¿Existe la madre perfecta?

La presión sociocultural, la maternidad idealizada, la autoexigencia y las altas expectativas nos hacen caer en la trampa de querer alcanzar un ideal que no existe

Haz la prueba. Teclea en cualquier buscador de internet la frase «modelo de madre + psicología», y de pronto aparece una ristra de artículos con títulos tan peregrinos como «¿cuál de estos cinco tipos de madres eres»; «18 consejos básicos para ser una buena madre» o el concepto de «madre tóxica». Si solo pones «modelos de madre» directamente aparecen un montón de imágenes de mujeres hermosas, modelos y (entiendo que) madres. ¿Buscamos ser la madre perfecta?

¿Existe la madre perfecta?

Es curioso porque a todas las presiones a las que, por lo general, nos vemos acotadas las mujeres por el simple hecho de serlo, se le suma la misma presión cuando tenemos hijos (o cuando no los tenemos, porque tengo amigas que han decidido no serlo y también se sienten juzgadas).

¿Existe la madre perfecta? Pues yo sinceramente creo que no; de igual manera que no existe el padre perfecto, ni el hijo/a ni el abuelo/a, tío/a o amigo/a. Somos personas, con nuestras virtudes y defectos. Y ya está.

 

¿Existe la madre perfecta?

 

Lo del concepto de «perfección» siempre me ha dado un poco de vértigo; porque ¿quién decide quién o qué es perfecto?, ¿nosotras, los demás? A mi hija mayor (7 años) le he preguntado esta mañana: «¿quién es perfecto?» y me ha respondido: «tú». ¡No sé si dentro de 10 años me responderá lo mismo!

La madre simbólica

No es más que el concepto que hemos heredado como seres sociales. Responde a un arquetipo cultural que se transmite de generación en generación y que se queda en el inconsciente colectivo. Se le asocian conceptos como la sabiduría, la bondad, la protección, el cuidado… Es la imagen que tenemos de lo que es (o debería) ser una madre perfecta. Para los católicos, la Virgen María o la Madre Teresa de Calcuta; para los ecologistas, la Madre Tierra; para los nacionalistas, la Madre Patria…

Claro, y si una se compara con la Virgen… apaga y vámonos. Ahí empieza la pesadilla de la madre perfecta. Porque socialmente se supone que debemos ser entregadas, bondadosas, sacrificarnos; y si le sumamos el materialismo: monísimas, delgadísimas… Siempre perfectas, sonrientes y felices. En la era de la imagen feliz, las madres somos presa fáciles de caer en la depresión y la ansiedad.

 

 

Afortunadamente cada vez somos más las mujeres que huimos de esa presión social y que rehuimos cumplir el arquetipo simplemente porque es imposible ser todo eso, todo el tiempo. En el equipo de la Tribu hay profesionales maravillosas que, además de ser especialistas y estar muy actualizadas, son madres, y hablar con ellas ayuda mucho a la hora de desempolvarse toda esa presión.

La madre imaginaria

Antes de quedarme embarazada no me imaginaba como madre. No pensaba en ello. Sin embargo, cuando el test dio positivo, mi mente voló. Es entonces cuando te imaginas mil y una situaciones. Al principio piensas en el bebé: cómo será, a quién se parecerá, qué personalidad tendrá… Luego, te visualizas como mamá. Y ahí empieza el vértigo.

Fantaseamos con ser un tipo de madre que se corresponda con lo que nos han enseñado que ha de ser una madre. Nos imaginamos felices siempre, con una sonrisa en la cara todo el tiempo, para que nuestro bebé se sienta igual que nosotras cuando éramos pequeñitas (al menos en mi caso, que mi madre representaba lo más importante de mi vida).

 

¿Existe la madre perfecta?

 

En esa visión personal e íntima, fantaseamos con todas las cosas que seremos y todas las que no repetiremos de nuestras madres (y las que sí); sin comprender, a veces, que nuestra maternidad y nuestra forma de criar tiene que ser la nuestra, porque ni somos nuestra madre ni nuestros hijos son nosotras.

Y en esa madre imaginada e idealizada, que es una mezcla de lo que socialmente hemos aprendido y las ilusiones que nosotras nos creamos, surgen tantas expectativas que después la realidad se encarga de desmontar nuestro mundo ideal.

La madre idealizada

Y después está cómo nos ven ellos. Y si lo pensamos nos podemos marear más aún: la que todo lo puede, la persona fuerte que siempre está presente, a la que pueden acudir porque les resolverá su malestar. Pero es lógico que piensen así, porque el vínculo con nosotras es algo innato, es una cuestión primaria.

 

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De hecho, el recién nacido no es consciente de que es una sola persona. Al principio nosotras y ellos somos una unidad. Por eso es tan importante desarrollar un apego seguro con los bebés.

Ellos no son conscientes, evidentemente, pero esa necesidad de que seamos fuertes, todopoderosas… también nos genera presión. No por ellos, que nos aman; sino por nosotras mismas, ya que el nivel de autoexigencia puede hacernos sufrir mucho.

De pronto queremos cumplir todas las expectativas y ser esa figura protectora que todo lo arregla. Una persona, que, sin embargo, se siente culpable cuando se siente triste, sola o necesita un ratito en soledad, sin bebés, ni parejas, ni nadie que le dé consejos que no ha pedido.

La madre que realmente soy

Recuerdo que cuando nació mi primera hija (la que cree que soy perfecta – las otras, por lo visto también -) además de todas las sensaciones encontradas (amor, felicidad, desconcierto, malestar por el posparto…) me acosaba la sensación de que cualquier cosa que hiciera (que hiciéramos) sería determinante para la vida de mi hija cuando fuera adulta.

El vínculo entre madre e hijo es fundamental porque sienta las bases de la persona que luego seremos; así que sentía remordimientos si tardaba un poco más en atenderla o si no conseguía que se durmiera a antes de las once de la noche. Sí, sentía culpa y una losa llamada responsabilidad. Responsabilidad por cuanto cualquier error que yo cometiera podría ser definitivo.

 

¿Existe la madre perfecta?

 

Afortunadamente, esa sensación se fue relajando a medida que crecía y la veía feliz. La veo feliz, igual que a sus hermanas. Nosotros, sus padres, tratamos de hacerlo lo mejor posible y puedo asegurar que en mi caso haremos todo lo que esté en nuestra mano para que las tres sean personas seguras, se sientan comprendidas y puedan desarrollar su vida con normalidad.

Pero esta vida no será fruto únicamente de lo que nosotros les hemos enseñado y querido, sino que será un conjunto de muchas más experiencias y muchas personas (familia, amigos, maestros…) y situaciones. En todas, trataremos de darles la mano.

 

¿A quién quieres más: a mamá o a papá?

 

«¿Quién es perfecto? Tú», insisto en su frase. Y ahora comprendo que soy perfecta para ella porque soy su madre, porque la quiero y porque nuestro vínculo es fuerte y seguro; porque aunque cometo errores a diario, aprendemos juntas y solucionamos los roces con comunicación, comprensión y amor.

Muchas personas cercanas me dicen a veces que soy una madre «estupenda» porque valoran la capacidad multitarea que tengo (que tenemos) y la relación con las peques. No existe la madre perfecta. Yo, desde luego, no lo soy; pero sí soy la madre perfecta para mis hijas. Perfectamente imperfecta y «suficientemente buena» (como diría el pediatra y psicoanalista inglés Donald Woods Winnicott).

 

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