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Por qué no deberías usar la comida como premio ni como castigo

La comida es para comerla, no para educar con ella

En las últimas décadas, tal y como expliqué en otro post, la industria de los alimentos y comestibles ha conseguido que normalicemos el consumo de procesados, ultraprocesados y comidas cargadas de azúcar y grasas saturadas no solo en momentos puntuales, como cuando éramos pequeños y de vez en cuando nos daban un poco de chocolate, un caramelo o similar, sino también en el día a día, convirtiéndose en habituales ya en la infancia.

Por supuesto no sucede en todos los hogares. Hay madres y padres que con la información en la mano han decidido dar a sus hijos comida normal o han optado por ofrecer los alimentos poco saludables en momentos puntuales, promoviendo así que sus hijos e hijas lleven una dieta mayormente correcta y saludable.

Solo hay un riesgo (que es importante) en caso de que tengamos esos productos en casa: hay quien considera que esos momentos puntuales deben ser momentos de recompensa, que deben dárselo a sus hijos porque se lo han ganado o se lo merecen, porque han obedecido, han hecho algo bien o han colmado las expectativas de los padres de alguna manera. Es el riesgo de meter la pata al convertir los alimentos en castigos o premios, e intentar educar con ellos.

El error de castigar con comida

Antes de centrarme en la comida como premio quiero comentar el error de castigar con comida de por medio. La peor de las situaciones sería aquella en la que muchos estaréis pensando y que seguramente casi nadie haga: “Pues como te has portado mal, hoy hacemos verdura, que así además comes sano”, porque creo que todas y todos nos damos cuenta enseguida de que se trata de un sinsentido: ¿cómo vas a castigar a tu hija con algo de comer que no le gusta, y que es saludable? No solo va a desarrollar una mayor aversión a la verdura, sino que no querrá probarla nunca. Y aún peor, empezará a coger una manía a la palabra “sano” que ni te cuento.

 

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Tampoco es mucho mejor lo de “Pues como no te has comido las espinacas te las vuelvo a sacar en la merienda… y en la cena; y si hace falta en el desayuno de mañana”. Es otro grave error porque no solo no ayuda a instaurar hábitos saludables (la gracia es que cuando ya no estén bajo nuestro control sigan comiendo comida saludable, no que se sientan libres de no probarla nunca más), sino que provoca manías, rechazos y fobias a esos alimentos, al ir acompañados de momentos de sufrimiento, de pulso y de obligación.

Y finalmente queda el error de retirar alimentos poco saludables como castigo por algo que han hecho o dejado de hacer: “Te has quedado sin postre”, “Ya no te compro los caramelos”, “Nos comeremos tu parte de pastel por no hacer caso”, “Íbamos al burguer, pero ya no vamos”… o peor: “Nosotros nos cogeremos hamburguesas y refrescos y a ti, por portarte mal, una ensalada y agua”.

Al decir cosas así estamos creando una asociación positiva hacia alimentos que deberían consumirse muy de vez en cuando (en realidad, lo ideal es que no se consumieran nunca, pero no somos seres perfectos y a veces “pecamos” con la comida).

El mensaje que les enviamos es que los postres, caramelos, pasteles, bollería y comida rápida son algo a lo que aspirar, algo que deben ganarse, algo que pueden merecer o desmerecer, según sea su comportamiento. Si son buenos niños, podrán comerlos. Si no son buenos, si nos defraudan, entonces no.

Los niños buenos pueden comer comida malsana, los niños malos se tienen que conformar con comida saludable.

El error de usar la comida como premio

Por regla de tres, sucede lo mismo cuando ofrecemos alimentos insanos como recompensa: “Si te portas bien te doy una piruleta”, “Como has aprobado nos vamos al burguer”, “Como me has hecho caso podrás comerte el postre”, “Si te lo comes todo te doy más pastel”.

Lo primero que hay que tener en cuenta, en realidad, es que educar con premios o con castigos es peligroso y poco recomendable, porque centra la atención de los actos y comportamientos de los niños en la posibilidad de recibir un premio, o en la posibilidad de recibir un castigo.

