Me centré tanto en criar que me olvidé de mí

La trampa del cuidador que no se cuida: cuando no nos queda tiempo para nada más que no sea criar

Iba una vez al mes sin excusas a la peluquería, nunca me vi las canas antes (a lo mejor ni las tenía). Me interesaba la moda (no en exceso, pero podía reconocer las últimas tendencias y me gustaba usarlas). Disfrutaba cuidándome. Y de repente un día me miré al espejo (después de encontrarme con una ex colega del trabajo y sentir que me miraba raro), y en el reflejo encontré a una mujer que no reconocía… Me había centrado tanto en criar que me había olvidado de mí.

¿Qué había pasado?

O qué no había pasado… Pues que hacía demasiados meses que mi prioridad casi exclusiva era otra persona, o personita, que no era yo. Quizás en lo que más se veía era en el exterior. Hagamos un repaso, de arriba a abajo: el moño se había convertido en mi peinado más recurrido (un peinado que siempre había asociado a personas mayores), y ni siquiera me esmeraba en ponérmelo más o menos mono.

Empecé a usarlo porque el bebé se agarraba y se llevaba el cabello a su boca, después porque era lo más rápido, porque no podía ni recordar la última vez que me lo había lavado y finalmente porque ni me paraba en pensar la imagen desaliñada que me daba el pelo recogido. Es que me daba igual. ¿Cómo me iba a preocupar cómo peinarme si mi preocupación era que se me caía el pelo a manojos?

 

 

Después la cara. Nunca antes había tenido ojeras, ni en las épocas más duras de estudio ni con más carga de trabajo. Ahora eran esas compañeras que nunca te dejan. Unido a que el maquillaje había abandonado mi vida, y que mis rutinas de cuidado facial se habían convertido en agua y listo. Se puede decir que mi ex colega podía no haberme ni reconocido.

Lo de la ropa… Preparas mil cosas antes de la llegada del bebé y te lees otras mil sobre lactancia materna, sin embargo… ¿por qué nadie me dijo que mi ropa no volvería a ser la misma durante mucho, mucho tiempo? Más allá de «llévate un camisón al hospital preparado para dar el pecho y ten un par de sujetadores de lactancia». Todo lo demás me lo fui encontrando.

 

 

Evidentemente pasas a usar otra talla, usas prácticamente solo materiales de algodón (preferentemente camisas para facilitar la apertura…) y pijamas desparejados de por vida. Aún hoy no consigo que no se me manche la parte de arriba casi a diario.

El exterior es un claro reflejo del interior

Todo lo que mostraba el espejo era consecuencia de que me había centrado tanto en criar que me había olvidado de mí. Al principio crees que es lo normal (y quizás pueda serlo), después te excusas en eso porque es la única forma que tienes de sobrevivir al terremoto que ha sacudido tu día a día… y después se convierte en una forma de vida.

Si queda plátano, no te lo comes por si le apetece más que la pera que quiso ayer; si pides en un bar una comida, escoges la que puedas compartir con ella; si haces un helado, es del sabor que le gusta a la peque… Crees que así eres mejor madre, o no, pero lo haces. Y se va perpetuando en tu vida.

 

 

De repente llega un día que sientes que te han robado tu vida, que no te reconoces o no te reconocen. Nadie nos roba la vida, la vamos entregando en pequeñas decisiones que creemos inocentes. ¿Si también me gusta la sandía, qué importa que no me tome el plátano? Importa.

Te puedes tomar el plátano o ir a comprar más plátanos, pero si no lo haces vas perdiendo parte de ti, parte importante, porque por un tiempo (no se sabe cuánto) los pequeños placeres de la vida puede que se conviertan en ese ratito en el bar y ese tartar de atún (que no quieres que ella se coma porque tiene mucho mercurio o porque pueda tener anisakis o por lo que sea) que te rememora tu luna de miel en Japón o ese pequeño restaurante al que te escapabas con tus amigas a brindar con lambrusco.

Cómo recuperarte a ti misma

Cuando nace un bebé, tienes que centrarte en él un 200% y no te tienes que sentir mal por eso. Todo lo contrario. En un primer momento, no hay mejor suerte que tener las condiciones adecuadas para poder dedicarte enteramente a él. La cuestión es el tiempo y el porcentaje de dedicación.

 

Cuando mamá no puede más

 

A lo mejor es un ejemplo muy recurrido, pero a mí me parece muy clarificador. En la sociedad actual está infravalorado ir al cuarto de baño sola. Hasta que una no es madre, no es consciente de lo que significa ese ratito de soledad y quizás en esos momentos son en los que necesitamos ir recuperándonos a nosotras mismas y volver a centrarnos en nosotras. Aquí los métodos que me sirvieron:

  • Nunca es bueno olvidarte de ti. La frase «el cuidador se tiene que cuidar para cuidar» es muy acertada en este sentido, pero yo voy más allá: la madre se tiene que mimar para mimar, tiene que ser feliz para transmitir felicidad, debe tener un rato de esparcimiento y relax para recuperar fuerzas que pierde por dos, incluso debe buscar tiempo para desahogarse, llorar, venirse abajo, sin tener que hacer un papel porque tiene a su bebé delante. Y de aquí sale el segundo punto.
  • Delegar es fundamental. No, al principio no somos superwoman (yo creo que después sí) y necesitamos ayuda. Tenemos que aprender a pedirla si no nos la ofrecen. Sí, sería más bonito no tener que reclamarla; pero si no llega, hay que hacerlo. Y no hablo del reparto de las tareas (que también), hablo de momentos para centrarnos en nosotras, para alejarnos del bebé.
  • Oblígate a disfrutar. No hablo de grandes hazañas, sino de alegrarse de las pequeñas metas alcanzadas. Si consigues un rato para pasear sola, sonríe y no tengas sentimiento de culpa. Si aparece una amiga por la puerta, no pienses en cómo tienes la casa, sino en recuperar un poco de normalidad con vuestra charla. Si tu pareja está durmiendo al bebé, no pienses en que contigo se dormiría antes, mejor aprovecha para hacer algo que llevas tiempo con ganas de hacer, aunque sea leer dos páginas de ese libro que abandonaste en la mesilla.
  • Establece rutinas. Intenta crear pequeñas acciones que te faciliten tu cuidado (como poner la crema hidratante al lado de la mesilla de noche, junto a la cuna, para facilitar el ponértelo), intenta meter en el horario familiar un tiempo (una hora o diez minutos) solo para ti. Intenta ducharte a diario (aunque creamos que no es importante la imagen del espejo, siempre que no es escogida, afecta anímicamente).
  • Date algún capricho. Todo no pueden ser responsabilidades, todo no puede ser dar. Tómate esos bombones, cómprate ese libro o date ese paseo que necesitas. Es bueno para ti. Y si lo es para ti, también lo es para tu bebé.

 

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Tú decides. Tú decides cuánto y cuándo. No te sientas obligada ni a reír todo el tiempo, ni a tenerte que maquillarte porque otras madres con niños más pequeños lo hacen, o de volver a esas rutinas de antes que ahora no te compensan o no te apetecen. Tú tienes la última palabra. Y recuerda: entre nada y todo, el abanico de porcentajes es muy amplio… Lo importante es ir aumentando poco a poco el tiempo que te dedicas a ti misma. Lo que nunca es es una opción, es olvidarte de ti.

 

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