Por qué siempre le agradeceré a Jon que fuera un bebé de alta demanda

Por qué la etiqueta "bebé de alta demanda" puede ser muy positiva.

Ayer os expliqué en esta entrada qué es un bebé de alta demanda afectiva, sobre todo para que aquellos padres que dudan si su hijo lo es o no puedan corroborarlo o definitivamente desechar esa posibilidad. Lo expliqué porque como este domingo iniciamos un ciclo de tres seminarios sobre el tema, he ido recibiendo diferentes respuestas al anunciarlo en Facebook y otras redes sociales.

El primer día que lo publiqué, que suele ser cuando más movimiento hay, hubo mucha gente agradeciendo que fuéramos a hablar de este tema, y hubo gente que se echó las manos a la cabeza, argumentando que son bebés normales (y así es, nunca nadie ha dicho lo contrario), y que era una pena añadir otra etiqueta más a los niños, que no merecen que los veamos de ese modo (insistentes, demandantes, llorones, etc.).

La etiqueta “Bebés de Alta Demanda”

Es cierto que es una etiqueta, pero también es cierto que la mayoría de padres de bebés de alta demanda agradecen mucho cuando alguien les habla del término y ven que todo lo que le pasa a su hijo tiene un nombre, que le pasa a otros niños, a otros padres, y que son niños normales. Porque hasta que llega ese momento solo son capaces de darse cuenta de que su hijo se comporta muy diferente a los demás, que llora mucho, que pide brazos a todas horas, y que cualquier intento de educarlo es infructuoso.

Ven eso, y ven que todo el mundo sabe lo que tienen que hacer menos ellos: No vayas enseguida, no lo cojas, déjalo llorar, te tiene tomada la medida, os está manipulando, no puede ser que un bebé de meses domine un hogar entero, mírate qué cara tienes, así no podéis seguir, este niño está enmadrado, va a acabar contigo, vete al pediatra, que le den medicación o algo, a ver si va a ser hiperactivo, no es normal que un bebé haga eso, etc.

Vamos, que los padres creen que han hecho algo muy mal o, en el peor de los casos, que su hijo está mal, o incluso que es un manipulador, y que no les quiere… porque aun teniéndolo todo, sigue llorando y sigue robándoles la energía, y en pocas palabras, la vida.

Así que, visto así, lo de bebé de alta demanda suena bastante mal. Ahora bien, si la etiqueta va asociada al “solo es un bebé que necesita más afecto que los demás, y es un bebé normal” los padres respiran, de repente, y no se sienten tan culpables, ni por supuesto tan solos y perdidos. Entonces, oye… la etiqueta resulta que es positiva, ¿no?

¡Y tan positiva! ¡Gracias Jon!

No puedo decir que esperáramos que nuestro hijo fuera un bebé Nenuco, pero el hecho de no tener gente alrededor con bebés hizo que no tuviéramos ninguna referencia. Sí pensábamos que eso de que comen, duermen y hacen caca era lo más habitual en todos los bebés, pero entendíamos que pudiera ser un poco más demandante que eso. Lo que no esperábamos es que llegara a serlo tanto, y que ya en los primeros días nos lo demostrara incluso al salir de casa.

Nos preparábamos para salir a la calle, lo metíamos en el cochecito (como mandaban los cánones), nos íbamos a dar un paseo, y a los pocos minutos despertaba y se ponía a llorar. Así cada vez; así cada día. Pronto nos dimos cuenta de que éramos los únicos a los que les pasaba algo así, y nos preguntábamos “¿Por qué?”.

Nos pasó algo parecido con el coche. Sabíamos que los bebés en el coche se relajan, incluso se duermen, por aquello del movimiento y tal. Pues resultó que mientras se movía el coche aún parecía que lo llevaba bien, pero al llegar al semáforo empezaba a llorar, y pronto me vi en los semáforos haciendo amagos de aceleración, como si estuviera retando al de al lado a hacerle una carrera urbana (lo siento si alguien salió a toda velocidad por ese motivo). Horrible… luego empezó a llorar también aun cuando el coche estuviera en movimiento, y acabamos por evitar el coche en la medida de lo posible.

