Enseñar a relativizar, un valor clave para la felicidad

Te explicamos cómo enseñarles a relativizar para gestionar mejor sus emociones y buscar soluciones ante los conflictos

Enseñar a relativizar a los niños y niñas es importante, ya que durante la primera infancia sus emociones les desbordan. De la misma forma que viven la alegría de manera descomunal, derramar un poco de agua puede convertirse en fuente de un enorme berrinche.

A los peques les cuesta relativizar porque aún no controlan sus emociones. En el periodo comprendido entre los 0 y los 6 años, sobre todo, son pura emoción. Pueden estallar en un llanto incontrolado por algo tan simple como que un globo se pinche, y a veces es difícil calmarles.

 

 

Enseñar a relativizar también es enseñar a gestionar las emociones. Y para ello podemos utilizar una herramienta de la Disciplina Positiva que resulta enormemente útil en la crianza y educación: las preguntas de curiosidad.

Se trata de ir haciéndoles preguntas para que ellos mismos vayan razonando y comprendiendo la situación, calmando sus sensaciones inmediatas y recuperando el dominio y la capacidad de discurrir. Por ejemplo: ¿por qué crees que ha pasado eso?, ¿y cómo podemos evitarlo?, etc.

Las preguntas de curiosidad

Hacer preguntas y escuchar activamente, en lugar de dar explicaciones, favorece la comunicación asertiva. Además, ayuda a los niños y las niñas a sentir pertenencia e importancia. Las preguntas de curiosidad son un instrumento precioso que nos invita a atender a nuestros hijos, y a que ellos piensen y busquen respuestas y soluciones por sí mismos.

En su mayoría, pertenecemos a una generación en la que nuestros padres nos dijeron qué pasó, por qué pasó, cómo nos deberíamos sentir al respecto y lo que teníamos que hacer para solucionar cualquier conflicto. Sin embargo, si se lo damos todo hecho, impedimos que nuestros hijos reflexionen, sean capaces de sacar sus propias conclusiones y elaboren posibles soluciones o corrijan sus errores en el futuro.

 

 

Si preguntamos qué ha sucedido averiguamos su grado de conciencia sobre la responsabilidad que ha tenido (o no) en el suceso. Asimismo, también le enseñamos a identificar, expresar y gestionar sus emociones y a hacerse cargo de sus asuntos. Además, el no sentirse juzgado ni sermoneado; ni temer un futuro castigo, también favorece la comunicación y fortalece la confianza familiar.

Cómo enseñar a los niños a relativizar con la pregunta: «¿Es un problema grande o pequeño?»

No existe un guión predeterminado para las llamadas preguntas de curiosidad. Cada situación es diferente y cada niño también lo es, por eso lo mejor es actuar con naturalidad y hacerlas de la forma más respetuosa y espontánea posible.

Con nuestro hijo funcionó ser constantes en el planteamiento de las siguientes preguntas cada vez que se disgustaba por algo: ¿Este es un problema grande o pequeño? ¿Tiene solución? ¿Qué podemos hacer ahora? De esta forma, con sencillas preguntas que él era perfectamente capaz de entender, le fuimos enseñando a ser él mismo quien se plantease las cosas, se autorregulase emocionalmente y encontrase soluciones. En definitiva: a pensar por él mismo, relativizar, tener autocontrol y ser autónomo y resolutivo.

Evidentemente, hay que tener paciencia y constancia en el planteamiento, porque un niño de 2 o 3 años no va a conseguir autorregularse de la noche a la mañana. Pero sí, funciona. Como cualquier otro hábito, a base de repetición aprenden a adoptar una actitud serena frente a las contrariedades.

 

 

Poco a poco, ellas mismas comienzan a diferenciar entre los problemas grandes (que no tienen solución) y los pequeños (que sí que la tienen), y a no tomarse tan a la tremenda los primeros y a buscar soluciones o alternativas para los segundos.

Por ejemplo: no es tan tremendo disgusto derramar un vaso de agua en el suelo si saben que se puede coger un paño para secar el charco y volver a llenar el vaso. Si el problema es, en cambio, que el vaso se ha roto; sabrá que no tiene solución pero sí alternativa: reemplazar el vaso roto por otro nuevo y volver a llenarlo de agua.

¿Por qué saber relativizar nos hace más felices?

Saber relativizar y tolerar la frustración está muy relacionado con la capacidad de resiliencia, aquella por la cual las personas más capaces y felices son las que conservan la serenidad ante la adversidad y consiguen ajustarse a las circunstancias.

La capacidad de adaptación permite tolerar la frustración, lo cual es una habilidad de valor incalculable para la vida. Y acostumbrar a los peques a reflexionar sobre ello les ayuda a madurar y a convertirse en adultos sanos y felices.

 

dia crianza respetuosa

 

Enseñarles a considerar los errores como oportunidades de aprender y a buscar soluciones en lugar de entristecerse y lamentarse, también les ayuda a aceptar que en la vida hay cosas que podemos hacer, mejorar, conseguir… Y otras que son inevitables, por lo que hay que saber asumirlas.

Cuando un problema es pequeño, podemos solucionarlo casi de inmediato y no merece la pena lamentarnos, ni entristecernos o enfurecernos. En cambio, cuando un problema es grande, puede que nos cueste mucho más encontrar la solución o quizás, sencillamente, no exista.

El control de las emociones

Hacer una correcta gestión emocional no consiste en ignorar ni eliminar las emociones, sino en aceptarlas con naturalidad y dejarlas fluir para identificar y transitar por nuestros estados de ánimo. Esto nos permite autorregularnos para que nuestros sentimientos no nos desborden.

 

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Las preguntas de curiosidad son una buena herramienta de gestión de emociones, por cuanto aprenden a relajar la parte reptiliana de nuestro cerebro (la más emocional e impulsiva) y a reaccionar con serenidad frente a los obstáculos.

Así, aunque un vaso roto no tiene solución posible y es inevitable que acabe en la basura, no merece la pena lamentarse mucho por esto, por más que fuera nuestro vaso favorito. Siempre podemos usar otro o volver a buscar uno parecido.

Dar ejemplo: el mejor de los aprendizajes

Podéis probar y comenzar a utilizar esta pregunta en vuestras conversaciones con los peques a partir de los 3 añitos aproximadamente, cuando ya podemos dialogar con ellos porque han adquirido cierta capacidad de discernimiento y raciocinio, así como cierto control sobre el discurso oral y la expresión de emociones.

Siempre desde el respeto y con empatía, paciencia y tolerancia. De nuestro ejemplo depende todo su futuro comportamiento como adultos. Si nos ven perder los nervios ante situaciones cotidianas será justo ese el modelo que tomarán como referencia y aprenderán a resolver los conflictos malhumorándose, discutiendo o gritando.

 

 

En cambio, aprender a gestionar emociones «molestas» (pero igualmente válidas) como la ira, la tristeza o el enfado a través de sencillas preguntas de curiosidad, pondrá en sus manos una preciosa herramienta que les ayudará a ser autónomos y reflexivos y a mantener la calma ante cualquier situación que se les presente.

 

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