La soledad en la pandemia

La soledad impregna esta pandemia. El miedo está ahí y nos incita a vivir a la defensiva, con desconfianza

Nos encontramos en casa, son tiempos raros y difíciles, los acontecimientos se suceden a una velocidad que no somos capaces de calibrar y pasamos de la rutina a una despedida temporal y un confinamiento prolongado. Se ha parado gran parte de la actividad debido al confinamiento por la pandemia, los niños miran los árboles desde las ventanas y los adultos tratamos de recomponer este rompecabezas que nos ha golpeado sin encontrarle el sentido: faltan piezas, eso lo intuimos; aun así, luchamos para otorgarle el máximo significado que esté en nuestras manos.

Pandemia y soledad

Lo que más me impacta de esta situación es la soledad, impregna esta pandemia y nos va dando coletazos a todos. Las personas afectadas gravemente se están marchando solas, sin contacto físico y visual con sus seres queridos ni tan siquiera con los sanitarios que las atienden. El miedo está ahí y nos incita a vivir a la defensiva, con desconfianza, mientras por detrás se agazapa la soledad que nos muerde a escondidas.

 

 

Mis hijas son afortunadas. Lo somos porque podemos asomarnos a un espacio al aire libre y que el sol nos roce o nos riegue ligeramente la lluvia de primavera en estos días atrás. Disfrutamos de un bonito paisaje y apreciamos la brisa marina. Las gaviotas se acercan más que nunca y aprovechamos para dejar migas a los gorriones que, al no sentirse amenazados por nuestra presencia, acuden juntos y escuchamos su murmullo por la ventana del baño.

Pero, a pesar de estos privilegios, no pueden correr, no pueden abrazar, reír, discutir o conversar con sus amigos. No pueden saltar y lo intentan a diario de manera contenida porque entienden que no es posible en la azotea, porque saben que su madre acabará saliendo a recordarles por enésima vez que deben parar.

 

 

Pero antes de esto, y de perder la paciencia, las observo a través de la persiana. Comienzan con gran responsabilidad, corriendo suavemente de puntillas o arrastrando sus pies, hasta que llega el torrente de emoción con el juego y con él las risas… Y ya no es posible… ¡Qué caro les está saliendo esto a los más pequeños!

La privacidad y las tecnologías

Soy una persona poco sociable, no me siento cómoda en grandes reuniones y elijo relacionarme a mi medida, por lo que el encierro no me pesa demasiado en este aspecto, aunque extraño pasear por el bosque y meter los pies en el mar. La tecnología me parece una herramienta valiosa que permite que la economía juegue a resistir y las familias se sientan más cerca.

A mí, que desde hace unos años hago un uso selectivo de las redes sociales e internet, me sobrepasa ahora. Los grupos de Whatsapp que se crean con un motivo concreto y común, se encuentran en ebullición con todo tipo de comentarios y noticias, llamadas incesantes, videollamadas en las que se captura un pedacito de tu espacio, fotos que compartimos para aportar tranquilidad, cariño y alegría, documentar que se avanza, que no damos el curso por finalizado ni estamos abandonadas al letargo…

 

 

Esa brecha en la privacidad del hogar me hace pensar hasta qué punto participo de esa realidad edulcorada que estamos mostrando, hasta qué punto permitimos el acceso a nuestra intimidad, cuando personas con las que no mantenemos un contacto real se cuelan en tu casa mediante un mensaje en un grupo común. Tal vez deba replantearme qué supone para mí un uso responsable de la tecnología y opte por retirarme un poco más, un nuevo paso atrás.

Pandemia, miedo e incertidumbre

Se habla poco de la enfermedad en el confinamiento, de los miles de afectados por la pandemia o los posibles afectados que no alcanzan la gravedad para ocupar una cama de hospital y transitan con el virus en la incertidumbre. La escasez de medios para garantizar test a la población que presenta síntomas, claramente compatibles, supone un desequilibrio familiar que no puede calcularse desde afuera.

No es la falta de asistencia, que es aceptable dado el caos y la saturación de los servicios, es no disponer de un diagnóstico, mientras las indicaciones son claras y estrictas en el entorno doméstico: aislamiento continuado. Y esto, sin una prueba que confirme lo que está sucediendo, es demoledor.

 

Coronavirus (COVID-19) Corona virus infectious disease symptoms include shortness of breath, chest p

 

Te sientes doblemente vulnerable, al margen de la preocupación por cómo evoluciona quien enferme, porque toda esta locura puede no acabar aquí y repetirse. El nivel de estrés va en aumento con las horas y la actividad en casa es tal que apenas deja espacio para tomar impulso. Así que asumes que debes vivir al día: hoy podemos continuar, pues sigamos.

La carga emocional en el confinamiento por la pandemia

Pero en este transcurso te vas rompiendo, rompiendo de verdad, y por momentos estás en tu versión más alterada. Te desbordas, no alcanzas a gestionar la carga emocional ni puedes continuar escarbando hacia dentro día y noche: los terrores nocturnos vuelven a asomar y se suman a tu dificultad para conciliar el sueño.

Y detrás de este torbellino: la angustia, la frustración, la impotencia y la culpabilidad, no hay refuerzo. No hay un abrazo, una caricia, una conversación, un relevo. Por supuesto, familiares y amigas te hacen llegar su apoyo incondicional…

Pero en la cercanía, en los momentos de explosión y en el impacto real de esto, ahí está el corazón de la soledad, el núcleo voraz al que me refiero, cuando crees no poder más y no hay eco. Te toca remendar tus propios retales.

 

 

Luego se cuela la calma y te sientes capaz de salvar este desastre e incluso sacarle provecho a las circunstancias de la pandemia. Dedicas ratos dorados a conversar y jugar con las niñas, a ayudarlas con sus tareas, las que ellas están escogiendo y en la medida que desean aprender y ampliar. Creamos cosas extrañas y desordenadas para estar en sintonía con esta etapa y bromeamos acerca de nuestras debilidades, riendo desde lo profundo.

Y te das cuenta de que nunca nadie te ha dicho tantas veces que te quiere. Me dejan mensajes de ánimo en pósits sobre el escritorio: “Eres la mejor, no lo olvides. I love you”, o escriben en el suelo con tiza “MAMA BONITA, TE CELO”. Desde luego esta etapa no la vamos a olvidar. Al menos, todavía acabamos el día con un cuento y tres pares de pies entrelazados.

 

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