Las siestas fueron exactamente lo mismo. Enseguida demostró tener el síndrome de la cuna con pinchos y pasó de dormir las siestas en el moisés, a hacerlo en nuestros brazos, y por la noche en nuestra cama, al darnos cuenta de que dormía allí mejor.

Poco a poco íbamos poniendo soluciones a los nuevos retos, y Jon pasó de ser un bebé que nos parecía normal, pero más demandante de lo normal, a ser una extensión de nuestros cuerpos: siempre con ella, y a ratitos conmigo. Día a día, hora a hora, porque si no era así, se quejaba.

Esa intensidad en sus necesidades se hizo patente con todo… cuando empezó a reptar y gatear requería de nuestra presencia en todo momento, y tuvimos que estar presentes en cada nuevo descubrimiento y cada nuevo hito (genial, porque no nos perdimos nada, pero no conseguíamos tener tiempo apenas para hacer la comida y otras cosas del día a día)… y entonces  no le podías decir “vente a la mochila y hacemos tal o Pascual”, porque NO.

Y las noches empezaron a ser “teta full time”, con mamá agotada y la espalda en Cuenca, y los días resultaron ser de 15 o más horas, porque dormía una siesta, o dos, en brazos, y lo demás era un no parar… y llegar a la cama, pensar que “en nada cae, que hoy ha sido demoledor”, y darnos cuenta de que a las once de la noche, a las doce… nosotros ya habíamos caído y él seguía en la cama moviéndose, resoplando, mirando al techo, mirando a la nada, y de repente intentando irse a jugar.

¿Sabes esa sensación de haberlo dado todo por él, absolutamente todo, y darte cuenta de que aún quiere y necesita mucho más? Pues eso genera, claro, las mil y una dudas… a ver si la gente va a tener razón, a ver si le tendríamos que estar enseñando a jugar solo, o a no llamarnos tanto, o a ser así o asá… porque no, la verdad es que no nos parecía muy normal ser dos personas adultas, hechas y derechas, dependientes de los mandatos y deseos de un bebé, agotados y esperando a que en algún momento alguien nos rematara finalmente (ya no nos queda nada, ni la dignidad de mirarnos al espejo y tratar de estar un poco más visibles… ya da todo igual, ya no tengo vida; que alguien nos dé la estocada final).

Pero claro, de entre todo ello, salían de vez en cuando unas sonrisas de encía, unas miradas pícaras, unas caras de sorpresa con cada nuevo avance, y volvíamos a enamorarnos de él, una y otra vez, cada día. Y dabas por buenas todas esas horas de agotamiento, mientras te dabas cuenta de que cada vez lo querías más, porque cada vez lo conocías mejor.

Y así fuimos creciendo él como hijo y nosotros como padre y madre, del mejor modo posible. Porque nos necesitó tanto, tanto, que nos hizo un curso intensivo de maternidad y paternidad (qué digo curso: ¡¡una cátedra!!). Nos enseñó a ser mejores personas para ser su ejemplo; nos enseñó que el ritmo de la vida no es el que marca la sociedad, sino el que queramos marcar nosotros en nuestra casa; nos enseñó que más importante que tener cosas, es sentir cosas; que más importante que el amor no hay nada; y que hay vida más allá de ese funcionamiento social del quererlo todo para ya, y si puede ser, para ayer. Que cuidar de un bebé es algo que solo se hace unos meses, que la infancia dura solo unos pocos años, y que todo ese tiempo no vuelve, y que por eso vale tanto la pena echar el freno de mano de la vida, dejar que la escala de valores dé tres o cuatro centrifugados y replantearse el modo de afrontar el día a día.

