La maternidad silenciada: Visibilizar lo que nunca debió estar en la sombra

Uno de los principales motivos por los que las mujeres son discriminadas en el ámbito laboral es la maternidad

Cada vez más madres deportistas y profesionales de otros ámbitos visibilizan la maternidad amamantando a sus bebés en público, mientras otras se ven obligadas a defender su maternidad silenciada en tribunales. 

La maternidad silenciada

Ayer, la capitana del equipo español de natación sincronizada, Ona Carbonell, compartió en sus redes sociales la noticia de que está grabando un documental sobre cómo combina la maternidad con su pasión: la natación sincronizada. En las fotos de su publicación de instagram aparece dando el pecho en un avión y en unas instalaciones deportivas.

 

 

Hace unos días, publicábamos en nuestro blog una entrada sobre Antonella González, jugadora profesional de baloncesto que amamantaba a su hija durante un partido de la liga argentina. También María Castro, actriz española, comparte publicaciones en sus redes sobre su maternidad y comparte imágenes en las que amamanta a su hija en camerinos y distintos espacios. 

 

 

Cada vez son más las mujeres que, desde una posición pública, dan visibilidad a la maternidad y a la lactancia materna. Seguro que hay quien piensa: “Bueno, sí, son madres, y ¿qué?”. Ser madre y compaginarlo con una carrera profesional, ya sea deportiva, artística, o de cualquier otro ámbito, no debería ser noticia.

Sin embargo, por desgracia, esto contrasta con otras noticias como la que leíamos hace unos días sobre la jugadora de voleibol italiana Lara Lugli, despedida por el club en el que jugaba en el momento en que comunicó que estaba embarazada.

 

 

Ver esta publicación en Instagram

 

Una publicación compartida de Lara Lugli (@laralu01)

 

Esta noticia reabrió el debate sobre las cláusulas anti embarazo. En España, para despedir a una mujer embarazada (o con reducción de jornada por cuidado de un menor), la empresa debe aportar una causa que justifique la decisión empresarial. En caso de existir un contrato indefinido, la empresa deberá demostrar cuestiones económicas, técnicas, organizativas o de producción, para justificar el despido de una mujer embarazada.

A diferencia de cualquier otro caso, en el que la empresa puede despedir cuando quiera a un trabajador abonando la indemnización correspondiente, en el caso de las mujeres embarazadas la ley establece mecanismos de protección para evitar despidos improcedentes. En caso contrario el despido podrá ser declarado nulo

 

 

Aún sigue habiendo quienes defienden que este tipo de leyes, consideradas de discriminación positiva, no deberían existir puesto que ofrecer una protección extra a las mujeres en determinados ámbitos, como el laboral, supone considerarlas inferiores, ofrecerles una ayuda que no necesitan puesto que las empresas deben contratar o despedir a personas en función de sus capacidades, sin tener en cuenta el género. Sin embargo, por desgracia, la inferioridad que sufrimos las mujeres no está relacionada con nuestras capacidades sino con la igualdad de oportunidades.

Las estadísticas nos dicen que los porcentajes de mujeres que finalizan estudios superiores no se corresponden, ni de lejos, con los porcentajes de mujeres que alcanzan puestos de responsabilidad y poder en el ámbito laboral. Y uno de los principales motivos por los que las mujeres son discriminadas en el ámbito laboral es la maternidad.

Habrá quien piense que si no hay más mujeres en las altas esferas es porque no quieren o porque no eran la persona más cualificada, pero basta sacar el tema en cualquier foro para que salgan de debajo de las piedras testimonios de mujeres que iban a ser ascendidas pero fueron relegadas de dicho ascenso cuando se quedaron embarazadas; o de mujeres a las que iban a hacer un contrato indefinido porque la empresa estaba encantada con su desempeño pero, casualmente, al conocer que se había quedado embarazada, decidieron no renovar el contrato temporal y dar por finalizada la relación laboral. Cerrar los ojos a esta realidad no hace que desaparezca la discriminación laboral de la mujer; nos convierte, por el contrario, en parte del engranaje silencioso que sigue relegando a las madres al ámbito privado del hogar

 

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Por eso, aunque lo que todas estas mujeres visibilizan debería ser normal, en realidad, no lo es. Otra prueba clamorosa de ello son las cláusulas anti embarazo que se siguen redactando en los contratos de algunas deportistas.

En el caso de la jugadora de voleibol Lara Lugli, según se recoge en la noticia publicada por El País, el club la demandó por daños y perjuicios, acusándola de “haber violado la buena fe contractual” al “ocultar su posible deseo de quedar embarazada” cuando se firmó el fichaje puesto que la jugadora “ya tenía 38 años”. La desfachatez de estas palabras no sé si será constitutiva de delito pero es, a todas luces, absolutamente deleznable y reprobable.

