¿Sabías que tu bebé tiene más de 5 sentidos?

El papel de los sentidos en el desarrollo de nuestro bebé: Descubriendo la integración sensorial

Siempre nos han enseñado que los sentidos son cinco: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Y no nos cabe la menor duda de la importancia que juegan en el crecimiento y desarrollo de nuestros bebés.

El papel de los cinco sentidos en el desarrollo del bebé

Nada más nacer, una de las pruebas que se le hacen al bebé es comprobar que escucha perfectamente. El olfato y el gusto le permiten reconocer a mamá y alimentarse del pecho, también mantenerse tranquilo en la silla del coche o en la cuna un ratito si dejamos junto a él una camiseta usada que huele a mamá.

El tacto quizá sea de los más precoces en desarrollarse, y es la primera forma de comunicación que tiene nuestro bebé con nosotros. Y por fin, alrededor del primer mes, la vista empieza a funcionar de manera más efectiva y nuestro bebé clava sus ojos en nosotros.

 

 

Nuestros bebés son, en esencia, seres sensoriales. Pero a parte de estos cinco, tenemos más sentidos. Dos o tres más.

El sexto, séptimo y octavo sentido del bebé

¿Cómo calmáis a vuestro bebé cuando llora? Generalmente meciéndole o moviéndole en el carrito. A veces también funciona envolverlos bien apretaditos y pegados a nosotros o un masaje. En estas conductas entran en juego otros dos sentidos, el vestibular, que tiene que ver con el movimiento; y el propioceptivo, que nos permite tener conciencia de nuestro cuerpo, sus límites, mover una parte del mismo con respecto al resto.

Pero hay uno más, quizá menos evidente (por menos conocido) que el resto, pero también importantísimo y especialmente en nuestros bebés más pequeñitos, el sentido interoceptivo. Este octavo sentido es el encargado de indicarnos cuando tenemos hambre o estamos saciados, cuando tenemos sueño o ganas de ir al baño. ¿No es justo esto lo que mueve a nuestros pequeños?

 

 

Su primera ocupación nada más nacer es aprender a regular los ciclos de sueño y vigilia intercalados con periodos frecuentes de alimentación, que poco a poco se van espaciando… Cuando estas funciones fisiológicas van madurando, es cuando pueden empezar a estar preparados para relacionarse con nosotros y con el mundo que les rodea.

La integración sensorial

En el desarrollo típico, tanto la información sensorial que rodea al niño como la que procede de su propio cuerpo, es recibida por el sistema nervioso central a través de los sentidos. Allí se integra y ajusta para producir una respuesta más o menos adecuada a lo que el entorno le demanda.

Por ejemplo, pensemos en un bebé de seis meses y medio al que se le empieza a ofrecer la alimentación complementaria, cuantísima información sensorial nueva recibe y tiene que aprender a gestionar: primero, de sus músculos y articulaciones recibe la información adecuada para controlar su postura sentado y coordinar sus manos para coger y llevar a la boca el alimento; la sensación de hambre y, además, la cantidad de colores, olores, sabores y texturas nuevas que por primera vez llegan a su boca.

 

 

Al principio la respuesta puede ser una cara algo extraña o una arcada pero, poco a poco, el placer de tocar, estrujar, jugar y probar la comida es esa respuesta ajustada que se espera que nuestro pequeño logre. Esto sería el proceso de integración sensorial, y ocurre en todos los ámbitos del desarrollo de nuestro pequeño y lo vemos manifestándose en sus conductas a lo largo del día a día.

Si el entorno en el que crece el bebé es rico en estímulos adecuados, y le aporta seguridad o calma cuando la necesita, a través de nuestros brazos e interacciones con él; y estímulos táctiles, de movimiento, oportunidades para conocer su cuerpo y explorar a placer todo lo que le rodea, hay muchas posibilidades de que el desarrollo sensoriomotor de nuestro bebé sea adecuado, armónico, de manera que le permita relacionarse con el entorno que le rodea de una manera ajustada a cada situación y circunstancia.