El segundo y el tercero: mucho más fácil

Así que cuando llegaron Aran y Guim, segundo y tercero, aunque la cosa se complicó porque cada vez que añades a un bebé en la ecuación hay más trabajo, afrontamos la maternidad y la paternidad de un modo mucho más relajado y tranquilo, sabiendo que más duro que con Jon no podía ser (y de haberlo sido, teníamos ya muchas tablas).

Y resultaron ser dos bebés muy demandantes también, pero mucho menos que Jon. También durmieron en la cama porque así nos lo pidieron,  también durmieron las siestas en nuestros brazos, también fueron porteados hasta la saciedad (incluso más, porque les gustó más que a él), también los cuidamos como habíamos hecho con Jon, pero no tanto porque lo necesitaran imperiosamente (que puede ser que también), sino porque era así como habíamos aprendido a cuidar, y simplemente repetimos lo que nos había ido bien.

Pero estos dos fueron diferentes, menos intensos, menos exigentes, y oye, de vez en cuando hasta aceptaban ese No por respuesta que Jon no perdonaba.

Gracias de nuevo, Jon

Así que solo puedo dar las gracias a mi hijo por ser como es, y por cómo fue (“qué tontería” pensará él, si no ha hecho nada más que ser quien es…). Gracias por enseñarnos tanto, por mostrarnos otra manera de vivir, de sentir y de amar, y por hacer de mamá y papá unos expertos cuidadores.

Gracias a ti quise aprender tanto, tanto de los bebés, que lo que descubrí me sirvió no solo para cuidar de tus hermanos, sino también para explicar a otros padres y otras madres cómo pueden llegar a ser los bebés, y qué pueden y suelen necesitar. Esto, en la consulta de enfermería y en mis escritos diarios, me sirvió para comprender las realidades de otras parejas y familias, y para hablar desde el sentimiento y siempre con el corazón.

Así que si sois de los que seguís pensando que aquellos que decimos “tengo un bebé de alta demanda”, estamos poniendo una etiqueta negativa a nuestros hijos, ya veis que no es cierto, o no es siempre cierto. La mayoría estamos profundamente agradecidos a nuestros hijos, al cosmos, o al universo, por enviarnos un niño así.

Dicen que los niños nos escogen para ser sus padres y sus madres… si es cierto, no lo sé. Pero en nuestro caso, acertó de pleno porque nos cambió la vida totalmente, para bien.

Últimos días para apuntarte

Como digo, este domingo empezamos el ciclo de tres seminarios sobre Alta Demanda, para explicar bien cómo son estos bebés, pero sobre todo para mostrar cómo pueden llegar a sentirse las madres y los padres, y ofrecer posibles soluciones, ideas y trucos para llevarlo mejor; y en el tercer seminario, una mirada al paso del tiempo, a cómo pueden llegar a ser cuando crecen un poquito y se convierten en “Niños de Alta Demanda”. Porque puede llegar a ser durísimo tener a un bebé de alta demanda, y se agradece la más mínima ayuda, y sobre todo la comprensión.

Podéis inscribiros a los tres seminarios (o por separado) aquí, y recordad que los miembros de la comunidad “Criar con Sentido Común” pueden verlos sin coste añadido.

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6 comentarios en "Por qué siempre le agradeceré a Jon que fuera un bebé de alta demanda"

  1. Buenas Armando!
    Quería saber si los seminarios solo se ven en directo o también los puedo ver después? Es que muchas veces me coincide trabajando. Todavía no soy miembro del club, pero lo estoy pensando.
    Gracias de corazón por todas tus bellas palabras en todo lo que escribes. Te sigo desde hace diez meses que soy madre por Facebook y me siento tan identificada con todas y cada una de tus palabras.
    Un saludo!

  2. Hola
    Os acabo de encontrar y me interesa mucho el seminario de alta demanda.Pero ya que mi bebé tiene 21 meses me gustaría saber si cogerlo desde el principio o bien directamente al tercero,el de “niños”más mayores
    Gracias

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