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Cuando papá dice una cosa y mamá dice otra

Las consecuencias de no ponernos de acuerdo en la educación de los hijos

Hace unas semanas escribí un post sobre la maternidad y la pareja, porque cuando la hay, cuando hay dos personas para un bebé o niño (o niños), suelen surgir diferentes conflictos.

Una de las dificultades que pueden hacer que la pareja se resienta cuando nos convertimos en padres es la falta de acuerdo a la hora de educar y criar a los hijos. No es algo que se dé siempre, por suerte, pero cuando se da, suele crear un clima de tensión que repercute negativamente en la pareja y, sobre todo, en los niños.

Todos coincidimos en que dentro de la educación las normas de convivencia (lo que conocemos como límites) son necesarias. También son importantes las rutinas porque aportan estabilidad en el día a día. Pero a menudo observamos que uno de los aspectos que contribuyen en mayor medida a que los hijos crezcan equilibrados mental y emocionalmente es que haya armonía y entendimiento en los aspectos relativos a la crianza entre ambos progenitores.

¿Cómo afecta a nuestros hijos que no nos pongamos de acuerdo en su educación?

No es que los dos miembros de la pareja tengan que estar completamente de acuerdo en todo, porque siempre habrá momentos y circunstancias que precisen un mínimo de debate. Pero sí debería haber un acuerdo en la base, en la esencia del tipo de educación que queremos ofrecer a los peques, porque si no pueden aparecer diversos problemas que detallo a continuación:

1. Se difuminan los límites

No soy partidaria de estar todo el día prohibiendo cosas, los límites deben ser pocos y razonables pero, sobre todo, claros. Si no nos ponemos de acuerdo en estas líneas básicas y esenciales, será imposible que nuestros hijos tengan claro dónde está el límite. Es algo lógico si le ofrecemos informaciones contradictorias entre nosotros.

2. Su sistema de valores se resiente

Al difuminarse los límites, la frontera entre lo que está bien y lo que está mal también se convierte en terreno de arenas movedizas. No quiere decir que si alguna vez discutimos por alguna cosa en concreto delante de él se vaya a convertir en un delincuente sin remedio, pero si no le ofrecemos un sistema de valores común a la familia y coherente, buscará la forma de establecer su propio sistema de valores éticos.

3. Las normas o rutinas pierden su sentido

Mamá dice que hay que estar a las 9 en la cama, pero cuando nos lleva papá dice que no pasa nada por ir más tarde. Papá siempre nos baña antes de cenar pero mamá, casi siempre, nos baña después. Pues eso, que no se va a acabar el mundo, pero la estabilidad y la seguridad que les da saber lo qué viene después o cómo funcionamos en nuestra casa se pierden si cada uno hace una cosa. La incertidumbre les puede incluso generar cierta inquietud, al sentir que no controlan lo que pasa.

4. Se sienten desconcertados

Y como consecuencia de lo anterior, lógicamente, surge el desconcierto. No saben qué esperar. ¿Podremos leer hoy un rato antes de dormir? Mucho más grave, cuando el desacuerdo afecta a temas esenciales. Papá me castiga sin salir por haber suspendido un examen pero mamá me deja bajar un ratito a la calle cuando papá se va a trabajar. Mamá me dice que hasta que no recoja mi habitación no puedo ver la tele y papá me pone mi programa favorito y me dice que recoja después. ¿En qué quedamos? ¿Puedo o no puedo?

5. Pierden confianza en nosotros

 

 

Perdemos nuestra credibilidad. Nos la robamos mutuamente. Sobre todo cuando nos corregimos uno a otro delante de los niños. “No le hables así a la niña”. “Me da igual lo que te haya dicho papá, al parque no te vas sin ponerte el chaquetón”. “Tú siempre igual, no pasa nada porque un día se acuesten un poco más tarde, mujer”. ¿Cómo van a confiar en nosotros si nosotros mismos no confiamos el uno en la otra y viceversa? Si a menudo nos desautorizamos mutuamente, eso resta valor a nuestro papel como educadores.

6. Se muestran inseguros

No es raro percibir en los niños que crecen en un clima así rasgos de inseguridad y desconfianza que les afectan también en otros ámbitos de sus vidas: relaciones con amigos, escuela… y pueden acabar formando parte de su personalidad también en la vida adulta.

7. Se sienten culpables

Ven que papá y mamá discuten continuamente por temas relacionados con ellos y se sienten culpables. Piensan que ellos son el problema que existe entre sus padres y pueden llegar a temer que sus padres se separen por su culpa si las discusiones van en aumento.

Nosotros somos conscientes de que un niño jamás es responsable de cómo sus padres gestionan su vida de pareja pero ellos no lo perciben así. Harían cualquier cosa por evitar la separación pero es imposible hacerlo bien. ¿A quién contentar, a papá o a mamá? Haga lo que haga, uno de los dos se enfadará.

