos sentimientos positivos (plenitud, serenidad…), negativos (depresión, ansiedad…), contradictorios o incluso neutros.

En este balance entran en juego varios elementos: por un lado, el auto-concepto (cómo nos vemos a nosotros mismos); por otro lado, las aspiraciones; y por otro, lado la conciencia crítica. La autoestima alta o baja dependerá de lo cerca o lejos que se encuentre lo real de lo ideal. Y siempre hay un estado afectivo que lo acompaña.

 

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El niño solo puede quererse a sí mismo si antes le han querido, verse guapo si alguien importante y significativo para él le ha visto guapo, y considerarse listo si alguien se lo ha dicho previamente. En este sentido, el adulto cumple una función muy importante en el desarollo del ego infantil: la especularización o reconocimiento y admiración del niño. No hay nada peor para un niño que sentirse invisible o no querido.

El niño solo puede construir una buena autoestima si el adulto le devuelve una imagen positiva de él. Los adultos que sienten placer en la crianza de sus hijos e hijas, son capaces de valorarles adecuadamente. Son ellos quienes, a veces de forma instintiva, interiorizan de forma innata lo muy necesario que es transmitir a los hijos el sentimiento de que son importantes para el adulto y queridos por él.

 

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