Cinco consejos para ser madre feminista y rebelde

La maternidad es uno de los escenarios donde las mujeres somos más juzgadas

¿Se puede ser combinar feminismo y maternidad? No solo se puede, sino que es una perspectiva desde la que debemos reivindicar todos aquellos escenarios donde la mujer continúa sin encontrar igualdad.

Feminismo y maternidad

Para combinar feminismo y maternidad, tenemos que exigir corresponsabilidad, eliminar la culpa por no llegar a ciertos ideales asociados a la maternidad y soltar lastre de prejuicios, luchar por un parto respetado y una lactancia informada y libremente elegida.

También reivindicar ayudas, terminar con tabúes y sobre todo, derribar los mitos y estereotipos que han girado siempre en torno a una maternidad dulcificada que socialmente se ha idealizado.

 

 

La maternidad es uno de los escenarios donde las mujeres somos más juzgadas y criticadas. Somos juzgadas tanto si queremos tener hijos, como si no. Si decidimos no dar el pecho, o si lo damos por encima o por debajo del tiempo que se considera adecuado. También si queremos conciliar trabajo y maternidad, si pedimos una reducción de jornada o una excedencia. Y somos, asimismo, juzgadas tanto si queremos un parto natural como si preferimos epidural. También si nos quedamos embarazadas muy jóvenes o muy mayores. Juzgadas, siempre.

Consejos para ser madre feminista y rebelde

Ocurre, incluso, que podemos no encontrar corresponsabilidad y que además de cargar con la mayoría de lo que la maternidad y la crianza implica así como la carga mental asociada, somos permanentemente juzgadas. Es por ello que, sin duda, ser madre feminista es algo natural y necesario para continuar trabajando por la igualdad y visibilizar todo lo que queda aún por hacer, también en este ámbito.

 

 

El feminismo no es algo que se aprenda como si fuera un temario de oposiciones ni que aparece de repente. Requiere estudio y reflexión, cuanto más lees y más te formas en feminismo, más cuenta te das de que hemos normalizado situaciones que representan una clara desigualdad. Pasan desapercibidas y continúan perpetuando una situación de desigualdad.

Ayuda no, corresponsabilidad

Ojo, es es importante aclararlo, porque parece que aún no tenemos claro. En la actualidad, ya hemos entendido que los padres no ayudan, sino que colaboran compartiendo su parte la crianza y el cuidado de los hijos y del hogar, pero ¿cómo se reparten esas tareas?

Sigue existiendo una desigualdad evidente. Normalmente, los padres se encargan de las actividades de carácter lúdico con los hijos-as como ir al parque, dar un paseo, ir al cine, jugar o leer cuentos. Y el resto de tareas, las que tienen un carácter «obligatorio» y más logístico, son para nosotras. Las madres son las que compran la ropa o el calzado cuando se les queda pequeño a los peques, acuden al médico y están al tanto del calendario de vacunación, llevan el control de las revisiones en el pediatra, los deberes…

 

 

La corresponsabilidad nunca va a existir mientras no haya un reparto equitativo de la crianza. Y mientras llega, seremos las madres las que tengamos que renunciar a parte de nuestra parcela personal. La sociedad sigue normalizando esta situación y se continuarán manteniendo una crisis de cuidados que nos impida trabajar y teletrabajar, promocionarnos dentro de las empresas, estudiar y formarnos. Tanto las instituciones públicas como las empresas privadas deben atender esta realidad y facilitarnos un camino en el que avanzar.

Los partos son nuestros

La violencia obstétrica continúa siendo una forma de violencia machista que a menudo se olvida cuando se habla de violencia contra la mujer. En muchas ocasiones, las mujeres se encuentran frente a un parto donde son ellas las que se ponen a disposición de los profesionales, y no al revés. Nos han robado durante años los partos, disfrazándolo de mejoras y avances sanitarios que nos han relegado de protagonistas a meras espectadoras.

La violencia obstétrica es considerada aquella que se ejerce contra la mujer, su parto y su bebé; que trae consigo tanto dolor físico como emocional. Inducciones al parto injustificadas, episiotomías que se realizan únicamente por protocolo o cesáreas realizadas por una cuestión de tiempo y programación, sin razones médicas reales, la maniobra Kristeller o separar al bebé de la madre por protocolo, sin una necesidad médica, trato condescendiente cuando no agresivo, son algunos de estos signos de violencia.

 

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Como sociedad hemos olvidado que el parto no es una enfermedad sino un proceso natural donde se deben respetar los tiempos que tanto la madre como el bebé necesitan y, por supuesto, solo intervenir en caso de complicaciones. De forma excepcional y no protocolaria.

Reivindicar el parto como nuestro, elaborar un plan de parto que no se quede olvidado en un cajón, fomentar el piel con piel o respetar los tiempos son pequeños pasos que dan grandes resultados. Como bien dice Michael Odent, prestigioso obstetra defensor del parto natural: «para cambiar el mundo hay que cambiar primero la forma de nacer».

Desligarnos de la maternidad idealizada

Es probable que en algún momento, desde que te convertiste en madre e incluso antes de que tu hijo naciese, hayas sentido que la maternidad no es exactamente como te la contaron. Socialmente solo se habla de las cosas buenas, pero en el momento que se pone sobre la mesa lo dura que es realmente la maternidad, llegan las acusaciones: «desnaturalizada, mala madre».

 

 

Y no, no somos peores madres por no abarcar todo. Ni por sentirnos desbordadas. Por querer tener tu tiempo para realizar actividades que solo te impliquen a ti . No somos súper madres, un concepto que nos ahoga. La idealización de la maternidad trae consigo pesados sentimientos de culpa que cargamos en soledad por miedo al qué dirán o cómo se interpretarán nuestros sentimientos.

