La vida en pantalla

"Confío en una nueva forma de educar, para no ceder nuestra intimidad a lo público desde la infancia, con la consecuente valoración o comentarios por parte del resto"

Comenzaré con sinceridad: paso gran parte de mi tiempo en casa pendiente del móvil. ¿Por qué? Eso trato de desmarañar. Que las tecnologías suponen una gran aportación a la vida familiar para mí no es cuestionable. En el balance positivo/negativo, me inclino por su uso. Lo difícil es fijar el límite en lo que sería adecuado respecto a las pantallas.

Existen estudios adaptados por franja de edad en cuanto a tiempo recomendado de exposición y contenidos a las pantallas, y encuentro importante interesarse por este asunto porque puede ayudarnos a establecer ciertas rutinas y revisar costumbres.

Pero, ¿cómo manejamos la situación cuando las pantallas son a la vez son herramientas de comunicación, estudio, trabajo, entretenimiento, compras, etc.?

Al final, son muchas horas dependiendo por un motivo u otro. Y eso, claramente, se percibe en casa. Es difícil educar en el uso responsable cuando nuestra mirada está fija en una pantalla o tratamos de sacar varias cosas a la vez para ganar tiempo. Aunque esté compaginando trabajo o actividades importantes con su cuidado, sé que ellas aprecian dónde estoy fijando mi atención y, obviamente, solicitan hacer lo mismo.

Por mucho que hablemos del tema, por más pautas que establezcamos respecto al uso de pantallas, su interés y excitación por disponer de un rato de juego es superior. Su insistencia, grande. Y sus argumentos, cada vez, más difíciles de rebatir.

 

 

Es un tema complejo y se ha visto agravado por la pandemia, hemos tenido que recurrir a tiempo extra de pantallas para poder trabajar sin tanta interrupción, con todas sus consecuencias. Reconozco que me ha resultado desbordante. ¡Son tantos factores y tan difícil orquestarlos!, para que unas reglas funcionen deben consensuarse y que todas las personas implicadas estén dispuestas a contribuir y respetar lo pactado. En la práctica, ya se sabe, los planes no suelen salir como se esperaba.

Otro aspecto que me inquieta es la inmediatez que va ligada al uso y consumo de información online. Su percepción del entorno se rige por esta disponibilidad y noto que se impacientan si algo no se cumple en el momento de la demanda o si no logran lo esperado a la primera. No sé cómo será en otros hogares, pero a mí me basta con permanecer atenta a cómo reaccionan cuando se enfadan durante una partida o, yo misma, cuando se bloquea el móvil en un momento clave.

Es cierto, a veces todo se reduce a consultar en Google, pero podemos contemplar que existen otros medios, que conviene cultivar el esfuerzo y que no todo lo que encontramos en la red es válido por estar ahí. Esta inmediatez y el aceptar contenidos sin reflexión se acaba extendiendo a otros ámbitos y considero que aumenta el estrés. Hay cosas que llevan su tiempo, las personas tenemos ritmos propios y siento que, cada vez más por disponer de más recursos, nos empujamos a llegar a todo, a llegar rápido y a llegar bien.

 

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Cómo nos relacionamos a través de las tecnologías

Últimamente presto atención a cómo nos relacionamos con la tecnología, en especial ahora que la interacción se va humanizando, como ocurre con Alexa. La primera alarma saltó al percatarme del tono en el que se le solicita algo, que suele ser rotundo y con imperativos, empezando porque el registro de nuestra voz va guiando con este tipo de frases.

Sé que se trata de una máquina, pero en el núcleo familiar no podemos desligarnos de lo que otros expresan y nos vamos cargando de esa exigencia. Noté que me molestaba hasta reaccionar mal y, esa revisión propia, me ha hecho cuestionar el modo de emplear esta herramienta, que reúne el satisfacer una petición, cuando no una orden, con la inmediatez… una complicada combinación.

Mi propuesta ha sido solicitar las cosas por favor y dar las gracias, como lo haríamos al conversar. Aunque no atienda a este tipo de formalismos ni le afecte lo que digamos ni cómo lo digamos. En cambio, para la convivencia lo encuentro mucho más amable al oído y quiero pensar que contribuyo en su forma de relacionarse fuera de casa cuando tengan peticiones.

 

 

Con esto he afianzado mi título de friki, que asumo con orgullo, y nos ha dado motivo de risas y mucha broma. En cualquier caso, está funcionando. Entiendo que toda acción nos define y, en un contexto cada vez más tecnológico, esta interacción acabará repercutiendo en el modo de relacionarnos fuera, con iguales.

También reflexiono acerca de la exposición que asumimos con los móviles tan a mano y en cómo estará condicionando nuestra imagen, actitud e identidad. Es un tema que me incomoda, la verdad, porque siento que pierdo libertad. No me refiero a redes sociales, en las que doy por hecho que no se comparten imágenes sin consultar, sino a que cualquier situación propicia la fotografía y estas se comparten rápido en grupos cercanos. 

Desde hace años voy revisando esto en casa y cuando quiero hacerles una foto trato de indicárselo. Si se la robo, porque el momento me parece especial y se perdería la esencia, se la enseño y deciden si quieren conservarla o la eliminamos. Por supuesto, también deciden qué contenido se comparte y con quién, siempre dentro de lo que consideramos aceptable. Y lo cierto es que, desde que comencé a preguntar, la mayoría de las veces prefieren no compartir, de ahí la importancia de respetar su espacio y decisiones.

Una nueva forma de educar en el uso de pantallas

Hay instantes que escapan a nuestro control, por eso confío en una nueva forma de educar, para no ceder nuestra intimidad a lo público desde la infancia, con la consecuente valoración o comentarios por parte del resto. He llegado hasta este punto después de pasar por varias fases que, hoy, no repetiría. Y voy asumiendo que la naturalidad se acabará reduciendo cada vez más y tendremos que aprender a solicitar y negar ciertos permisos cuando no nos sintamos a gusto, porque esto ha venido para quedarse.

 

 

Asumo también que el cambio que pretendo debe partir de mí misma, que hasta que no haga la propuesta en firme de modificar ciertos hábitos la imagen que estoy transmitiendo no siempre es acorde a lo que defiendo e impongo. Si reviso el uso de las pantallas que hace mi pareja, ante la mirada de las niñas, probablemente tampoco me parezca adecuado. Y así, todo va sumando en esta carrera para mantenernos actualizados sin ceder a la despersonalización, porque hay que admitirlo, por mucho que nos esforcemos, para las nuevas generaciones no estaremos a la altura.

Desarrollan un uso de las tecnologías y del lenguaje asociado que nos deja atrás. Mi responsabilidad, por el momento, pasa por tratar de conocer y revisar estas prácticas, tratar de respetar su intimidad y garantizarles un entorno lo más seguro posible. No es tarea fácil, pero merece la pena implicarse.

 

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