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Castigar a los niños, ¿sí o no?

Hacerles daño psicológico no les ayuda a integrar valores positivos.

El castigo es una de las herramientas que más se ha usado y se sigue usando en la educación tradicional. Dudo que haya alguien de nuestra generación que no haya sido castigado alguna vez, de una u otra manera. El castigo es una herramienta conductista, es decir, se utiliza con el objetivo de modificar una conducta, y se basa en asociar un estímulo a una respuesta.

Lo que hace el conductismo, simplificando, es utilizar refuerzos positivos (premios) para fomentar algunas conductas; y refuerzos negativos (castigos) para tratar de erradicar otras conductas.

La inmensa mayoría de los castigos se pueden englobar en dos grandes grupos: tiempo fuera punitivo y retirada de estímulos “positivos”. Ejemplos de tiempo fuera punitivo serían el clásico “vete a tu habitación” y la “silla de pensar”. Como retirada de estímulos tenemos “si sigues haciendo tal cosa te quedas sin… (tablet / parque / postre / fútbol / salir)”.

¿Cuáles son las ventajas de los castigos?

Funcionan a corto plazo. Tienen un efecto inmediato. Se están peleando, los mando a cada uno a su habitación y cesa la pelea. No ha hecho los deberes, lo castigo y esta tarde revisa bien su agenda y no se olvida de hacer su tarea.

El hecho de que parezcan funcionar en un periodo breve de tiempo, ¿justifica su uso?

Este tipo de técnicas de modificación de conducta se han demostrado ampliamente en experimentos con animales. Si cada vez que un ratón se acerca a un objeto se le da una descarga eléctrica, asociará una cosa con la otra y dejará de acercarse. Pero nuestros hijos no son ratones ni educar es un simple adiestramiento.

¿Cuáles son los inconvenientes de los castigos?

1. No funcionan a largo plazo

Todos hemos escuchado a madres y padres desesperados exclamar aquello de “ya no sé con qué castigarlo, le he quitado la Play, la tele, el fútbol… y sigue sin estudiar / recoger la mesa / ordenar su habitación” u otras frases similares.

 

 

Esto sucede precisamente porque no somos científicos jugando a adiestrar ratones. En la educación intervienen factores mucho más complejos como la motivación, el aprendizaje, las emociones, el vínculo… y no basta con aplicar un castigo para erradicar una conducta sin tener en cuenta el resto de factores.

2. Los castigos no están relacionados con la conducta del niño

Imaginemos una conducta que nos gustaría corregir en nuestro hijo. Queremos que se haga cargo de sus tareas en la casa, hacer su cama, por ejemplo. Y como lleva tres días sin hacerla le decimos que no podrá ir a casa de su amigo este fin de semana.

No existe ninguna relación entre la conducta y su consecuencia. No están relacionadas en modo alguno. Es una sanción impuesta que no surge de la conducta en sí misma; y, por lo tanto, la relación que se establece entre la conducta y su consecuencia no resulta razonable para nuestro hijo ni se produce ningún aprendizaje (“¿Qué tiene que ver hacer la cama con ir a ver a mi amigo?”; “Si no voy a ir a casa de mi amigo, ¿ya no hace falta que haga la cama?”) .

3. El niño no aprende nada

El castigo busca que el niño pague por el error cometido, no que aprenda de él. Los errores forman parte imprescindible del aprendizaje. Para aprender a hacer algo es necesario practicar y equivocarse antes de alcanzar una destreza. Si no aceptamos el error como parte del proceso de aprendizaje y de crecimiento estamos continuamente juzgando conductas que son normales en su etapa de desarrollo como si fueran un problema.

 

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Además, no aprende nada. No entiende que es importante que recoja sus juguetes para que no se rompan y pueda encontrarlos el próximo día. Sólo recoge los juguetes porque si no lo hace, no le dejas ver la tele. Aunque no entienda qué tiene que ver una cosa con la otra.

4. Se vuelven en contra

Con el tiempo, estos condicionamientos se acaban dando la vuelta. “Si me ofreces dinero para el cine con el objetivo de conseguir que recoja mi habitación, al final te acabaré pidiendo algo a cambio cada vez que me pidas que realice una tarea”.

De igual modo, “Si me castigas sin parque porque le he pegado a mi hermano, y me has visto hacerlo, otro día podría intentar hacer lo mismo lejos de tu presencia”. Y es que el castigo enseña al infractor a cometer los mismos actos lejos de quien ejecuta la pena.

 

 

Siento deciros que no es que tengan lo que llamamos “poca vergüenza”. Es que es el sistema al que los hemos acostumbrado nosotros. A hacer las cosas “por miedo a” o “a cambio de”, sin encontrar ninguna motivación ni ninguna razón con sentido para hacer tal o cual cosa.

5. Se centran en modificar la conducta sin tener en cuenta las emociones

Los castigos no tienen en cuenta ni las emociones previas a la acción (¿Por qué se ha comportado así este niño?), ni las posteriores (¿Cómo se sienten los niños cuando se les castiga?).

Las emociones previas son imprescindibles para comprender el comportamiento del niño. Son la raíz del comportamiento, o del “problema”. Si no las identificamos y las trabajamos, no estaremos arreglando nada. Nos estaremos quedando en la superficie, que es la conducta inadecuada. Por lo que, aunque al principio parezca mejorar, la situación (u otras situaciones) se repetirá una y otra vez, al cabo de un tiempo.

Tampoco se tiene en cuenta cómo se sienten los niños ante un castigo. Cuando los castigamos, la mayoría de los niños experimentan sentimientos de injusticia, rabia… y la relación con nosotros se resiente. Lo más probable es que deseen vengarse, o aislarse, o como ya he comentado, evitar que le pilléis la próxima vez…

En palabras de la psicóloga Jane Nelsen:

¿De dónde sacamos la absurda idea de que para que los niños se porten bien, primero hay que hacerlos sentir mal?

Pero y si no les castigamos, ¿qué hacemos?

Está claro que cuando nuestro hijo está teniendo una conducta negativa no podemos aplaudirle ni mirar para otro lado. Así que, si no les castigamos, ¿qué podemos hacer? Dependiendo del tipo de conducta, tenemos varias opciones: fomentar su autonomía, respetar sus tiempos, trabajar sus emociones, darles opciones para manejarlas, buscar soluciones en lugar de culpables…

Una crianza respetuosa, basada en la disciplina positiva, puede ofrecernos muchas herramientas para enfrentar los retos que se nos presentan día a día en la educación de nuestros hijos, de manera que todos, ellos y nosotros, nos sintamos mejor.

Entonces, castigos, ¿sí o no?

Pues cada familia deberá decidir cuáles son los métodos que le funcionan con sus hijos, pero estoy convencida de que si nos dieran a elegir entre dos métodos para educar a nuestros hijos, uno punitivo que les hace sentir mal y no funciona a largo plazo, y otro respetuoso que les hace sentir bien y funciona a largo plazo, todos sabríamos por cuál decantarnos. Por eso os ofrecemos este curso de Educación respetuosa y Disciplina positiva, para que conozcáis todas las alternativas, opciones según sean las circunstancias y el modo de comunicarnos con ellos que mejor puede funcionar:

 

 

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