 

 

Ambos eventos son motivaciones externas que añadimos los adultos a nuestro criterio, convirtiéndonos en jueces y ejecutores de las penas o en aquellos que otorgamos el premio. Esto hace que los niños tiendan a buscar el modo de complacernos para que los premiemos, y de evitar los comportamientos que consideramos negativos para que no los castiguemos.

Mientras estemos ahí para premiar o castigar, el método puede llegar a funcionar. Pero, ¿qué pasa el día en que ya no los premiamos? Pues que pueden perder el interés en seguir haciendo lo que antes hacían para conseguir algo. O incluso pueden perder el interés en el premio, y entonces tendremos que amplificarlo. ¿Y qué pasará el día que no estemos delante para ejercer como jueces? Pues que tendrán la libertad de hacer lo que quieran, porque “como no me ven, no pueden castigarme”.

Pues bien, esto es lo que pasa también con la comida insana cuando la convertimos en premio: se transforma en algo positivo, un hito a alcanzar, una meta a disfrutar, y se ensalza, a sus ojos, como un alimento relativamente “mágico” y difícil de conseguir.

Seguro que conocéis casos de algún niño adicto a los Lacasitos o similar, porque en su casa los utilizan como premios, o a los caramelos, o a los refrescos… que los ven fuera de casa y se vuelven locos. Y no es por el sabor, que también, sino porque han aprendido de nosotros que es algo que cuesta alcanzar, y que es algo que comemos porque somos buenos y merecedores de ello.

“Hasta que no te comas el brócoli no te comes el postre”

Y luego tenemos la frase que contempla el premio y el castigo a la vez. Cuando consideras que debe comer más del primer o segundo plato, y que hasta que no lo acabe no puede pasar al alimento menos saludable. ¿Por qué lo hacemos? Pues precisamente porque sabemos que el postre es menos saludable y nos preocupa que coma poco de lo primero, para llenarse de lo segundo.

Con esto lo que conseguimos es exactamente lo mismo: que no le vea la gracia al brócoli (seguramente, por sabor, ya le hace poca gracia), y que centre la atención en ese postre que le espera.

 

 

¿O acaso alguien lo dice al revés?: “Como no te comas las natillas esta noche no te doy calabacín”. No, no creo que haya mucha gente que insista para que los niños se coman lo que no deberían comer, pero sí la hay que les insiste con lo saludable y deja libertad para comer lo poco saludable. Que a priori tiene cierta lógica, pero a la práctica es peligroso.

Porque pregunto, ¿y si el postre fuera una fruta? ¿Alguien le dice a un niño que se acabe la verdura antes que comérsela? Normalmente no, porque nos parece igual de saludable una cosa que otra. Es más, muchos niños (y mucha gente) comen el postre antes de comer. Yo lo hago a menudo: una fruta antes de seguir con la comida. ¿Verdad que no nos parecería demasiado bien que primero se metieran un trozo de pastel o unas galletas?

Cuál debe ser la relación lógica con la comida

Lo lógico es que la comida no esté relacionada de ninguna manera con la educación: ni con los premios ni con los castigos.

Nuestro papel como padres es el de informar de cuál es la comida saludable y cuál es la no saludable, y ser consecuentes con lo que queremos que aprendan a la hora de hacer la compra y a la hora de alimentarnos en casa.

 

 

Si queremos que coman sano, tenemos que comprar sano y comer sano. Siendo así, si no tienes bollería industrial, procesados, dulces y todo lo no queremos que coman, está claro que no podrán comerlo. Y no hablo de esconderlo… tampoco hace falta. Basta con no comprarlo y, si preguntan, explicarles por qué no se compra.

¿Y si en casa sí tenemos de esos alimentos? ¿O si de vez en cuando compramos? Pues comprarlo y comerlo teniendo todos claro que no es un premio, y que simplemente lo habéis comprado porque sí, porque ese día apetece y porque aunque no sea saludable, un consumo puntual no es comparable a un consumo habitual.

Si además de esto les enseñamos a ser críticos con el etiquetado, con la publicidad engañosa y con las técnicas de marketing, si les educamos para sepan cuáles son los mejores alimentos, cuáles los peores, qué daño pueden hacernos y cuáles son los intereses económicos que hay detrás de cada creación comestible, aprenderán una verdad que les servirá el resto de la vida: la comida de verdad, la que debemos consumir, no necesita fabricarse ni anunciarse por la tele.

 

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