Carta de una maestra en cuarentena

Las plataformas telemáticas nos permiten transmitir a los niños contenidos, pero nunca podrán sustituir el calor de las aulas

Queridos alumnos, queridas alumnas:

Os echo de menos. Podría empezar esta carta de muchas formas pero lo primero que necesito deciros es eso. Os extraño. Echo de menos los lunes y vuestros “Seño, ¿sabes qué he hecho este fin de semana?”; vuestras manos levantadas; vuestras risas; y hasta vuestros “Seño, ha habido un problema en el recreo”. Echo de menos las quinientas veces que me recordáis cada viernes, desde las 9 de la mañana, que a última hora tenemos tutoría y hacemos la asamblea de la semana; vuestros abrazos sin trampas; y vuestras ganas de crecer y ser mayores, con la prisa propia de la infancia que ignora que, probablemente, en el futuro recordaréis con añoranza esta etapa de vuestras vidas que ahora estáis viviendo.

Quienes están al mando de esta situación han decidido que lo más importante es garantizar que podáis continuar con vuestra formación desde casa, que garanticemos que el proceso de enseñanza-aprendizaje no se vea mermado por esta situación. Como si hubiera alguna faceta de nuestras vidas que no se haya visto afectada por esta pandemia. Como si no pasara nada. Como si pudiéramos sustituir lo que sucede en la escuela por lo que ocurre en una plataforma virtual. Como si los abrazos pudieran sustituirse por videoconferencias.

 

 

Es cierto que se nos pide que sigamos adelante con flexibilidad y teniendo en cuenta los recursos de los que disponéis. Sé que la mayoría de mis alumnas y alumnos tenéis impresora en casa y medios tecnológicos a vuestro alcance. En nuestro cole sí, pero en muchos otros coles de muchas otras zonas, no. Y no puedo evitar pensar que no es justo que esta pandemia global traiga como consecuencia que la desigualdad educativa que se deriva de la desigualdad económica se acentúe aún más. Porque el sentido de la escuela pública radica precisamente ahí; en que toda la población tenga la misma posibilidad de acceder a la educación.

Y, sin embargo, en estas circunstancias, no puedo dejar de pensar para qué le sirve la Moodle o cualquier otra plataforma virtual a los niños y las niñas de los barrios marginales que no tienen ordenador en sus casas. Me duele que este principio de igualdad de la escuela pública se rompa por estas circunstancias. Porque la realidad es que la flexibilidad se va a traducir en que quienes tienen más medios económicos van a recibir una atención educativa mejor que quienes tienen menos poder adquisitivo. Y eso no es justo.

 

 

Vosotros de justicia sabéis mucho, porque tenéis la sabiduría innata que aún no os ha sido arrebatada y que os lleva a exclamar cuando veis que algo no está bien “¡Eso no es justo, seño!”. Me encantaría poder escuchar vuestras ideas sobre esta situación de desigualdad que se está produciendo. Estoy convencida de que tenéis muchísimo que aportar. Ya os imagino diciendo: “Seño, yo puedo hacer los deberes desde el ordenador y dejarle mi tablet a un niño que no tenga”. Porque a generosos no os gana nadie. Las personas adultas tenemos tanto que aprender de vosotros…

Pero es que, aunque todas las familias tuvieran acceso a los medios tecnológicos para llevar a cabo una formación online, yo me pregunto si lo que sirve para las enseñanzas universitarias es aplicable a la educación primaria. Cuando estamos en clase hablando sobre plantas, por ejemplo, vuestro feedback marca el ritmo de la clase. Son vuestras risas las que me dicen que la actividad planteada ha sido un éxito, son vuestras caras las que me dicen que no habéis entendido algo y que hay que reforzar algún tema en concreto. ¿Cómo se hace eso enviando fichas por email? Cuando trabajáis en equipo es cuando observo vuestra determinación para tomar la iniciativa, vuestro respeto hacia las opiniones ajenas, vuestra capacidad para acercar posturas y construir un proyecto, vuestra actitud para formar parte de un equipo. ¿Cómo se ve eso detrás de la frialdad de una pantalla?