 

© Lara Lugli Facebook

 

No solamente admiten, de manera implícita, que no la habrían contratado en caso de conocer sus deseos de ser madre, sino que se permiten cuestionar a qué edad puede ser madre una mujer y a partir de qué edad, ya no debería serlo. Todo un derroche de argumentos machistas y discriminaciones contra la mujer que se permiten expresar públicamente porque el sistema social en el que vivimos les ampara

La hiperexigencia que se cierne sobre las madres 

Porque a las mujeres se nos “exige” socialmente que seamos madres. Si una mujer, superada la treintena, no tiene descendencia, comienza a recibir preguntas sobre sus intenciones con respecto a la maternidad. Cuando no, directamente, juicios de valor. “Se te va a pasar el arroz”, nos dicen. Como si en lugar de tener ovarios tuviéramos una placa de inducción. Sin tener en cuenta que, en ocasiones, detrás de esa no-maternidad puede haber una mujer que lleva meses intentando quedarse embarazada sin conseguirlo; o incluso sometiéndose a tratamientos de fertilidad sin obtener resultados. Sin pensar en el dolor que esas palabras pueden ocasionar.

Sin tener en cuenta que el momento de ser madre está condicionado, muchas veces, por motivos ajenos al deseo o la fertilidad; que, a veces, las condiciones laborales o económicas condicionan el momento en el que tomamos esa decisión. Sin respetar que la maternidad es solo una opción para las mujeres, no una obligación. Porque si te atreves a expresar públicamente que no tienes intención de ser madre, ahí ya sí que llega el juicio sumarísimo.

Desde considerarte “egoísta” hasta la infantilización que supone cuestionar una decisión adulta porque “ya cambiarás de idea cuando se te despierte el instinto”; pasando por “cuando seas mayor vas a estar muy sola”, como si quienes tenemos hijos lo hiciéramos para garantizarnos la compañía en la vejez. Eso sí, se nos exige que seamos madres pero sin que se note en el resto de facetas de nuestras vidas.

 

 

El nivel de presión que soportamos las madres es enorme. Primero se nos “invita” a la maternidad porque es lo que se espera de una mujer joven en edad fértil. Y, a continuación, se espera de nosotras que sigamos con nuestras vidas como si nada hubiera pasado. Que volvamos al trabajo con las tetas llenas de leche y el dolor de separarnos de manera forzosa de nuestro bebé, y continuemos con nuestra labor profesional como si nada hubiera cambiado. Que sigamos cuidando nuestra figura, nuestra relación de pareja, nuestras relaciones sociales… Como si la maternidad no te ocupara la mayoría del tiempo y tu vida no hubiera sufrido una transformación trascendental.

La maternidad está teñida de un halo de entrega que llega a invisibilizar a la mujer que sigue estando ahí, junto a la madre que acaba de nacer. Es importante ofrecer espacios donde cada mujer, a su ritmo y a su manera, pueda encontrar el equilibrio para disfrutar de su maternidad sin renunciar al resto de facetas de su vida. Pero silenciar la maternidad y pretender que sigamos con nuestras vidas como si nada hubiera cambiado no es el camino.

 

 

Porque detrás de cada mujer que decide dejar de trabajar un tiempo para cuidar a sus hijos, está la valentía de asumir los riesgos que implica para su desarrollo profesional y personal. Porque detrás de cada mujer que se ve forzada por diversas circunstancias a volver al trabajo sin desearlo, está el dolor de renunciar a la maternidad que les habría gustado vivir. Porque detrás de cada mujer que decide volver a trabajar y seguir creciendo profesionalmente, está la presión social de tener que dar el 100% en todos los ámbitos de su vida cuando está viviendo una de las experiencias vitales que más dedicación exige. Porque cuidar de un bebé es un trabajo a tiempo completo

La invisibilización de los cuidados

Y detrás de todo este engranaje está un tema mucho más profundo y complejo. Los cuidados son considerados como algo secundario. La infancia no es tenida en cuenta. El machismo es estructural pero, al menos, cada vez un sector más amplio de la sociedad toma conciencia de él. Sin embargo, el adultismo sigue siendo invisible a los ojos de la mayoría. Las necesidades de las niñas y los niños no importan, no son tenidas en cuenta. Se consideran ciudadanos/as de segunda.

En un sistema profundamente capitalista, la infancia pareciera ser un mero trámite incómodo para llegar a la etapa en que somos capaces de producir. Los cuidados, en general, no sólo los de la infancia, no disfrutan del reconocimiento social ni del valor que merecen. Por eso, la “moda” de las campañas se visibilización de la maternidad son tan importantes. Porque como decía Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”, a menudo, “lo esencial es invisible a los ojos”. 

 

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