Carta al entorno directo de una madre reciente

Leed esto antes de dar todos los consejos que tenéis pensados para ella y su bebé

Hola, mi nombre es Armando Bastida, soy enfermero de pediatría y tengo tres hijos. Soy padre y soy hijo. Y recuerdo muchas de las cosas que viví como hijo de manera consciente para poder repetirlas o evitarlas con mis hijos, o al menos intentarlo. Y digo intentarlo porque a menudo supone navegar contra corriente. Contra una corriente tan fuerte y constante que a menudo es agotadora y te hace flaquear. Una corriente en la que está gran parte de la sociedad, y gran parte del entorno directo de cada nueva madre y cada nuevo padre.

He dicho en el título «madre reciente» porque son ellas, las mujeres y madres, las que peor lo llevan y las que más están resistiendo los envites de una sociedad que quiere acabar con todo y con todos: con la familia, con los padres, con los hijos, y con las madres.

¿Que a qué me refiero? A la constante insatisfacción. A la dependencia. A ser personas siempre incompletas, necesitadas de los demás o de lo demás. A ser consumidores y productores a la vez. A ser esas personas que necesitan huir de sus tristes y lamentables realidades para comprar cosas que no necesitamos y vivir nuevas experiencias, aunque sean en forma de ocio enlatado, de viajes en entornos controlados donde nos muestren lo que queramos ver o peor, lo que queramos que los demás vean a través de filtros de Instagram e imágenes que enseñen lo felices que somos sin serlo, pero creyéndolo.

Nos quieren dóciles, cansados, con poca autoestima, sin fuerzas para luchar por nuestros derechos, presos del sistema y pensando más en el mañana y en el ayer que en el hoy. Nos quieren así, creyendo que somos libres sin serlo, inconscientes a una realidad que nos pasa delante de nuestra cara sin darnos cuenta. Y quieren que nuestros hijos sean igual; porque mientras así sea, mientras funcione el divide y vencerás, tendrán controladas a poblaciones enteras y podrán vendernos lo que se les antoje. Esa felicidad que solo se compra con dinero.

Así es como el sistema quiere acabar con las familias

Acabando con los padres

A los padres ya nos tenía anulados de hace mucho tiempo, porque con la constante devaluación de los cuidados generación tras generación, a los hombres nos ha apetecido siempre más proveer que cuidar; o como nos hacían creer: «Cuidar a través del dinero que traes a casa«.

Y nos sentíamos completos porque considerábamos que estábamos cambiando el mundo ofreciendo a nuestros hijos lo que nosotros no pudimos tener, pero sin ellos.  Lo siento mucho, papá… no puedes hacer un mundo mejor para tus hijos si ellos no te conocen, por más dinero que traigas a casa. Despierta.

Acabando con los bebés y niños

A los bebés y niños ya los tiene anulados porque son considerados ciudadanos de segunda. Ellos jamás levantarán la voz porque a las 16 semanas, quizás un poco más, ya pueden optar a formar parte del sistema. Basta con arrancarlos de los brazos que los protegen para hacerles saber, cuando aún no son conscientes ni de su propia existencia, cuáles son las reglas del juego: mamá y papá no van a darte lo que de verdad necesitas, porque no tienen tiempo. Tendrás que acostumbrarte a sufrir porque el mundo es así para todos. No tendría por qué serlo, pero lo es. Así que cuanto antes lo sepas, mejor, porque menos vas a sufrir.

 

 

Y eso que en teoría es bueno: sufrir por ver que nada es como debería, sufrir por querer cambiarlo, sufrir por llegar al mundo creyendo que puede ser un lugar mejor, es en realidad una debilidad a ojos de la sociedad, que no quiere que nadie sufra demasiado, no sea que le dé por intentar cambiar algo: «Cuanto antes te adaptes a una sociedad enferma, peque, mejor para ti. Y cuanto antes caigas en la ignorancia, mejor. Porque sí, se puede ser feliz también ignorando lo preso que uno es de su propia infelicidad».