 

 

Supongo que quienes están al frente de esta situación, asumen que menos da una piedra y que, a falta de aulas, buenas son plataformas virtuales; y han priorizado que, al menos, los contenidos os lleguen. Y, después de más de dos meses ya recibiendo fotos de vuestros trabajos por email y haciendo videoconferencias, supongo que sí, que de esta manera, por lo menos, hemos mantenido el contacto. Pero, ¿a qué precio? ¿Cuántas familias han recibido cada semana la planificación de tareas del cole como una carga más que solo añade estrés a toda esta situación? Supongo, que igual que sucede cuando estamos en el cole, igual que sucede en la vida en general, la burocracia le ha ganado la partida a la humanidad; y los contenidos siguen priorizándose sobre las emociones. Pero me pesa en estas circunstancias más que nunca.

Yo suelo ser nada corporativista. En la docencia, como en cualquier otra profesión, hay de todo, como en botica. Y, sin embargo, desde que se decretó el estado de alarma, lo único que puedo decir que he vivido al lado de la mayoría de mis compañeras y compañeros de profesión, son una preocupación y un esfuerzo increíbles por dar la mejor respuesta posible a esta situación. Cada una desde nuestra realidad, cada uno desde su opinión; pero trabajando aún más horas de las que dedicamos a nuestro trabajo presencial, formándonos a marchas forzadas y adaptándonos (no nos queda otra) a las instrucciones que llegan, que son ambiguas y, como casi siempre, están redactadas desde despachos alejados de las aulas y, por lo tanto, están alejadas también de la realidad que se está viviendo en muchas casas en estos difíciles momentos.

 

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Para mí, tienen mucha más importancia cada una de vuestras risas y vuestras bromas durante las videoconferencias, que las fichas interactivas. No cambio un e-mail contándome cómo estáis llevando el confinamiento por ninguna foto del cuaderno. Porque lo que nos falta del cole, por desgracia, aún no lo podemos tener. Nos falta la piel. Nos faltan los abrazos. Nos faltan mis manos limpiando las lágrimas de vuestra cara después de una pelea entre amigos. Nos falta la magia del día a día en la escuela, el regalo de aprender y crecer juntos cada día.

Me duele la escuela pero, supongo, que en el fondo, lo que me duele es la sociedad. Esta sociedad que, incluso cuando la vida nos obliga a parar en seco, no es capaz de echar el freno y bajar el ritmo vertiginoso de vida que llevamos para disfrutar de las pequeñas cosas. Hay niños que han perdido a sus abuelas, hay niñas que llevan semanas sin ver a su padre o a su madre porque duerme en un hotel para evitar contagiarles cuando sale de su turno de trabajo en el hospital. Hay padres que han perdido su trabajo, hay madres teletrabajando mientras hacen malabares para intentar llegar a todo.

 

 

Muchos de vosotros ni siquiera tenéis conciencia aún de la excepcionalidad de lo que está pasando, muchas de vosotras estáis sufriendo duramente los efectos de este confinamiento. Hay niñas tomando suplementos de vitamina D porque han dejado de recibir los rayos del sol sobre su piel, hay niños sufriendo crisis de ansiedad infantil en toda regla porque se les ha privado de alguna de sus necesidades más básicas. Y yo puedo entender que estos sacrificios han sido necesarios en esta situación. Puedo entender que se os pida que os quedéis en casa durante unas semanas por un bien común.

Lo que no puedo entender, es que incluso en estas circunstancias, se siga poniendo el foco de atención en la transmisión de contenidos y se sigan menospreciando las emociones, las necesidades vitales de la infancia. Supongo que tiene que ver con que no me gusta como la sociedad menosprecia a la infancia en general. Supongo que tiene que ver con que tampoco me gusta la inercia con la que la escuela perpetúa los patrones del autoritarismo. Supongo que quienes dictan las normas no son más que un eslabón de la cadena de producción que nos incita a seguir hacia adelante sin detenernos. 

 

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Supongo que en el fondo lo único importante que tengo que deciros ya os lo he dicho al principio… Os echo de menos.

 

 

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