¿Eres de pelvis estrecha o quizá todavía hay profesionales estrechos/as de mente?

Es inadmisible que se siga sosteniendo y actuando con mala praxis en la atención al parto aludiendo este motivo

Frases del tipo “es que soy estrecha de pelvis, ya me lo dijo –algún profesional sanitario- y por eso no pude parir vaginal”, “es que tu pelvis no vale para parir, por ahí no puede caber un bebé”… y otras más chirriantes si cabe, todavía se pueden escuchar a ginecólogos/as, médicos/as, matronas… Una cosa es que la pelvis estrecha sea un mito que todavía circule en nuestra cultura, pero que se siga sosteniendo y actuando con mala praxis en la atención al parto aludiendo ese motivo… es inconcebible.

¿Qué es la pelvis?

La pelvis es un conjunto de huesos, concretamente: dos huesos iliacos, el sacro y el coxis; están unidos por articulaciones que se considera que no tienen ningún movimiento (sinartrosis) y se le ha calificado como un “túnel” óseo rígido a nivel de la estructura humana.

 

 

Nada más lejos de la realidad: este pasadizo tiene una movilidad potencial increíble, sobre todo durante el parto, porque hay una hormona llamada relaxina que se encarga precisamente de relajar y suavizar las articulaciones aumentado aún más la movilidad de la pelvis.

Es cierto que hay diferentes tipos de pelvis. Por ejemplo, la de un hombre tiene una estructura que no favorecería el parto; en las mujeres la pelvis está preparada para que quepa un bebé a término, incluso aquellas formas de pelvis que, a nivel anatómico, podrían no ser favorecedoras (hay cuatro formas descritas), con movimientos libres o con movimientos concretos podrían permitir el paso de un bebé.

¿Cómo se mueve?

Siéntate en una silla, con los pies apoyados totalmente en el suelo y paralelos el uno al otro. Ahora mete cada mano debajo del culo con las palmas hacia arriba, buscando unos huesos del tamaño de un huevo (esos que cuando llevas mucho rato sentada en una silla dura te molestan).

 

 

Estas tocando los isquiones, mantén las manos ahí percibiendo qué pasa con ellos mientras mueves los pies; desliza los talones hacia afuera y hacia dentro… Hazlo varias veces: talones hacia fuera y los dedos de los pies hacia dentro y al revés, dedos mirando hacia fuera y talones juntos.

¿Notas ese movimientos en tus isquiones? ¡Y tan solo has realizado un pequeño cambio de posición de los pies! Imagina lo que se puede modificar ese canal moviendo las piernas, o bailando, o subiendo escaleras, etc. Todo profesional sanitario que atiende partos debe saber al dedillo cómo se mueve la pelvis, porque ese potencial de movilidad puede determinar que el nacimiento de un bebé culmine en vaginal o no.

¿Cómo vamos a saber si el bebé va a pasar o no?

Lo sabremos en el momento del parto, porque influyen los movimientos de la mamá y su pelvis y los del bebé y su cabecita, que también se va a modelando según va bajando. Así, en función de cómo esto se vaya produciendo, las pelvis aparentemente poco favorables (o mal llamadas «estrechas») pueden modelarse, el bebé adaptarse y tener un parto vaginal normal.

 

 

El movimiento libre es básico, cada parturienta debe poder disfrutar del libre albedrío para moverse a su antojo (es un derecho). Además, hay ocasiones en las que la matrona, con ese conocimiento de la movilidad pélvica, puede sugerir posturas concretas a la mujer para mejorar las condiciones del parto. Un ejemplo claro es la maniobra de Gaskin (una sabia matrona norteamericana), que se usa en situaciones de urgencia, para propiciar una apertura máxima de la parte inferior de la pelvis.

 

 

Estrechez mental

Si alguien sugiere que tu pelvis es estrecha… plantéate la falta de actualización de ese profesional. Antaño se ideó una forma de medir: la pelvimetría, siguiendo en la línea de que la pelvis es un canal rígido. Desafortunadamente, aún se usa a veces, aunque se ha demostrado que no es para nada determinante para valorar si el parto vaginal es posible o no.

Por otro lado, si un parto se asiste en base a las recomendaciones internacionales de la OMS y por matronas, la tasa de partos normales es mucho más alta que la de las últimas décadas, cuando el parto se medicalizó cada vez más: mujeres tumbadas “atadas” a un monitor, medicación para acelerar el parto, y un largo etcétera que prodigó partos largos, fórceps y ventosas y altas tasas cesáreas… aludiendo después un “es que este bebé no cabe por esa pelvis”.

 

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La culpabilidad

No solo me molesta que se pierda salud de mujeres y niños/as por intervenciones obsoletas, lo que más me entristece es que queda un poso de culpabilidad en las mujeres, más o menos intenso, pero ahí está. Algunas son capaces de poder hablar de ello y encontrar quien escuche su duelo por ese parto que no han tenido; pero otras son incluso menospreciadas con frases del tipo “pero lo importante es que tu bebé está bien”, que no hacen más que agrandar esa herida.

Sí, una herida emocional que se hace al no haber tenido el parto que estaba grabado en tu instinto, que, involuntariamente, desea la mayoría de mujeres y cuando no se produce deja una herida que tarda más en curar que la propia cicatriz del abdomen o el periné, incluso aunque la intervención estuviera plenamente justificada, así que imagina si además se intuye violencia obstétrica en la atención…

 

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La información es poder

Lo sé, no solo es necesario que las familias estén informadas, todavía quedan muchas cosas por cambiar en la atención del parto. Lo que propicia la información es poder, capacidad para tomar decisiones basadas en la evidencia. Ahora si oyes algo de “pelvis estrecha”, ya tienes datos para refutarlo y buscar otras opciones. Y, por supuesto, si esta información te llega a posteriori… puede que haya una herida para curar, pero hay profesionales que pueden ayudarte con ello. Como los que te esperamos en la Tribu CSC.

 

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