Acabando con las madres

Las mujeres han podido resistir muchos años, pero tampoco ha servido de mucho porque han estado siempre silenciadas e invisibilizadas. Ellas han luchado por un mundo mejor a través de sus hijos, y les han dado todo el amor que han sabido y han podido. El que tenían para sus hijos y el que el resto de la sociedad les negaba. Y ahí se incluye el amor de papá, el amor de los abuelos, el amor de las profesoras y profesores, el amor de… eso que creemos que es amor pero que no es más que un amor interesado por el que se cuela el sistema para que el niño no sufra, haciéndolo infeliz.

Es posible que pronto no queden ni siquiera ellas, porque el sistema no deja de decirles que ser madre es un lastre para su vida social y laboral. Llevan años luchando para convencerlas de que aunque son ellas las que gestan, paren y amamantan, no tienen por qué cargar con su bebé porque eso la pone en situación de desigualdad (esa desigualdad creada por el mismo sistema). Que cuidar no es importante. Que eso lo puede hacer cualquiera. Que no cotiza socialmente. Es más: que es machista querer cuidar de sus hijos. «Querida mujer… hemos tardado años en cavar un agujero muy grande en el que meterte cuando tienes un bebé, y ahora es irremediable. Todas acabáis en ese agujero. Es genial ver cómo la sociedad, en vez de tapar el agujero, lucha por decirte que no seas tonta y salgas de él… aunque tu hijo se quede dentro».

Así, cuando acaben con la mujer-madre ya no quedará nadie que proteja a los hijos. Se sentirán mal, rotas, huérfanas de bebé al darlo tan pequeño a los abuelos o a las instituciones, pero toda la sociedad le dirá que esos sentimientos deben negarse cuanto antes, y lo llamarán igualdad y progreso. «Enhorabuena, mujer, porque ahora ya no cuidas de tus hijos y puedes dedicarte a lo importante. A producir y a consumir. A ser alguien a través de lo que generas y compras. Hasta que dejes de hacerlo. Entonces no le importarás nada a nadie, claro.»

Y para que no sufran, a las madres se les dirá que sus hijos están bien. Que hay investigaciones que dicen que donde más aprenden es en una escuela infantil. Que una madre no está preparada para aportar todos los estímulos que un niño necesita. Incluso que es muy positivo que a sus hijos los cuiden los abuelos porque así ellos también son más felices y viven más años. Los echarás de menos, pero aprenderás a no hacerlo y negar lo que dicen tus entrañas porque todos te dirán que están bien.

 

Permiso maternidad

 

Ah, y no nos olvidemos de los padres, necesarios para anularlas a ellas. No habría igualdad sin ellos, así que el sistema propone aumentar el tiempo de permiso para que ellos sientan que ya no son tan terribles como lo eran nuestros padres. «No me llames machista, y no digas de mí que solo traigo el dinero a casa, que he pasado las primeras semanas de vida de mi bebé a su lado, y hago muchas cosas en casa».

Es un paso adelante que enmascara el paso atrás de la maternidad. Y además, solo es un pasito en realidad. No es ni por asomo comparable a lo que las mujeres han hecho a lo largo de toda la historia. Ni es comparable a lo que en realidad un bebé necesita a su padre, que es mucho más que unas pocas semanas y mucho más que su dinero, sus bromas y todos esos regalos que le trae para demostrarle cuánto le quiere.

Te necesita cuidando, papá. Te necesita entero. Tu cuerpo, tu piel, tu presencia, tu calor, tu paciencia, tu tiempo… día tras día, mes tras mes, año tras año. Eso es lo importante y es lo que más te cuesta dar, porque a ti no te lo dieron. Tu padre no te lo dio y tu madre, como digo, hizo lo que pudo, demasiado sola.

Lo que una madre (y un padre) esperan de vosotros

Lo siento, porque la introducción ha sido más extensa de lo que esperaba, pero no podía decir lo siguiente sin poneros en antecedentes.

Sois el entorno directo de una mujer y de un hombre que acaban de tener un bebé (o quizás sean dos mujeres, o dos hombres, o una mujer sola, o…). De todos ellos quien más importa es ella, la madre gestante, porque está en el momento más complejo de su vida. Acaba de tener un bebé y tiene la oportunidad de hacerlo mejor, el deseo, la necesidad. Y le va a costar mucho si no dejáis de atormentarla como lo estáis haciendo.

