El desarrollo del lenguaje del bebé empieza en el útero

El lenguaje está en nuestros genes y los órganos que intervienen en el desarrollo del lenguaje se forman antes del nacimiento

Lo que os voy a contar hoy es algo tan fascinante que bien podría haber sido una creación del mejor director de ciencia ficción. Si preguntas acerca de cuándo comienza a desarrollarse el lenguaje, unos te dirán a los dos años, otros al año y, quizá, los más osados, te dirán que antes de nacer. Pues bien, en esta ocasión, el atrevimiento da puntos pero quizá no como pensáis. Porque el desarrollo del lenguaje empieza en el útero.

El desarrollo del lenguaje comienza en el vientre materno

Es posible que estéis pensando que, efectivamente, los órganos que intervienen en el desarrollo del lenguaje se forman antes del nacimiento. Y es cierto. Pero vayamos por partes porque hay una precuela inesperada que a veces no tenemos en cuenta.

Fijaos si el lenguaje está presente antes de nacer que, como otras muchas cuestiones como el color de ojos, está en nuestros genes. Por ejemplo, las alteraciones en el cromosoma 7 producen alteraciones específicas en el lenguaje.

 

 

Si conocéis algo de embriología, bien sea de épocas estudiantiles, bien sea porque visteis durante el embarazo 200 documentales, probablemente hayas pensado lo mismo que yo: ¿cómo es posible que casi siempre salga bien? Supongo que por el hecho de no ser yo experta en estas lides, ya me parece lo suficientemente increíble como para continuar el viaje. ¿Me acompañáis?

Para conocer de una manera más profunda cómo se desarrolla el lenguaje en el útero o, al menos, qué parte del lenguaje se desarrolla, es necesario tener presente primero qué estructuras son necesarias para que se dé el lenguaje.

Ya hemos esbozado que venimos preprogramados para que el lenguaje se desarrolle. Desde el punto de vista antropológico, el lenguaje es la habilidad que nos hace humanos. Ninguna otra especie animal ha conseguido desarrollar un lenguaje como el humano, si bien algunas especies sí gozan de sistemas de comunicación.

 

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El hecho es que, en mayor o menor medida, somos lenguaje. Y esto ya me parece razón suficiente como para querer escarbar un poco. Seguimos, que no quiero perder el hilo.

Cómo se desarrolla el lenguaje en el útero

¿Qué estructuras necesitamos para que se desarrolle el lenguaje? Con ganas me quedo de decir que prácticamente todo el cuerpo, pero voy a obviar cuestiones como la capacidad pulmonar, la coordinación del diafragma en la respiración o la vista (que no es estrictamente necesaria pero ayuda puesto que somos muy visuales) y me voy a quedar con lo fundamental. Continuando con el símil cinematográfico, nos ceñiremos a una trilogía: cerebro, boca y oído.

El cerebro

Al terminar el primer trimestre, el cerebro del feto ya es claramente identificable aunque aún le faltan las circunvoluciones. No olvidemos que el cerebro forma parte del sistema nervioso, que es algo más complejo. Durante el segundo trimestre, las células nerviosas, a las que conocemos como neuronas, aumentan en número y conexiones y se van organizando y especializando. Se desarrollan las circunvoluciones y se va sincronizando con el resto de órganos. Digamos que el cerebro es el director de orquesta y va organizando y recibiendo respuestas del resto del organismo.

 

 

En el tercer trimestre, el cerebro aumenta su tamaño casi al doble. Y, ¿cómo termina esta primera parte de la trilogía? Me temo que viene con sorpresa. No termina. Agárrense que vienen curvas. El desarrollo neurológico termina hacia los 20-24. Y diréis ¿meses? ¡No! ¡Años! Sí, sí. La corteza frontal, esa que se encarga de funciones ejecutivas como la autorregulación, la flexibilidad cognitiva y la planificación, no termina su maduración hasta pasada la veintena de años.

Ahora entendéis por qué ese adolescente de 17 años, con bigote y grande como una torre, no es capaz de organizarse en condiciones para estudiar un temario o vaya por la vida comportándose como un adolescente que, precisamente, es lo que es. El caso es que, como podéis comprobar, a nivel neurológico (y casi a todos los niveles) venimos con un paquete básico que terminará de instalar aplicaciones una vez fuera del útero.

El sistema nervioso, aún en su versión 1.0, es lo suficientemente experto como para mantenernos con vida realizando funciones autónomas, creando reflejos y actividades voluntarias que después el bebé irá perfeccionando.

