Depresión posparto: cuando a mamá le acompaña «el perro negro»

La importancia del entorno directo cuando más sola te sientes

Hace años que llegó a mi vida el perro negro y como suele pasar con las enfermedades mentales, no lo vi venir y se fue transformando en multitud de síntomas físicos a pesar de mi juventud.

Apenas había cumplido 21 años cuando mi médica me puso encima de la mesa la realidad de un diagnóstico desgarrador: “tienes una depresión, tranquila, vamos a empezar con estas pastillas y podría irte bien la ayuda de un psicólogo”. Tranquila no estaba, supongo que porque yo misma me juzgaba por no sentirme bien a pesar de tener una buena vida.

 

 

Superé esa fase, aunque con el tratamiento farmacológico durante varios años, y de nuevo apareció más grande aún aquel perro negro aplastando con determinación mis ilusiones.

Desde la perspectiva del que está deprimido, a veces siento que mucha gente no se puede imaginar por qué nos quedamos parados, inmóviles mientras la vida gira en torno a nosotros, esperando a que todo se acabe o planeando cómo terminar con semejante vacío…

 

 

Es como si estuvieras hueca, solo una piel recubriendo una tristeza infinita, un cascarón por encima tratando de esconder la mierda que notas dentro, esforzándote porque ese caparazón encubra lo que realmente sientes y buscando la soledad que hace que te hundas más y más.

Mi familia y pareja estaban conmigo, algunas amistades también, conscientes o no de mi problema; no quiero imaginarme qué hubiera sido aquello sin ellos… y con la ayuda añadida de otras pastillas, un psiquiatra claro y conciso y una psicóloga ayudándome a encontrar mis propias herramientas salí a flote y recuperé mis ganas de vivir.

Ya entonces aparecía la idea de ser madre… no mucho después me quedé embarazada de mi primer hijo y me juré que mis hijos jamás me verían así.

La maternidad

Ya estaba alerta, sobre todo tras nacer mi primer hijo, sabía que vendrían las sombras, ya había tenido, ante mí, madres viviendo su puerperio y era consciente de lo delicado del momento. Me cuidé, me cuidaron, hubo momentos duros en la crianza, falta de sueño, inseguridades… vaya, lo que hay siempre que llega un nuevo miembro a la familia.

 

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Mis luces brillaron más alejando al perro negro, también cuando nació el segundo. Siento que cuando di a luz nació en mí una fuerza tremenda, un coraje que no había sentido antes, una energía que resuena en cada célula tan necesaria para poder atravesar la infancia de mis hijos.

La profecía cumplida

Y con tanta luz también me cegué yo, me olvidé de mí, me esforcé por esconder debajo del caparazón toda la oscuridad que crecía dentro de mí, intenté taparlo con todo lo que podía, mostrándome más activa y sonriente si cabe…

“Mis hijos jamás me verán así”. Repetía este mantra en mi mente sin ser capaz de reconocer que ellos ya lo estaban viendo pero sin entender qué me pasaba. Yo misma me sentía a veces una bruja ausente de paciencia con ellos, una institutriz exigente o un alma en pena triste y llorona culpabilizándome por todo lo que salía mal.

 

 

Si es duro sentirse vacía, no puedo expresar cómo es no tener ganas de vivir mientras les miras, cuando te perdonan todo, cuando te susurran “mamá, eres la mejor madre del mundo” y solo quieres huir, desaparecer de allí porque te persigue, martilleando, un pensamiento de que quizá estarían mejor sin ti.

Tocar fondo

A veces hay que tocar muy abajo para darse cuenta de que necesitas ayuda, de que hay que parar, de que esa costra que has construido sobre ti solo sirve para aumentar el sufrimiento. Pero hace falta que alguien colabore para romperla, hace falta exponerse a decir estoy mal, necesito ayuda… y dejarte ayudar, aun cuando desde el fondo se ve todo muy oscuro, por culpa del perro negro, que te aplasta impasible.

Otra vez pastillas, otra vez psiquiatra, otra vez a remontar una ladera empinada y larga… y la vergüenza azotando aún con más ímpetu, pero con la suerte de tener a mi alrededor a mi pareja, mis hijos, mi familia y amigos sosteniéndome mientras tanto.

Pierna rota y rehabilitación

“Tienes la pierna rota, piénsalo así, necesitas un tiempo para que suelde y otro para rehabilitarla”. Racionalmente lo tengo claro; y si ante mí tengo una persona con depresión, mi sensibilidad se dispara para aceptar, entender y respetar su proceso, pero no soy tan asertiva conmigo misma.

 

 

Hoy mientras escribo, intento liberarme un poco de mi sensación de culpa y vergüenza; sé que no soy la única, sé que ahí fuera muchas personas tendrán perros negros, grandes y pequeños a su lado, y nadie deberíamos avergonzarnos de ello.

Mi rehabilitación sigue, y parte de esto conlleva que quiero cuidarme y aceptarme. Espero que mis palabras puedan ayudar a alguien también a conseguirlo.

La depresión y los niños

Mis hijos saben que tengo una depresión, a través del vídeo del perro negro se lo expliqué un día. Es fascinante cómo los niños aceptan y comprenden con una naturalidad tremenda lo que ocurre. Ahora he aprendido a reconocer que es positivo que lo sepan, que vean mis flaquezas y mi lucha.

Ahora son mis grandes entrenadores para motivarme, hablamos de cómo nos sentimos los cuatro en casa y buscamos maneras para mejorar nuestro bienestar. ¡Qué grandes maestros son los niños!

Cuidarse

Ser madre y padre desgasta, das de ti tanto por ellos que a veces te olvidas de ti misma/o… mantengo que dar es básico para nuestras criaturas: el amor incondicional desde que están en el vientre materno, la protección durante la exterogestación, el soporte en su desarrollo y la presencia según van creciendo.

 

 

Al principio casi no hay tiempo para una misma, pero poco a poco las cosas cambian y podemos recuperar ese rato de lectura, esa ducha un poco más larga o, simplemente, darte un poco de crema en el cuerpo despacio y disfrutando; no lo olvides, cuídate y cuidaos en pareja sentándoos a hablar mientras os miráis a los ojos para compartir vuestros sentimientos. 

Ser madre o padre no significa que vayas a terminar con un cuadro ansioso-depresivo. Creo que hay etapas que no estamos del todo bien mientras criamos, pero lo importante es darse cuenta y buscar apoyos y ayuda, si ves que más que un bache puede ser realmente una enfermedad.

Mira a tus retoños y siente ese poder que generan en tu interior, esa motivación que nos hace luchar contra viento y marea, porque la vida es eso, un viaje sin rumbo para disfrutar de cada destino, de cada momento, dándote la mano con los que quieres caminando hacia el horizonte.

 

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