No todo está perdido: sobrevive en familia con la tabla de rutinas

La tabla de rutinas evita los conflictos familiares al facilitar la cooperación de los niños para llevar a cabo hábitos y rutinas

La tabla de rutinas es un material de la Disciplina Positiva que no es puramente Montessori, pero sí afín a esta pedagogía. Con ella, se inculca de forma sencilla en los peques la conducta cooperativa necesaria para la convivencia sin necesidad de castigos ni recompensas, lo cual ayuda también a eliminar los conflictos familiares.

¿Y por qué es esto tan importante? Pues porque las rutinas y los hábitos son vitales para los más pequeños de la casa. El célebre educador y psiquiatra norteamericano Rudolf Dreikurs, postula que son necesarios en la infancia porque así los niños saben qué esperar y eso les aporta seguridad.

Cómo establecer una rutina familiar con peques

Establecer una adecuada rutina familiar con niños pequeños en casa puede no resultar tarea fácil… ¡A veces parece como si necesitáramos un extra de tiempo para llegar a todo! En realidad, la clave está en empatizar con los niños y tenerles en cuenta.

A la hora de establecer una rutina familiar diaria con peques en casa, debemos tener en cuenta sus necesidades. ¡Al fin y al cabo, ellos también son miembros de la familia! Los niños necesitan jugar, ir al parque, explorar al aire libre, relacionarse con otros niños, recibir muestras de afecto…

 

 

De la misma forma, debemos ser pacientes y considerar los tiempos que ellos necesitan para llevar a cabo cada actividad. Los peques nunca van a tardar tan poco como nosotros en bañarse porque se ponen a jugar en el agua, necesitan salir a la calle mínimo una hora diaria, que sus padres les dediquen tiempo y atención, pasar la mayor parte del tiempo jugando…

A partir de los 2 años, parece como si los niños y las niñas comiencen a «rebelarse» contra el orden impuesto en casa por sus padres. Es la etapa de los terribles 2 años, la de las rabietas. La verdad es que es una etapa necesaria en su desarrollo que marca el momento en el que los pequeños se dan cuenta de que son individuos independientes de sus padres, y comienzan a construir su propia autonomía personal.

Las temidas «luchas de poder»

A veces sucede que los adultos malentendemos a los niños. Creemos que «nos toman el pelo» o «nos retan», y esto deriva en una lucha de poder: hay que batallar para que dejen de jugar y entren en el agua, después hay que batallar para que salgan del agua, para que se pongan el pijama, para que cenen, para que se metan en la cama…

Hacer las tareas por ellos no es un buen método educativo ya que, aunque los peques tardan más en vestirse o lavarse solitos, educar en autonomía es proveerles de valiosas herramientas para la vida. Así que, por más que nos cueste esperar a que se pongan los zapatos, es mejor no intervenir y evitar estar constantemente rescatándoles.

 

 

Aún así, incluso teniendo en cuenta sus necesidades y dejándoles hacer las cosas a su ritmo, es frecuente que presenten oposición en los momentos de tránsito, que son aquellos en los que hay que dejar de hacer una actividad que les gusta o les mantiene entretenidos y concentrados, para ocuparnos de otra. Por ejemplo: dejar de leer y apagar la luz para dormir.

En estas situaciones, los imperativos categóricos (las órdenes «mal dadas», del tipo: «¡Te he dicho que dejes ya de jugar!» o «¡Contaré hasta tres para que te metas en la cama y si no te quedas sin cuento!») suelen funcionar mal con ellos, que tienden a enfadarse y cerrarse en banda como respuesta.

Esta reacción no es solo característica de los niños. También a nosotros nos sienta mal que nos den órdenes de forma tan imperativa. Sin embargo, las rutinas son necesarias para que los más pequeños vivan su día a día sabiendo lo que va a ocurrir a continuación, sin sobresaltos. Esto les aporta seguridad y aumenta su bienestar.

¿Por qué entonces se rebelan contra el orden establecido?

En la mayoría de los casos suele ser porque no se les ha tenido en cuenta a la hora de establecer esas rutinas. Los niños y niñas quieren ser y estar, pertenecer, ser tenidos en cuenta… ¿Verdad que si nos ponemos en su lugar su respuesta nos parece ahora más razonable?

Si organizamos un calendario de tareas diarias teniendo en cuenta sus necesidades, conversamos con ellos y pedimos su colaboración (nos referimos a niños y niñas a partir de los 2 o 3 años), quizás nos sorprenda agradablemente la respuesta tan positiva que podemos obtener de ellos.

 

 

La tabla de rutinas se revela, en este sentido, como una herramienta muy útil de la Disciplina Positiva para evitar los conflictos familiares a la hora de ocuparnos de nuestras responsabilidades diarias y favorecer la convivencia familiar pacífica.