 

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Volvemos al lenguaje. ¿Dónde se asienta entonces el lenguaje dentro del cerebro? La verdad es que en todas partes y en ninguna. Me explico. Es cierto que nuestro cerebro se divida en zonas especializadas. De esta manera, existe una zona especializada en la comprensión del lenguaje, otra en la expresión motora, etc. No me detengo más en esto. Otro día retomamos porque es muy interesante.

El caso es que, aunque esto es cierto, no es menos cierto que nuestro cerebro funciona de manera holística, como un todo orquestado, de manera que el simple hecho de mantener una conversación de ascensor activa diferentes regiones del mismo.

La boca

Continuamos el viaje haciendo escala en la segunda parte de la trilogía: la boca. Con la boca me refiero a las distintas estructuras que necesitamos para hablar y comer.

Hacia las cuatro semanas de gestación se comienza a formar la cavidad bucal. Posteriormente, el paladar, que estaba dividido en dos, se une en la línea media. Al mismo tiempo se forma la lengua y se van creando las inervaciones necesarias para que las estructuras puedan moverse y tener sensibilidad. Como siempre, el sistema se completa fuera ya que venimos con la preinstalación para los dientes pero tendrán que salir más adelante.

 

 

La cuestión es que, en el segundo trimestre de embarazo, ya es capaz de cerrar el puño y chuparse el pulgar, lo que explica que sea capaz de mamar nada más nacer, y pasará los días practicando movimientos rudimentarios, a veces en forma de sacudidas de tipo nervioso o, si lo preferís, esas patadas que tanta ilusión hacen al principio y que al final… llevamos como podemos.

El oído

Finalmente, cerrando la trilogía, tenemos el oído. Como veis, la razón de que sea una trilogía es que todo está interconectado. El oído se forma desde el comienzo de la gestación. En el segundo trimestre puede percibir sonidos internos de la madre, es decir, puede oír su corazón (que es muy emocionante), pero también cuestiones más mundanas como que te suenen las tripas porque has ido en ayunas a hacerte la analítica de turno y, más que un bebé, parezca que tienes un león metido en el cuerpo.

Si lo piensas fríamente, más que idílico, debe ser como estar metido en una fábrica las 24 horas del día. Decir que el bebé oye dentro del útero, quizá haya que matizarlo. Es cierto que le llegan sonidos, pero amortiguados por el tejido del útero y por el líquido amniótico. Sería algo así como lo que somos capaces de oír mientras buceamos. Si hablamos a volumen normal, el bebé oirá unos 20 decibelios por debajo. Si le hablas bajo, no te oirá. Si hay un ruido fuerte, es posible que se sobresalte.

 

 

Y, ¿el bebé reconoce la voz de la madre al nacer?

Pues aún no está del todo claro. Teniendo en cuenta lo que oyen dentro, yo diría que es más posible que el bebé reconozca enseguida a la madre por el olfato que por el sonido de la voz, aunque esto último también se desarrolla rápidamente una vez que ha nacido. Pero como no quiero que la trilogía termine así, sin romanticismo alguno, he reservado una secuela para el final: la música.

Yo viví la época de “ponte a Mozart en la barriga y será muy listo”. La lógica, teniendo en cuenta cómo les llegan los estímulos auditivos, nos lleva a pensar que da un poco igual la música que pongamos. Hay algunos estudios que hacen referencia a que los bebés reconocen la música que escucharon antes de nacer. No voy a entrar en eso aunque tengo mis dudas.

 

El efecto Mozart: ¿escuchar música clásica hace que los niños sean más listos?

 

Entonces, ¿ponemos o no ponemos música? Sí, pero no porque tu peque vaya a ser más listo. De hecho, la finalidad de poner música durante el embarazo no es directamente el bienestar del bebé, sino de la madre. Mamá bien, bebé bien.

La música está asociada al ser humano desde nuestros ancestros. Somos musicalidad y ritmo. A nivel de lenguaje, el bebé comprende antes las entonaciones que los significados de las palabras. La música incrementa la cantidad de dopamina, neurotransmisor vinculado al placer, al bienestar.

La música relaja, regula el estrés. Incluso las canciones tristes, reconfortan. La música es fuente de felicidad. Así que no encuentro ningún motivo para no ponernos música, la que queramos, embarazadas, con los bebés porteados, bailando con ellos o dándoles un masaje.

Hasta aquí la trilogía. Quizá, otro día, un spin off sobre música, cerebro o quién sabe.

 

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