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El día que acabó mi lactancia (o no)

A veces es duro emocionalmente aceptar el destete cuando es el propio niño quien decide hasta cuándo

Creo que mi hijo se está destetando. Lo escribo así para que duela menos, pero en realidad creo que mi hijo se ha destetado.

Yo tuve claro desde el minuto cero que les daría el pecho a mis hijos. No fue fácil. Es más, llegado a este punto me permitiré decir que he conocido pocas lactancias más difíciles que las mías. No tuve abscesos, ni siquiera mastitis. Pero conseguir un buen agarre y que todo funcionara me costó meses en los dos casos.

Meses que me pasé encerrada en mi casa sin hacer otra cosa que dar el pecho y sacarme leche para suplementar. Literalmente. Sin tiempo casi de nada más que de sobrevivir. Admito ahora también, que llegué incluso hasta el punto de perder el norte y no disfrutar de lo que estaba haciendo.

Pero yo sabía que después de esa escalada a la montaña me esperaba la cima, la brisa en la cara, las vistas increíbles, la satisfacción del camino recorrido. Esos meses de «ya no me necesitas para alimentarte, pero aquí estamos los dos gozando de nuestro momento».

 

 

Esos días de estar malitos y no querer comer nada sólido pero pasaros las horas en la teta. Esos momentos de veros reír en la teta mientras se os salía la leche por la comisura de los labios. Esos momentos de no saber qué os pasaba pero tener claro que la solución era la teta.

Esas noches de no saber cuántas veces habíais mamado porque aprendí a seguir descansando mientras os servíais de mi barra libre. Ese poder de saberme sanadora, que ya quisiera el arnidol curar y aliviar como lo han hecho mis tetas. Esa tranquilidad de saber que en mi pecho encontrabais descanso y conciliabais el sueño.

Ese subidón de oxitocina encendiéndome el amor más indescriptible. Juro que nadie en el mundo se ha enamorado más que yo de vosotros mientras mamabais. Esas manitas acariciando mi piel. Esos ojitos mirándome como si el tiempo se detuviera en los míos.

 

 

Hace unas semanas me quité, para un evento, el collar que llevo siempre y olvidé volver a ponérmelo. Al día siguiente mi hijo me dijo con su media lengua «¿E collá etá? ¿A titao mamá? A poné shi» (¿El collar donde está? ¿Te lo has quitado, mamá? A poner, sí). Al principio pensé que era muy observador.

Ahora caigo en la cuenta de que nadie conoce mi escote mejor que él. ¡Cómo no iba a darse cuenta de que faltaba el collar, si ha pasado horas jugando a dibujar con sus pequeños dedos las constelaciones de lunares de mi pecho!

Cuando tu hermana dejó la teta lo hizo de a poquito. Ella es así, siempre lo ha sido. Se toma su tiempo para hacer las cosas, organiza los cambios para hacer el tránsito de una etapa a otra… me avisa de que está creciendo como si supiera que soy yo quien necesita tiempo para asumir que la vida me va arrancando de las manos vuestra infancia. En cambio tú lo has dejado de la noche a la mañana.

 

 

Una virasis que te impedía mamar porque te dolía la garganta, y de repente… Adiós virasis, adiós teta. No sé por qué me extraña que lo hayas hecho así, mi pequeño torbellino de vida. Tú, que decidiste nacer y viniste al mundo en un parto precipitado. Apenas 3 horas escasas entre dilatación y expulsivo. Así has ido siempre por la vida. Decidido. Y así debe ser como esta historia llegue a su fin, amor mío, a tu manera.

Fui yo quien decidí hace tiempo que este punto y final lo pondríais vosotros y no yo. Que tomaríais teta hasta que vosotros quisierais, ni una vez más ni una vez menos. El problema ahora lo tengo yo, que me siento como una adolescente enamorada a la que acaban de dejar en pleno éxtasis de amor. Porque aunque anoche te dije que lo que tú decidieras estaba bien, yo daría lo que fuera por volver a sentir una última vez tu boquita prendida de mi pecho. Así, cual loca enamorada que suplica un último beso al amante perdido.

 

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Más de una vez he dicho que el día que dejaras la teta me bebería una copa de vino y brindaría por estos años de crianza maravillosa sin una gota de alcohol. Confieso que ahora solo quiero abrir la botella para ahogar mis penas en ella.

No sé si esta semana sin picos de oxitocina me hace ver las cosas más negras de lo que son, y acaso esta sea solo una crisis más, una huelga de lactancia que retomes de nuevo. En cualquier caso, capitán, ahí te dejo el timón del barco. Tuya es la última palabra. Yo seguiré navegando a tu lado, marcando el rumbo cuando sea necesario, acompañando tempestades, surcando la vida contigo.

Aprenderé nuevas formas de seguir nutriendo tu alma de mi amor. Pero no creo que haya un solo día de mi vida en que no añore estos años maravillosos en los que os habéis nutrido de mi cuerpo. Se quedan mis tetas huérfanas de vosotros. Inventaré nuevas formas de derramar amor en tu vida. Gracias por estos años de placer compartido.

 

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4 comentarios en "El día que acabó mi lactancia (o no)"

  1. Hola, me he emocionado con tus palabras, estoy pasando por el mismo (mi peque ya no quiere el pecho) y no tenía idea de lo duro que sería.

  2. Me ha encantado tu experiencia y como nos lo transmites, yo tengo claro que será mi hijo el que decida hasta cuándo mamar , solo pensarlo me da mucha pena, enhorabuena por una lactancia exitosa y respetuosa , un abrazo

  3. ¡Qué post tan bonito! Me he emocionado mucho puesto que me he sentido muy identificada al explicar tu experiencia sobre la lactancia.
    Mi niña tiene 18 meses y ahí seguimos, hasta que ella decida.
    Durante este tiempo no le he dado otra leche que no sea la materna, por lo que agradecería que me orientarais sobre qué leche sería la adecuada. Gracias

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