 

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No obstante, hay ocasiones en que esto no ocurre de manera natural, y es entonces cuando observamos algunos comportamientos en nuestros pequeños que nos resultan peculiares y, a veces, por lo mal que lo pasan ellos, pueden llegar a preocuparnos. Y la verdad es que muchas veces dificultan enormemente el día a día.

Señales a las que debemos estar atentos y prestar atención

Nos encontramos con peques que no toleran comer alimentos sólidos (o solo comen unos cuantos, contados, y rechazan probar nada nuevo), el corte de uñas suele ser muy dificultoso, quizá también el corte de pelo; el lavado de dientes no les agrada; el baño puede darles miedo, y lloran y lloran cuando toca lavar el pelo.

No les gusta tocar cosas que les manchan las manos, son miedosos a la hora de moverse y posiblemente no les ha gustado estar boca abajo y puede que no hayan gateado. Pueden darles miedo los sonidos inesperados o incluso algunos cotidianos como el del sacador de pelo, batidora o lavadora. En muchas ocasiones les molesta determinado tipo de ropa, las etiquetas, estrenar zapatos, etc…

 

 

También podemos encontrarnos con bebés excesivamente irritables, que lloran inconsolablemente, otros que no saben cambiar de posición por sí mismos o utilizar los juguetes si no les enseñamos cómo hacerlo. Podemos tener problemas para controlar los esfínteres o conciliar el sueño. Los cambios de rutina inesperados pueden suponer un drama para algunos otros.

Esto son solo algunos comportamientos, quizá los más llamativos, que complican el día a día en casa o en el colegio. En muchísimas ocasiones, además de esto, vemos dificultades para prestar atención o para mantenerse en los juegos o actividades que tienen que hacer en cada momento (pero ¿cómo hacerlo, si todo lo que me rodea me da miedo o me molesta?).

 

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Cuando observamos que nuestro pequeño reúne varias de estas conductas, quizá podríamos preguntarnos si presenta alguna dificultad relacionada con el procesamiento de la información sensorial. Quizá no perciba o integre bien la información sensorial que le rodea o la que proviene de su cuerpo, porque le llega atenuada o, por el contrario, de manera muy intensa, tanto que le asusta o le genera angustia. De este modo, la respuesta que puede elaborar no es la esperada, si no que acaba siendo una respuesta de llanto o retirada.

¿Y esto por que ocurre?

Pues hay algunas circunstancias concretas como ser un bebé prematuro (la cantidad de estimulación relacionada con los cuidados médicos, muchas veces desagradable, que reciben en las unidades de neonatología cuando aún no están preparados para manejarla, es un factor de riesgo), haber tenido un crecimiento intrauterino retardado, tener alguna alteración del neurodesarrollo, especialmente un diagnóstico de trastorno del espectro del autismo (en este caso, hay hasta casi en un 90% de posibilidades de tener dificultades del procesamiento sensorial), haber vivido una situación de deprivación sensorial, como ocurre en niños que pasan por hospitalizaciones prolongadas o peques adoptados que no han estado en entornos muy enriquecedores.   

 

alimentación prematuro

 

Pero también puede ocurrirle a nuestro peque, y eso no significa que hayamos hecho algo mal acompañándolo en su desarrollo. Si somos capaces de detectar estas conductas, podemos ponernos manos a la obra para ayudarle a enfrentarse mejor a todos los retos que suponen para él, y para toda la familia, muchas de todas estas actividades cotidianas del día a día.

Un terapeuta ocupacional especializado en integración sensorial sería el profesional indicado para guiarnos en este proceso. Si os resulta interesante, podemos seguir hablando en próximos posts de cómo proponer espacios y actividades sensorialmente estimulantes y de algunas de estas dificultades relacionadas con el procesamiento sensorial que hemos ido esbozando. Si tenéis dudas, en la Tribu CSC contamos con especialistas actualizados que pueden apoyaros con pautas para aplicar en vuestra vida cotidiana.

 

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