La maternidad es un camino maravilloso (pero también muy duro) que no tenemos que abordar con ninguna etiqueta de «supermamá». De hecho, ¿te has dado cuenta de que cuando los padres ejercen su paternidad son «padrazos»? Pero qué poquitas veces oímos la etiqueta «madraza».

La culpa es un lastre

Otro sentimiento que es también muy habitual en las madres es la culpa, que se materializa desde numerosos ángulos:

  • La culpa por no llegar a todo.
  • Por tener que llevar a nuestros hijos a la escuela infantil demasiado pronto.
  • Cuando renunciamos a nuestro trabajo para quedarnos en casa, o cuando nos incorporamos al trabajo separándonos de nuestras crías.
  • Culpa por no poder dar lactancia materna exclusiva los seis meses que la OMS recomienda como mínimo, porque los permisos solo contemplan cuatro meses de baja.
  • Por desear tiempo para nosotras (aunque pocas veces lo encontremos) bien sea leer un libro, darnos una ducha a solas y sin prisas, o tomar un café con las amigas.
  • Nos sentimos culpables por sentirnos solas, por ser «quejicas», por la soledad en la que nos vemos reflejadas y que nos impide disfrutar de nuestra maternidad de una forma plena.

Y es que la conciliación de la que las empresas hacen gala y con la que los políticos se colocan medallas, resulta que no existe. La conciliación son las madres. Y a menudo no solo sentimos culpa, sino que nos perdemos en la vorágine de unos tiempos y exigencias que no son reales.

 

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Pero la culpa no es tuya, es del sistema que se ha olvidado de acompañarnos y de protegernos. De darnos como madres el lugar que nos ocupa y facilitarnos las cosas en lugar de olvidarse de nosotras y dejarnos a la deriva de una maternidad que no está contemplada con medidas socioeconómicas reales. De un sistema que no valora los cuidados como aporte social.

Por una lactancia materna informada y libremente elegida

La lactancia materna ha sido un arma arrojadiza a lo ancho y largo del feminismo, y lo cierto es que la guerra creada en torno al tipo de alimentación por la que optamos para nuestros hijos, es una guerra inventada. Las etiquetas de buenas y malas madres adheridas a la leche materna o artificial es una forma estéril de enfrentarnos.

Información es lo que tenemos que perseguir y lo que realmente nos empodera. Solo ella nos permite optar por una u otra forma de alimentar a nuestros hijos e hijas, habiendo sido correctamente informadas de los beneficios de cada una de ellas para poder elegir de una forma consciente. Sin ser juzgadas ni señaladas.

 

 

La lactancia materna no es algo exclusivamente de las madres, sino una cuestión de salud pública. Y, por supuesto, también es corresponsabilidad de los padres. Hay un gran número de cosas que los padres pueden hacer mientras lactamos: recoger la casa, hacer comidas, ocuparse de los hermanos, ir a hacer la compra y un largo etcétera.

Si optamos por lactancia materna es vital que se realce la figura de asesora, para que ayude a la madre siempre que lo necesite y no tenga que pasar sola por los problemas que puedan presentarse, así como las situaciones difíciles que habrá que superar, como en el caso de luchar por mantener la lactancia tras la reincorporación laboral de la madre.

 

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Asimismo, es importante asistir a grupos de apoyo a la lactancia, donde se compartan experiencias, consejos y lazos de unión. En la Tribu CSC, por ejemplo, podéis contar tanto con asesoramiento experto como con el abrazo del grupo, familias que como vosotros comparten sus experiencias para apoyarse y enriquecerse mutuamente. El primer mes es gratuito y os da acceso a todos los cursos y seminarios de maternidad y crianza respetuosa de Criar con Sentido Común.

Es necesario también que podamos dar el pecho libremente donde nos apetezca y encontremos los recursos para prolongar la lactancia el tiempo que la mamá y el bebé necesiten. Porque el feminismo nunca estará reñido con la lactancia materna, la libertad de elegir es lo realmente reivindicativo.

Maternidad y feminismo: Tribu para cuidarnos

Pocas cosas son tan revolucionarias y feministas como el apoyo entre mujeres, la sororidad. Durante mucho tiempo, las mayores críticas hacia nosotras así como las más duras, han venido de otras mujeres. Azuzando la idea de la competitividad entre mujeres. Demos la vuelta a la tortilla, relacionemos feminismo con sororidad, busquemos el apoyo y la tribu para crecer juntas y crear comunidad, con respecto a la diferencia.

 

 

En la Tribu CSC encontramos un punto de encuentro que demuestra que la rivalidad comienza a quedar atrás. Donde las familias plantean dudas y encuentran un rincón seguro y libre de juicios para debatir, compartir experiencias y consultar expertas y expertos actualizados para vivir una maternidad y crianza que sean objeto de disfrute, y no de lastre.

En conclusión, feminismo y maternidad no son conceptos compatibles sino que además, ambos se necesitan y complementan. La maternidad libremente elegida es un papel más donde la mujer no debería encontrarse nunca sola. No debería tener que renunciar y, sobre todo, debería encontrar puertas abiertas, apoyo y corresponsabilidad. Y mientras todo esto llega, la educación en el seno de la familia será el mayor instrumento para caminar hacia una sociedad igualitaria. Igualitaria, de verdad.

 

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1 comentarios en "Cinco consejos para ser madre feminista y rebelde"

  1. Excelente contenido! Muy buena redactora!

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