15 cosas que NO deberíamos decir a los niños

Hay palabras y frases muy típicas que deberíamos dejar de decir

Demasiado a menudo utilizamos frases hechas que, aunque se pronuncien desintencionadamente, tienen un efecto negativo para la autoestima, la autonomía y el desarrollo de nuestros hijos.  En este post tenéis nada menos que 15 cosas que no deberíamos decirles y, sin embargo, decimos o nos han dicho con demasiada frecuencia, sin ser conscientes del daño que les hacemos al hablarles así.

«No llores»

Los adultos tenemos cierta tendencia a evitar, anular o enmascarar las emociones negativas por considerarlas bochornosas. Nuestra educación emocional en este sentido no ha sido la más adecuada y es un error sociocultural que no por estar anclado firmemente en nuestra sociedad deja de ser una equivocación.

Todas las emociones deben ser tenidas en cuenta, sobre todo cuando los niños son pequeños, para que las conozcan, para que sepan cómo se identifican, lo que representan y cuáles son las razones que las provocan. En definitiva: es importante ayudar a nuestros hijos para que puedan ir, poco a poco, trabajando sus emociones desde la primera infancia.

Las sensaciones que consideramos negativas tienen también su función, al igual que la alegría o la felicidad. El llanto es la expresión de todos esos sentimientos que hay que expulsar para aliviar la carga interior. Es la expresión genuina de un sentimiento y cuando decimos «no llores» estamos diciendo «no sientas».

 

 

La tristeza, la rabia o la frustración son emociones intensas que los niños y niñas deben aprender a gestionar. Y para ello, el primer paso es manifestarlas y expresarlas adecuadamente. Llorar es su forma de advertirnos de su presencia.

El llanto de los niños es importante porque nos permite conocerles mejor, saber qué cosas les disgustan, cuándo se sienten mal y cómo de mal se sienten, calibrar su sensibilidad y enseñarles a canalizar las emociones para utilizarlas de forma más constructiva que, por ejemplo, la rabieta o la rendición.

«No ha sido nada»

Esta frase es similar al «no llores» anterior, y se utiliza sobre todo cuando un niño pequeño se cae y se hace daño. En estos casos tratamos de consolarle de la mejor forma posible, diciendo todo lo que se nos ocurre para conseguirlo y hacer que se le pase. Y le distraemos o le ponemos a jugar rápidamente como si no hubiera pasado nada, para que se le pase cuanto antes.

 

 

Pero a veces sí ha sido algo, y sí ha pasado algo. A veces les duele de verdad, han pasado miedo o se han asustado. No nos cuesta nada cambiar el «no ha sido nada» o «no pasa nada» por un: «¿Estás bien?» o «¿Te has hecho daño?», que valida sus emociones y le demuestra que nos preocupa lo que le pasa. Lo correcto después, es pedirle que nos cuente qué ha pasado y cómo se siente, si quiere.

“¿Por qué no puedes ser como esa niña?”

Las comparaciones son odiosas. Como seres humanos, cada niño o niña es un ser único e irrepetible. Lanzarles el mensaje de que tienen que tomar como ejemplo a otra niña, imitarla o hacer las cosas como las hace ella es perjudicial para ellas ya que le estamos dando a entender que otra persona es mejor que ella, que no nos gusta cómo es. Les estamos haciendo sentir inferiores.

La educación positiva debe trabajar potenciando las habilidades y capacidades especiales de cada niña y niño, las cosas que sabe hacer bien, sus puntos fuertes, porque son las cosas que los hacen únicos, especiales y diferentes de los demás.

 

 

Es imposible que a nadie se le dé bien hacer absolutamente todo. Cuando nuestra hija se equivoque en su actitud o nuestro hijo no sepa hacer algo, debemos corregirles y enseñarles a hacer las cosas diferente, dándole la oportunidad de llegar a ello a su manera. Porque «bien» quiere decir lo mejor que ellos puedan, y no como lo hagan los demás.

“¡Déjame en paz!”

Soy madre. Y sí, a veces me gustaría tener el superpoder de chascar los dedos y desaparecer. Hay días en los que me iría a una isla desierta… ¡completamente sola! Con esto quiero decir que comprendo perfectamente que el día a día en una casa con niños/as  puede resultar agotador, y es normal que a veces necesitemos desesperadamente tomarnos un respiro…

Pero para lo bueno y para lo malo, los padres y las madres lo somos durante 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año. ¡Y ni siquiera dejamos de serlo mientras ellos duermen! No hay vacaciones para nosotros.