Un básico de “supervivencia” familiar

La tabla de rutinas es justo eso: un recurso eficaz para facilitar la convivencia familiar. También, un buen método para inculcar hábitos en los más pequeños de la casa. Se trata de una serie de imágenes ordenadas de forma secuencial, de manera que podemos ver en dibujos todas las cosas que haremos a lo largo del día.

Al ser un recurso gráfico, a los peques les ayuda a visualizar (y a no olvidar) lo que viene a continuación después de cada actividad. La rutina familiar suele ser muy similar en todas las casas con niños pequeños y, más o menos, atiende al siguiente esquema: levantarnos, desayunar, asearnos, vestirnos, ir al cole (o jugar en casa o ir a casa de los abuelos), almorzar, jugar, comer, dormir la siesta, merendar, ir al parque o jugar en casa, bañarnos, cenar, leer un cuento y acostarnos.

 

 

En algunas casas se asearán y vestirán antes de desayunar, o se ducharán por la mañana en vez de bañarse por la tarde. Pero, básicamente, las imágenes que necesitamos son siempre las mismas, aunque varíen en su orden levemente. Existen expositores de rutinas prediseñados formado por tarjetas ilustradas y unas fundas donde insertarlas en el orden que deseemos, según nuestra propia rutina familiar.

Pero es incluso más eficaz crear nuestra propia tabla de rutinas con los peques. ¿Por qué? Pues porque basta con un portafotos barato y unas cuantas fotografías del día a día de nuestros hijos para crearlo y, de esta forma, los niños, al verse protagonistas, sienten que es mucho más suyo. 

¿Y de qué sirve la tabla de rutinas?

La tabla de rutinas funciona de la siguiente manera: los peques se identifican en las imágenes de las escenas domésticas que protagonizan y nos ayudan a colocarlas en su debido orden dentro del portafotos. Este se coloca en un lugar visible de la casa, a su alcance, para que pueda consultarlo cada vez que sea necesario y así ellos mismos nos avisan de lo que viene a continuación. Por ejemplo, cuando están jugando le preguntamos: «¿Qué hay que hacer ahora? ¿Vamos a ver la tabla de rutinas?».

 

 

De esta forma, cumplir con las obligaciones diarias se convierte en un juego para ellos, y la tabla de rutinas en un amable aliado para los padres. Y es que al hacerles partícipes, al organizarla con ellos y preguntarles cosas como: «¿Prefieres vestirte y desayunar, o primero desayunamos y luego nos vestimos?», se les está teniendo en cuenta y transmitiendo el mensaje de que su opinión es importante.

Por otra parte, con esta sencilla herramienta que para los peques es casi como un juego, trasladamos la autoridad de los padres al conjunto de la familia. Ya no somos mamá y papá quienes les decimos lo que tienen que hacer en cada momento, sino que lo dicta el expositor de rutinas, que funciona como una especie de organizador de tareas consensuado entre todos. Así, al no haber contra quien rebelarse… ¡se acabó el conflicto!

¿Y no es mejor una tabla de recompensas?

Categóricamente, NO. En la actualidad hay muchísimas marcas que distribuyen tablas de recompensas basadas en un sistema de atribución de puntos. Se recompensan las tareas domésticas realizadas al cabo de una semana, de forma que al acumular un número determinado de estrellas los peques obtienen un premio pactado previamente con sus padres.

 

 

¿Es mejor este recurso que la tabla de rutinas? Rotundamente NO. La neurociencia y la psicología infantil hace años que nos lo advierten: los premios y los castigos no son métodos útiles de aprendizaje. Lo que nosotros queremos es inculcar valores en nuestros hijos, no chantajearles o hacer que se «profesionalicen» y no quieran hacer nada de lo que deben, si no es a cambio de algo.

Esto no quiere decir que no podamos hacer regalos a nuestros hijos. ¡Claro que sí! De hecho, los regalos espontáneos suelen tener mucho más efecto que los condicionados. Precisamente porque son una buena muestra de un cariño incondicional.

¿Acaso a los adultos no nos hace ilusión recibir por sorpresa ese libro que queríamos leer o esa bufanda tan bonita que vimos en un escaparate? A todas las personas, grandes o pequeñas, nos hace ilusión que quienes nos quieren nos tengan en cuenta (no necesariamente con regalos, claro).

 

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Eso sí, debemos tener cuidado en no convertir en regalos cosas que en realidad son nocivas para ellos, como ver la tele o comer caramelos (de hecho, nunca deberíamos relacionar la comida con premios o castigos, porque no es un hábito saludable en absoluto), o que resten valor moral a nuestros actos o los suyos (si les decimos que les estamos llevando a la playa porque han sacado buenas notas, estamos dando más importancia a las notas académicas que al placer de hacer una escapada familiar porque les queremos y nos gusta estar con ellos).

El expositor o tabla de rutinas es, en cambio, un método respetuoso, no punitivo. Se basa en el aprendizaje y la adopción de hábitos y valores. Lo que se pretende conseguir que nuestros hijos sean personas responsables y autónomas el día de mañana.

 

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