Hablar en positivo: por qué es mejor decir que sí, que decir que no

La forma en la que hablamos a los niños se graba en su subconsciente y afecta a su desarrollo

Los niños y niñas están continuamente escuchando «NO»: «¡No saltes tan alto!», «¡No vayas tan rápido!», «¡No lo hagas tan fuerte!», «¡No lo hagas solo!» «¡Te vas a caer!», «¿No ves que NO PUEDES?» A veces sin darnos cuenta de lo mucho que nuestras palabras pesan en el subconsciente de nuestros hijos. Y así, en vez de alentar, desanimamos y mermamos su autoestima. La forma en la que hablamos a los niños tiene un efecto en ellos más poderoso de lo que imaginamos… Por eso hablar en positivo es mucho más beneficioso para su desarrollo.

Los niños escuchan demasiadas veces al día la palabra «no»

Los niños escuchan demasiadas veces al día la palabra «no»: no hagas esto, no hagas lo otro, no corras, no saltes, no grites, no cruces la calle, no te lleves las manos a la boca, no llores, no pises los charcos… Vamos a hacer un sencillo ejercicio: vamos a ponernos en su lugar.
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Imagina que tu pareja, tus padres, tu mejor amiga o tu compañero de trabajo te estuviesen diciendo todo el día «NO»: no hables, no cantes, no subas el volumen, no cojas el mando a distancia de la tele, te pongas esa camiseta… ¿Cómo te sentaría? ¿Aguantarías mucho tiempo al lado de esa persona?
Efectivamente. El «NO» produce una sensación de limitación asfixiante y rechazo hacia quien nos lo dice. El «no» nos produce sensaciones negativas: nos hace sentir inferiores, inseguros…

Busca alternativas… cuando sea posible

Evidentemente, eliminar por completo la palabra «no» de nuestro vocabulario y el día a día con nuestros hijos e hijas es imposible. Pero sí podemos reeducarnos para buscar alternativas. Es difícil, porque es un monosílabo rápido y eficaz, pero no imposible. Por ejemplo: en lugar de decirle a una niña «no cojas el chocolate», podemos decir «para la merienda toca fruta».

Los niños necesitan límites respetuosos para tener un desarrollo saludable y feliz. Además, tampoco es conveniente que el «no» caiga en desuso. Lo que conviene es moderar su uso, porque el vocablo pierde su valor si abusamos de él.
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Por ello, debemos procurar limitar el uso del «no» a aquellas situaciones que afectan directamente a la seguridad de nuestros hijos. Es mucho más probable que atiendan a esta orden y se paren en seco si la usamos de forma contundente cuando están a punto de cruzar la calle a lo loco, que si la oyen a todas horas y aprenden a ignorarla.

Buscar alternativas y limitar el uso del «no» a las situaciones realmente críticas Y, por otra parte, a menudo decir «no» tiene un efecto totalmente contrario al deseado…

El poderoso efecto imán del «no»

NO pienses en un elefante azul.

¿Qué ha pasado? ¿Por casualidad te ha venido a la mente justo aquello que se te ha prohibido? ¡Esa es precisamente la trampa del «no»! La ciencia nos explica que nuestra mente convierte en imágenes todos los mensajes que escuchamos.
Si alguna vez has hecho dieta, te habrás dado cuenta de que basta que te digas a ti misma «no puedo comer chocolate» para que te imagines el gusto de darle un bocado a una tableta. Y el deseo se acrecienta cada vez más. Pues lo mismo le sucede a un niño pequeño cuando le decimos «¡no toques eso!».
Curiosamente no nos quedamos con la parte negativa, la que implica prohibición; sino que nuestra atención se centra en aquello que queremos. Por eso, cuando nos dicen NO es como si nos incitaran a hacer todo lo contrario. Cuando abusamos del «NO», no solo este pierde totalmente su poder sino que además prohibir despierta curiosidad y reaviva el deseo.

Por qué es mejor decir que sí, que decir que no

Durante sus primeros años de vida, los niños y niñas no temen nada y creen que basta querer algo para conseguirlo. Es después, durante su desarrollo, cuando comienzan a surgir los miedos e inseguridades. ¿Por qué sucede esto? Porque se los inculcamos nosotros, incluso sin darnos cuenta.

¿Cómo sucede? Esto lo explica muy bien el llamado «Efecto Pigmalión». Es lo que la pedagogía y la psicología definen como una expectativa o profecía auto-cumplida: «Suceso por el que una persona consigue lo que se proponía previamente a causa de la creencia de que puede conseguirlo.»

 

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Es decir: lo que una persona sabe que creemos, pensamos, esperamos, confiamos o decimos de ella, influye en su comportamiento y en los resultados que consigue. En otras palabras: lo que les decimos a nuestros hijos sobre ellos, afecta a su autoimagen, su confianza, su autoestima y su comportamiento.

Por eso es tan importante hablar en positivo con nuestros hijos durante su infancia y no colgarles etiquetas repitiéndoles constantemente, por ejemplo, que son «malos», «desobedientes», «malos estudiantes», etc. De tanto escucharlo al final se lo creen y acaban comportándose justo como saben que esperamos que lo hagan… No les hagamos eso.

 


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