Los peques pueden ser muy exigentes, machacones y repetitivos. De hecho, los niños pequeños consiguen las cosas a base de insistir e insistir… También son prácticamente inagotables y no se cansan nunca. Sus reservas de energía parecen infinitas, pero debemos lidiar con esta situación procurando no lanzarles el mensaje de que nos están molestando o de que queremos apartarles de nuestro lado.

 

 

Nosotros somos todo su mundo y este tipo de expresiones puede menoscabar su seguridad y lastimarles. Los pequeños son muy impresionables y sentidos… Si ni siquiera sus papás y sus mamás son capaces de aguantarles, ¿quién más puede quererles? Por eso debemos procurar no contestarles nunca como jamás nos gustaría que nos contestasen a nosotros nuestros seres queridos.

«¡Cállate!»

En la línea de lo anterior, por más que nos duela la cabeza o estemos hartos de escuchar la misma cantinela, pedirles que se callen (y más aún si es de mala manera) no es la forma correcta de tratar a la gente que queremos.

De igual modo que no es una frase que le decimos a nuestra pareja, familiares, amigos o a nadie con el que queramos tener mantener una buena relación, nuestros hijos tampoco merecen este imperativo.

 

 

En lugar de ello podemos agacharnos, ponernos a su misma altura, mirarles a los ojos y ponerles la mano en el hombro mientras les decimos que ya les hemos escuchado y que no hace falta insistir tanto porque no vamos a cambiar de opinión, pedirles el favor de jugar más bajito para dejarnos descansar o proponerles otra actividad más tranquila para entretenerles.

“Pues ya no te quiero”

Esta frase es nefasta. ¿Os imagináis que vuestra pareja os hiciera semejante chantaje emocional para conseguir que hiciéramos en cada momento lo que se le antojase? Y, sin embargo, es un recurso habitual que los adultos emplean con niños y niñas.

Decirles que nos pondremos tristes si no quieren comer, que les dejaremos de querer si nos desobedecen o que les dejaremos solos si no nos hacen caso de inmediato, les educa en la ansiedad por el cariño condicionado. Esto es: les enseña que para conseguir y mantener el cariño de la gente, han de estar agradándoles y complaciéndoles constantemente.

 

 

El amor de una familia hacia sus hijos es incondicional y así han de sentirlo para convertirse en adultos sanos y seguros de sí mismos. Da igual lo que hagan o cómo les salgan las cosas que intenten, no deben de preocuparse por que el amor de los suyos pueda agotarse algún día. Si queremos que confíen en nosotros, y en sí mismos, deben tener claro que ellos siempre van a tener nuestro apoyo y cariño y deben sentirse libres de poder tomar sus propias decisiones.

“¿Estás sordo?”, “¿estás ciego?” o “¡pareces tonto!”

Además de ser tremendamente capacitistas, estas expresiones pretenden ser insultos que dañan la autoestima y menoscaban la autonomía de los más pequeños de la casa.

Los niños son más dispersos que los adultos, les cuesta más concentrarse y además han de trabajar sus habilidades motoras y desarrollarse cognitivamente para actuar con la precisión y coordinación que requieren ciertas actividades.

Si en lugar de regañarles, atacarles o enfadarnos con ellos porque derraman sin querer un vaso de agua, les decimos que no se preocupen y les enseñamos a recogerlo, será solo cuestión de práctica el que no suceda más. Si, por el contrario, les vamos minando la confianza en sus propias capacidades, es probable que tengan miedo a seguir intentándolo y dejen de hacer las cosas solos.

 

 

A veces sucede también que, cuando algún niño le hace algo al nuestro, tendemos a emitir un juicio peyorativo sobre ese niño para mostrarle cuál es el buen comportamiento y cuál es el mal comportamiento a nuestros hijos. Entonces decimos que ese niño es «idiota» o que «no está bien de la cabeza».