8. Se arriman al sol que más calienta

También sucede que, ante la disyuntiva de tener que elegir a la que los enfrentamos, los niños acaban eligiendo la que más les interesa. ¿Quién me deja acostarme más tarde? ¿Quién es más permisivo? ¿Quién me riñe y quién me defiende? No deberíamos jugar al “poli” bueno y al malo porque los niños necesitan establecer una relación segura con ambos progenitores.

Consecuencias para la pareja

Cuando entramos en esta dinámica, inevitablemente, la pareja se resiente. Dejamos de sentir conexión, tenemos objetivos diferentes y entramos en una lucha por demostrar quién tiene la razón y qué modelo educativo es el correcto.

Nos sentimos desautorizados y cuestionados por la otra parte. Terminamos culpando al otro de cualquier conducta inadecuada de nuestros hijos y entramos en una cadena de reproches que nos alejan cada día más. Es difícil llevarte bien con alguien con quien tienes tantos desencuentros.

 

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A la larga, si no somos capaces de sentarnos a hablar y llegar a acuerdos no solo estaremos perjudicando seriamente la salud emocional de nuestros hijos sino que también estaremos deteriorando los cimientos de la propia pareja, ya que donde hay desprecio por la opinión del otro e intención de imponer la mía como única opción válida, no existe el respeto.

Qué podemos hacer si existen diferencias

Lo ideal sería hablar de cuáles son nuestras ideas sobre crianza, a grandes rasgos, antes de ser padres y llegar a la ma/paternidad con unas bases más o menos claras de cómo queremos afrontar este reto. Aunque ya se sabe: a menudo nuestra manera de ver la crianza y la vida cambia al tener a nuestro bebé en brazos.

Si habéis sido padres y es en la práctica donde os habéis dado cuenta de que no coincidís en algunos aspectos de la crianza es hora de remangarse y ponerse a trabajar juntos para llegar a acuerdos y hacer equipo.

Tú visión no es la única válida

Hay que asumirlo, no hay un manual de instrucciones perfecto sobre cómo criar a un hijo así que toca abrir la mente y escuchar las propuestas de la otra parte y sus motivos.

Los dos tenéis derecho a decidir

Hay una opción para no tener que compartir con nadie las decisiones relativas a la crianza y educación de los hijos: ser madre soltera o padre soltero.

Pero si has decidido tener un hijo en pareja, debes asumir que los dos tenéis el mismo derecho y la misma responsabilidad para criar a ese hijo. Puede que no te gusten alguna de sus ideas, ni a él/ella las tuyas, pero no queda más remedio que llegar a acuerdos si no queremos caer en la guerra de padres.

Comunicación asertiva

Explica tus razones y tus argumentos sin entrar a juzgar los suyos. Deja claro que tu intención es que podáis llegar a acuerdos y hacer equipo para poder abordar juntos la crianza de vuestro hijo en lugar de hacerlo enfrentados. Si lo necesitáis, puedes proponer asistir juntos a un taller o alguna charla de crianza donde podáis encontrar razones para decantaros por una u otra opción.

Negociad

Debes tener claro cuáles son tus líneas rojas y cuáles son negociables. Limita las líneas rojas a aquellos aspectos que para ti sean de vital importancia. El resto, negociadlo. Es infinitamente mejor hacer concesiones en ciertos aspectos y estar unidos que abrir una batalla que os llevará a sembrar el caos en vuestra familia.

 

 

Si no sois capaces de llegar a acuerdos quizá sea necesario recurrir a un mediador familiar que os ayude a entenderos.

Mantened los acuerdos

Es difícil, lo sé. Pero si hemos llegado a un acuerdo tras una negociación no podemos saltárnoslo a la primera de cambio sin traicionar la confianza de la otra parte; y se trata de hacer equipo, no de engañarnos mutuamente.

No os contradigáis delante de los niños

Si acabas de escuchar cómo papá le ha dicho al peque que es hora de irse a la ducha y viene a camelarte para quedarse jugando un rato más, devuélvele la pelota, pero no tomes una decisión que contradiga la suya sin tenerlo en cuenta porque se va a sentir desplazado: “Papá te ha dicho que es hora de la ducha y quieres jugar diez minutos más. Pregúntale a papá qué le parece”.

Hablad sobre las cosas que no os gusten en privado

Cuando estéis tranquilos, sin los niños alrededor, cuando duerman, por ejemplo, aprovechad para hablar sin atacar de las cosas que hace el otro y que os disgustan. Podréis limar asperezas sin sentir que os estáis atacando frente a vuestros hijos.

Y recordad: no existe una fórmula mágica. No hay una manera única de criar. Pero es importante que encontréis la vuestra, en equipo; si no queremos que el equipo, a la larga, se desintegre.

 

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