Porque quiere a su bebé más que a nada, porque lo ama al sentirlo como una parte de su propio cuerpo, y porque merece poder hacerlo sin condiciones. Y os pasáis el día diciéndole, pidiéndole, que no lo haga.

El bebé la necesita como el aire que respira, y ella necesita a su bebé con la misma intensidad. Se necesitan el uno al otro de una manera totalmente animal, visceral, instintiva. El bebé necesita sentirse protegido y ella necesita saber que lo está protegiendo porque todo su cuerpo le lleva a ello. ¿Qué pasa si te acercas a una loba a intentar tocar a uno de sus cachorros? Nada bueno, seguro. Es lo mismo que pasa cuando alguien sujeta en brazos a un bebé humano. Son muchas las mujeres que sienten la necesidad imperiosa de recuperarlo cuanto antes, aun cuando sean perfectamente conscientes de que el bebé no corre ningún peligro.

Son muchas las ocasiones en que una mujer siente la necesidad de cuidar, calmar, atender al bebé y alguien le dice que no es necesario o peor, que debe reprimir ese instinto por el bien del bebé.

Convence a una mujer de que en realidad ella no es tan importante para su bebé y habrás instalado en ella la idea de que es prescindible en esa faceta tan ancestral, y en el bebé la semilla de la infelicidad: el principio de esa infancia plagada de carencias que hará de él uno más. Uno más del montón. Otro futuro productor y consumidor que será útil para el sistema mientras haga ambas cosas, o como mínimo una de ellas.

¿Es que no veis lo que estáis haciendo?

¿Lo veis? ¿Veis lo que estáis haciendo? ¿Os dais cuenta? Cada vez que le dices a una mujer que lo de dar el pecho está muy bien unos meses pero que no deje que la use de chupete, que tenga cuidado que luego es muy esclavo, y que lo que tiene el bebé es vicio. Cada vez que le dices a una mujer que lo tiene demasiado en brazos, y que debería dejarlo llorar un poco para que no dependa tanto de ella. Cada vez que vaticinas lo mal que lo va a pasar si lo sigue mimando de ese modo, haciendo de él un consentido que no sabrá relacionarse con nadie más. Cada vez que le pides que te lo deje un rato y se vaya, para que se vaya acostumbrando a estar sin ella, aunque llore. Cada vez que le dices que se nota que es primeriza porque a los bebés y a los niños hay que enseñarles pronto quién manda y deben saber que lo normal es amenazarles, premiarles y castigarles como quien educa a una mascota y no a un ser humano. Cada vez que le adviertes de que su hijo/a necesita estar con otros niños y sin ti, en un centro con educadoras que no le conocen. Y cada vez que le insistes en que vuelva a trabajar y entregue al bebé cuando todo su ser conspira en contra de esa idea. Cada vez que haces algo de todo esto la estás convenciendo de que lo que siente está mal y de que su bebé está mal.

 

 

Los niños llegan al mundo para ser felices y ser libres, y eso hace que sean capaces de solucionar el nuestro. Cada hijo, cada hija que nace, es una oportunidad. Nos traen un mensaje tan simple, que duele que no seamos capaces de verlo: «si me amas, aprenderé a amar».

Ellas lo comprenden. Mamá lo ve. Mamá lo sabe. Y todo el entorno, manejado por el sistema, envenenados todos desde que tenían pocos meses, luchan contra ello. Una y otra vez. Disfrazados de amigos, familiares, abuelos, e incluso, por desgracia, de la propia pareja.

«Quiérelo», nos dicen ellas a los hombres. «Quiérelo porque también es tu hijo. Quiérelo mucho, joder», suplican cuando ven que no nos estamos comprometiendo ni escuchando al bebé. Y es que muchos fallamos. A ellas y a nuestros hijos. Porque solas no pueden. Porque la culpa y el miedo a hacerlo mal son demasiado grandes y pesan demasiado. «Quiérelo si me quieres, porque mi hijo también soy yo… y si no eres capaz, al menos quiérelo a él».