Así, estamos enseñando a nuestras hijas a insultar a todos aquellos niños que puedan hacer algo con lo que ellos no estén de acuerdo en un momento dado. Es mejor sustituir este tipo de expresiones por una pregunta de curiosidad, del tipo: «¿Y qué te parece que haya hecho eso?», y a partir de ahí construir posibles soluciones: «¿Y qué crees tú que podrías hacer?». De esta forma, los niños y niñas reflexionan de forma constructiva y sacan sus propias conclusiones.

“¡Porque lo digo yo!”

Cuando saltamos de la autoridad al autoritarismo, perdemos la capacidad de ser justos y de merecer ser respetados por nuestra capacidad para educarles.

«Porque lo digo yo, y punto» no es una manera razonable de conseguir que un niño o una niña atienda a razones. En el peor de los casos, le convertirá en una persona sumisa incapaz de revelarse contra nada ni nadie. En el mejor, en un auténtico rebelde, o en un dictador.

 

¿Es bueno decirle a los niños que nunca hablen con extraños?

 

El aprendizaje es sinónimo de explicación, argumentación y reflexión. Todo lo cual es necesario para que los niños, estén o no de acuerdo, tengan al menos una justificación al «Sí» o al «No».

Razonar, comprender y analizar la circunstancia y el porqué de las cosas les permite construir una mente crítica capaz de sacar conclusiones por sí misma.

“Así no se hace”

Da igual cómo lo haga, lo importante es que lo intente. Cuando mi hijo era pequeño no se le daba bien columpiarse sentado, pero nunca pedía ayuda: se recostaba en la tabla sobre el estómago y se balanceaba mirando al suelo.

A algunas personas les parecía rarísimo, a otras gracioso. Unas pocas acudían en su ayuda creyendo que les necesitaba. Y lo cierto es que no: mi hijo quería columpiarse solo, y así lo hacía… a su manera. ¡Que no tenía por qué ser la de ningún otro!

 

 

Cuando los niños pequeños son capaces de solventar un problema y salvar un obstáculo por sí mismos, ganan autonomía personal y confianza en sí mismos. El simple hecho de buscar soluciones creativas para seguir intentándolo a mí ya me parece una genialidad.

“Quita, déjame a mí” o «Anda, dame, ya lo hago yo»

Educar en autonomía es tan importante como hacerlo en responsabilidad. Puede que como niños aún no sean tan hábiles e independientes como los adultos, pero para conseguirlo tienen que probar a hacer cosas por sí mismos, intentarlas y practicar.

El proceso puede ser lento y cometerán errores de los que tendrán que aprender, todo lo cual no sólo es necesario, sino sano y positivo.

 

gastroenteritis en niños

 

Si siempre interrumpimos sus tareas o actividades para acabar por ellos la labor de forma más rápida y eficaz, llegará un momento en que ni siquiera intenten hacer las cosas por sí mimos. Nos pedirán (o peor: nos exigirán) que las hagamos nosotros, sencillamente porque así les hemos acostumbrado. O incluso llegarán a convencerse de que si lo hacen ellos, lo harán mal.

“Cuando venga tu padre…” o “Se lo voy a decir a mamá…”

Una frase muy típica, ¿verdad? Cuando el peque no nos hace caso, nos rendimos y acabamos por trasladar la responsabilidad de su educación en nuestra pareja. Es una conducta muy humana, esa de «prueba tú, que a mí no me hace caso». Se trata de un caso típico de delegación de funciones.
El problema de esta actitud es que con ella se cometen dos errores: por una parte, se convierte a la otra persona en el «malo» de la película (muchos peques asocian los castigos sólo a uno de sus padres por este motivo, y acaba sintiendo verdadero pánico por la actuación de esa persona) y, por otra parte; nos estamos menoscabando a nosotros mismos, restándonos autoridad.
Adoptando los roles de «poli bueno y poli malo» lo único que vamos a conseguir es demostrar a nuestras hijas que no somos capaz de controlar la situación. Además, si los castigos son considerados métodos poco educativos por actuar sobre el acto, pero no sobre la causa, imaginad hacerlo en referencia a acciones que han tenido lugar horas atrás.

“Si no te comes las verduras, no hay chuches”

Las frases del tipo «si te acabas la comida, te doy un helado» o “si no te comes las lentejas, las tendrás para la cena” son negativas para el desarrollo de los niños por cuanto no les permite establecer una sana relación con la comida.

