Niñofobia: ¿has hecho las paces con tu propia infancia?

Cuando la causa de la niñofobia es una infancia infeliz, hay heridas emocionales y cuestiones no resueltas del pasado

Por desgracia, la niñofobia se extiende por España y, a medida que crecen los establecimientos donde prohíben la entrada a menores (hoteles, restaurantes, cruceros, bares…) aumenta la hostilidad social hacia los niños. Basta echar una mirada alrededor para darse cuenta de que se les excluye de locales y actividades, incluso aunque estos no cuelguen específicamente el cartel de “prohibido niños”.

 

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Niñofobia, padresfobia e infancias infelices

Niños corriendo entre las sillas de un restaurante y camareros a punto de chocar con pequeñajos que se les cruzan a toda velocidad entre las piernas, niños «llorones» o «gritones» y con rabietas sentados en la mesa de al lado de la nuestra… ¿A quién no le suena esa escena? Y, casi de forma inevitable, miradas hostiles, comentarios reprobatorios y actitudes despreciativas. También os suena, ¿a que sí? Son las armas del ataque pasivo-agresivo de los niñofóbicos.

La mayoría de ellos no sabe que, en realidad, sufren «padresfobia»: un fuerte sentimiento de rechazo hacia padres incapaces de «controlar» a sus hijos. Pero cuidado, porque aunque existen madres y padres extenuados y/o pasotas e irresponsables, la mayoría de las familias pasan auténticos apuros haciendo lo imposible por que sus niños y niñas “no molesten”… y ni por esas lo consiguen.

 

 

¿Qué hacemos entonces con esos niños? ¿Les encerramos en su casa hasta que sean adultos? ¿Impedimos a sus familias que viajen, coman en restaurantes, vayan al cine, duerman en hoteles o salgan a la calle? ¡Qué atrevimiento, qué osadía la de esos padres! ¡Atreverse a «sacar» a la calle a sus niños, sabiendo cómo son!

Y luego, hay situaciones y situaciones… Porque por muy molesto que pueda resultar el llanto ininterrumpido y desgarrador de un bebé en un vuelo de más de 10 horas, ¿qué se supone que conseguimos poniendo malas caras o quejándonos en voz alta para crear mayor sufrimiento a una madre o a un padre ya de por sí agobiados, angustiados y estresados?

 

 

Hay situaciones en las que hay niños muy pequeños que sufren. Pueden estar doloridos o tener miedo. Puede que para un adulto la causa sea una nimiedad, pero para ellos el mundo es aún un lugar desconocido… y en ocasiones tremendamente injusto y hostil. Aquí ya no hablamos de niños que se están portando “mal”. El llanto de un bebé debería causarnos preocupación y ternura, pero por lo visto, en bastantes personas lo que provoca es molestia, enfado e irritabilidad.

Vivimos en una sociedad hostil a los niños

Por desgracia, en una sociedad cada vez más hedonista e individualista, es casi imposible que no exista esta tendencia. Una sociedad que busca desesperadamente la manera de cumplir nuestros deseos en forma de demanda y oferta, ofrece cada vez más espacios «libres de niños» (de dudosa legalidad) para aquellos adultos que buscan un entorno tranquilo donde socializar con otros de su misma edad. Incluso ya son habituales las invitaciones «sin niños» a bodas y otras celebraciones y eventos, aunque este requisito deje fuera a buena parte de los miembros de la propia familia.

 

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Resta explicar que no querer tener niños o no sentir agrado hacia ellos, no convierte a nadie en mala persona. Eso es cuestión de gustos, preferencias, estilos de vida, principios y valores. Nada más. También es cierto que ciertos padres permisivos y negligentes “divinizan” a sus niños o caen en el pasotismo, y no se molestan en inculcarles los valores de respeto y convivencia. Dejan que los niños actúen a su antojo, sin un ápice de respeto por quienes están a su alrededor, mientras los papás se desentienden de la situación mirando sus teléfonos móviles, leyendo el periódico o charlando entre ellos.

Y claro que hay niños que se pasan de la raya. Y claro que hay padres que no llegan. Pero más allá de invitar a la reflexión a esos padres irresponsables e irrespetuosos (que no a sus hijos, que por algo son niños), invitamos a los niñofóbicos patológicos (aquellos que sienten auténtica fobia, pavor, hostilidad u odio hacia los niños) a revisar su propia infancia.

 

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Si esta fue infeliz, es muy probable que aquí se encuentre la causa de su niñofobia: en un pasado traumático no resuelto con el que hay que hacer las paces. Porque, al fin y al cabo, los niños también son el futuro. Y si no se es capaz de verlo así, es que hay que girar la mirada hacia el propio pasado. Habría que preguntarles si han conectado alguna vez con su niño interior y sanado sus heridas emocionales de la infancia.

A mí personalmente me molestan mucho más los gritos y comentarios intolerantes, sexistas, racistas o niñofóbicos por parte de algunos adultos inmaduros, que las carcajadas de un niño o el llanto de un bebé. Igual son los adultos maleducados e intolerantes quienes deberían quedarse en casa para que nada ni nadie les moleste.

Convivir en sociedad es ser empático, flexible y tolerante

Para que niños y adultos convivan en sociedad es necesario, por un lado, el compromiso de los padres para educar a nuestros hijos en el respeto, de forma que sepan vivir en comunidad. Por otro, el compromiso de los adultos de ser pacientes y empáticos con los niños, para que su infancia sea respetada y así todos ganemos como sociedad.

Una infancia feliz es el derecho de todo niño. Nuestro deber es preservarla.

 

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