Cada vez que alguien del entorno la animamos a no ser la madre que siente que debe ser ella se aleja más de su hijo. Y sus llantos y sus demandas se van transformando poco a poco en quejidos molestos. Y mamá empieza a sentir que su hijo no está bien. Y quizás a sentir el fracaso y la vergüenza de ver que ni eso es capaz de hacer, porque se despierta demasiado, que llora mucho, que le exige cosas que no debería… porque ella está cambiando a como se supone que debe ser, pero su bebé no.

Cuando convencemos a mamá, solo queda el bebé

Ya solo queda el tiempo que él aguante. El tiempo que resista. El tiempo antes de que ya no le quede nadie a quien quejarse. El tiempo antes de que se dé cuenta, siendo solo un bebé, que no merece el amor que creía necesitar. Ese amor que le iba a convertir en un ser capaz de amar sin condiciones a cualquiera. Ese amor que mueve montañas. Ese amor que te hace ser feliz por el mero hecho de existir. Feliz de ayudar a conocidos y desconocidos. Feliz de compartir. Feliz de formar parte de una sociedad que puede llegar a ser feliz. Feliz de trabajar para vivir, en vez de vivir para trabajar. Feliz de ser libre. Feliz de vivir siendo una persona consciente y libre.

 

 

Si habéis llegado hasta aquí, como hijo, como padre y como ciudadano de esta sociedad, solo os puedo pedir una cosa: no caigáis en el error de pensar que sabéis cómo hacer feliz a ese bebé, ni por supuesto os creáis capaces de dar un buen consejo a esa madre. Solo con escuchar a su bebé sabrá mucho mejor que todos nosotros, mucho mejor que tú, cómo cuidarlo.

Y quizás, con suerte, su pequeño, o su pequeña, tenga la oportunidad de aprender a amar a su madre, y viceversa, y a la vez a su padre, y viceversa, antes de que salga al mundo a darse cuenta de que todo gira en su contra, y de que todos estarán empeñados en decirle que su felicidad es irreal, porque la felicidad no viene de dentro, sino de fuera.

No os imagináis cuánto sufrirá (o sí, porque es eso precisamente lo que tratáis de evitar), pero es tanto el amor que llevará consigo, y que sabrá que tiene en casa, que tendrá muchas más posibilidades de mantener viva esa llama.

La llama que da calor a las personas amables, conscientes, honradas, empáticas, honestas, felices y libres. Que NO ES POCO.

 

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4 comentarios en "Carta al entorno directo de una madre reciente"

  1. Lourdes Tormo Sánchez7 mayo, 2019 a las 7:54 pmResponder

    Me ha emocionado mucho al leer tu carta Armando . Tengo un bebé de 8 meses y siento que él me dice en todo momento qué es lo que necesita y, siento igualmente que soy yo a la que en esta etapa de verdad necesita. Me siento mal cuando en algún momento del día las cosas o preocupaciones me alejan de él, aún teniéndolo cerca. Todo lo que dices para mí es así.

  2. Qué texto tan bonito. Me siento tantas veces sola, discutiendo con mi pareja o con mi madre, mi suegra… intentando que entiendan y sin saber cómo explicarles que el instinto me dice lo que es mejor… me hacen sentirme ridícula. Y lo peor es que sé que esto repercute en el peque. Es un alivio ver que hay un hombre (por lo menos uno!) que es capaz de comprender ese hilo invisible y avisar que debería cuidarse. Da ánimos para seguir. Gracias!

  3. Me siento totalmente identificada con esa madre loba cuyo instinto no es otro que proteger a sus cachorros. Tengo un bebé de 10 días y no me gusta que nadie lo coja en brazos. Pues la única obsesión de todo el mundo es cogerle y yo accedo y me siento fatal y no pienso en otra cosa que en recuperarlo. Y lo que más me sorprende son los comentarios que provienen de otras madres: suelta a ese crío que no le haces ningún bien. Cómo alguien se puede plantear eso, sólo por el puro egoísmo de intentar aspirar la esencia pura, el amor que emana un bebé?
    Después de leer tu artículo, lo tengo aún más claro. No hay nada más animal ni mas salvaje que una madre protegiendo a su hijo. Escucharé más a mi cuerpo y menos la voz de est sociedad que ha olvidado de dónde viene…
    Gracias!

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