Perdona, cariño, porque esperaba demasiado de ti

Damos demasiadas órdenes a los hijos, y les dejamos poco espacio para que decidan por sí mismos

Lo siento, cariño. Mira que he oído veces la frase «Nuestros hijos, nuestros maestros», y hasta ahora no me he dado cuenta de que en esta relación no solo tú aprendes, sino también yo.

Perdona por no ser justo

Tengo que pedirte perdón, porque últimamente te he estado comparando con otros peques y he pensado que ya deberías hacer más caso, ser más obediente, más autónoma y más independiente, sin ser consciente de que no eres tan mayor, y que en realidad, te estoy exigiendo demasiado.

Solo eres una niña, y a veces creo que ya te he explicado muchas veces ciertas cosas, que ya las deberías haber aprendido y que deberías ser capaz de no caer de nuevo en los mismos errores, o repetir lo que te he pedido que no hagas: «¿Otra vez?, ¡pero si ya se lo expliqué el otro día! ¿No me entiende? ¿O es que no me quiere entender?».

 

 

Y yo mismo me tengo que responder: Ni la una, ni la otra. Porque sí, claro que algo entiendes, porque en el momento eres capaz de darme la razón e incluso hacerme saber que a la próxima no lo volverás a hacer, pero tengo que asumir que, por tu edad, poco rato lo vas a retener

Mañana volverás a hacer lo que hoy te pedí que no hicieras, probablemente porque aún no tienes claro cuál puede ser la alternativa, o quizás porque, ciertamente, no recuerdas lo que te dije o te pedí. Es más, quizás lo repitas porque, en realidad, la norma no te parezca tan lógica al fin y al cabo, o porque eres tan humana como lo somos todos, que cometemos los mismos errores una y otra vez.

 

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Por ponerte un ejemplo, no conozco a nadie que no aparque en zonas donde no se puede aparcar. Y eso que en la señal lo pone bien clarito. Pero «oye, que es un momento de nada», piensan. Y lo dejan ese momento de nada haciendo aquello que no pueden hacer. ¿Por qué no vas a pensar tú que solo es un momento, pese a que yo te haya pedido que no lo vuelvas a hacer?

Así que estas reflexiones me llevan a darme cuenta de que más vale que me espabile yo como padre, para no acabar siendo un problema para ti y tu desarrollo.

Nuestros hijos, nuestros maestros

Llevas poco tiempo en este mundo, tan poco como años tienes, y podría decirse que el primero no cuenta, porque apenas eras consciente de tu propia existencia. Eso quiere decir que estoy pretendiendo que sepas cómo funciona una sociedad tan compleja como la nuestra, y que comprendas las normas de fuera y dentro de casa, en tan solo dos o tres años. ¡Pero hay personas de mi edad que se saltan las normas a diario, incluso las que se marcan ellas mismas!

 

 

Pero digo más: tu cerebro crece a una velocidad impresionante, y jamás aprenderás a la misma velocidad que ahora. Por eso te mueves tanto, por eso necesitas tocarlo todo, por eso quieres experimentar, por eso repites tus aciertos y repites tus errores, porque estás investigando, probando, aprendiendo. Ningún investigador o científico logra su cometido a la primera. Detrás de cada gran éxito hay cientos de fracasos anteriores. ¿Y yo te estoy exigiendo que no te equivoques?

Es más, ¿te estoy pidiendo que seas obediente y me hagas caso? Sí, claro… en algunas cosas importantes tienes que obedecer sí o sí: no jugamos con cuchillos, no se abren las ventanas (bueno, ahora es imposible que la abras porque he puesto seguros), no se pega y para cruzar la carretera me tienes que dar la mano.

Para todo esto me tienes que obedecer, aunque no estés de acuerdo, pero para la mayoría de cosas no. No me obedezcas, por favor, hazlo porque creas que debes hacerlo así. Y ya me encargaré yo de darte menos órdenes. Porque a nadie le gusta recibirlas, ni cumplirlas.

 

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Nos gusta que nos inviten a la reflexión, que nos den opciones, y que se confíe en nuestro criterio a la hora de escoger. Y nos equivocaremos o acertaremos, pero será nuestra decisión. Y del resultado, aprenderemos. Si erramos, será nuestro error. Si acertamos, nuestro triunfo. Y ambas cosas nos harán crecer.

Y ese es uno de los problemas de la educación actual, y un problema mío hacia ti, cariño. Los mayores damos demasiadas órdenes a los niños, y dejamos a los hijos poco espacio y poco margen para que decidáis y acertéis, o bien os equivoquéis.

Y de esos intentos, y esos «experimentos infantiles» vendrán muchos de mis «No». Y lo siento también, por esos días en que lo digo demasiado. Porque educar bien no es decir que no muchas veces, sino saber cuándo decirlo, y cuándo no. Y muchas veces abuso de ello. Supongo que por eso se suele decir que es más fácil decir «puedes saltar en el suelo, si quieres», que decir «no saltes en el sofá». Sobre todo para ti, porque no te niego saltar… solo te digo dónde puedes hacerlo.

 

 

Es más, abusar del no es ponerme trampas a mí mismo, porque creo que con decirte que no es suficiente, pero no soy consciente de que cada vez que yo te digo «no», tu cerebro dice: «¿Por qué NO?», naciendo en ti la curiosidad innata de quien necesita dar respuesta ya a esa pregunta: «Vale, no, ¿pero por qué no? Voy a descubrirlo».

¿Que cómo lo sé? Pues porque los mayores también lo hacemos. Cuando nos dicen que no podemos hacer algo, aparece la tentación de hacerlo, para descubrir qué pasa. Siempre que me dicen «No piense en una jirafa», acabo pensando en una jirafa. Y si alguien me dijera «No mire hacia atrás», lo más probable es que me girara para saber por qué no debo mirar hacia atrás.

Así que soy yo, cariño, quien a menudo cree que solo con la palabra ya te estoy educando, cuando el mejor modo de educar a nuestros hijos es en realidad con el ejemplo, estando a tu lado, asociándolo al diálogo y a la paciencia infinita.

 

 

Serás niña muchos más años de los que a menudo esperamos los adultos, y la culpa no es tuya. Es nuestra, que hemos creado una sociedad en la que solo vales cuando produces y consumes, y parece que mientras eres niño solo interesa que crezcas rápido, para que empieces a consumir, y en cuanto sea posible, a producir… y mientras tanto, no molestes mucho a los mayores, que tienen que producir y consumir.

Así que, de nuevo, lo siento, hija mía. Voy a intentar ayudarte a descubrir por qué los no, son no, y te voy a acompañar para que descubras por ti misma, siempre que sea posible, cuáles son los sí.

 

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