 

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La comida no se debe usar como premio ni como castigo. Si lo hacemos, estaremos consiguiendo justo el efecto contrario al deseado: las lentejas son malas, los dulces buenos; cuando en realidad lo que queremos inculcarles son hábitos de alimentación saludables.

“Vete a tu cuarto y piensa sobre lo que has hecho”

Esta es una de las frases que mayor disonancia cognitiva me provocan, porque ¿desde cuándo pensar es un acto negativo? Pensar no debería asociarse nunca a castigo. 

Este es el motivo por el que elementos «educativos» de corrección de conductas negativas, como la popular «silla de pensar», en realidad no funcionan.

Cuando mandamos a un niño o a una niña a su habitación, lo único que conseguiremos que piensen es en lo injusto de la situación o en lo «malos» que somos con ellos al retirarlos de su presencia.

 

 

Lo único realmente útil en situaciones de desobediencia infantil o ante conductas erróneas, es hablar con ellos tranquila y sosegadamente, para explicarles en qué se han equivocado y darles la oportunidad de subsanar el error.

“¡Te vas a caer/hacer daño!”

Es muy frecuente que tanto mamás como papás se alarmen y salgan corriendo gritando a todo pulmón cuando su hija intenta subirse sola al tobogán de los mayores o su pequeño quiere probar suerte con el monopatín de su hermano mayor.

Las expresiones del tipo «¡Te vas a abrir la cabeza!» (la pongo como ejemplo porque realmente la he oído muchas veces en el parque) alarman a los pequeños, les asustan e incluso pueden hacerles perder el equilibrio en un momento clave. Incluso pueden suceder como profecía autocumplida: «Me voy a caer» (y se caen).

Evidentemente, no debemos permitir que hagan cosas peligrosas que pongan en riesgo su seguridad o la de los demás. Debemos vigilar su juego desde una posición cercana y corregir sus actuaciones cuando éstas son erróneas, pero de forma serena y sin perder la compostura, especialmente cuando se trata de riñas entre hermanos.

 

 

Debemos tener en cuenta que los niños son grandes exploradores. Por naturaleza, sienten curiosidad por las cosas que les rodean y están constantemente indagando y poniéndose a prueba para conocer sus propias capacidades y límites.

Hay muchas circunstancias diferentes que debemos valorar por separado. Puede que nuestros peques aún no estén listos para subir solos al tobogán más alto del parque, pero ¿qué hay de malo en tirarse de panza en el tobogán de los pequeños, que ellos ya dominan? La experiencia puede ser gratificante. ¡Y la ropa siempre se puede lavar y quedará como nueva!

«¿Pero no ves que no puedes?»

¿Conocéis el Efecto Pigmalión? Es una teoría que afirma que el lenguaje obra un poderoso efecto «predictor» en el comportamiento de las personas (lo que acabo de contaros de la profecía autocumplida). Por ejemplo: si le dices a un niño «cuidado, te vas a caer» o «no puedes hacer eso tú solo» las veces necesarias antes de emprender una determinada actividad, se le quedará tan grabado que con el tiempo creerá que hay muchas cosas que no es capaz de hacer, que es torpe, y al final acabará por no ser capaz de hacerlas.

Por lo general, los niños no suelen intentar realizar aquello de lo que no se sienten seguros (aunque hay excepciones y siempre nos encontraremos con niños y niñas que no temen a lo desconocido), aunque a veces no sean conscientes cuando hay un peligro cerca.

 

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No debemos permitir bajo ningún concepto que una niña que todavía no sabe nadar se meta sola en la piscina, pero si un niño quiere probar a montar en bici sin ruedines traseros, podemos enseñarle la mejor forma de hacerlo, ayudarle y animarle a conseguirlo (incluso aunque pensemos que aún es pronto para ello, porque cada niño es un mundo y el ritmo lo marcan ellos).

Si finalmente no se ve capaz de realizar la actividad, podemos decirle que cuando sea un poco mayor lo conseguirá. Siempre puede volver a intentarlo más adelante y al menos no se llevará el mensaje de que montar en bici es algo súper peligroso que puede hacerle mucho daño. No le cogerá miedo ni pensará que él es demasiado torpe para intentarlo. Y en el camino habrá averiguado algo fundamental: lo que puede y no puede hacer. Sin necesidad de gritos, prohibiciones ni temores.

 

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