Siete motivos para no usar la silla de pensar

Cuando convertimos en castigo lo que debería ser una virtud y desatendemos a la infancia en sus momentos más complicados

A pesar de que cada vez hay más familias y profesionales que apuestan por un cambio educativo y huyen del autoritarismo en busca de un modelo educativo más respetuoso, todavía son numerosas las escuelas y las casas donde los castigos son la principal herramienta educativa y, ante cualquier conducta que sea considerada inadecuada por las personas adultas, se recurre a la silla de pensar

-Carlitos, vete a tu habitación y piensa lo que has hecho

-Martita, ¿por qué le has pegado a tu compañera? Siéntate un ratito en la silla de pensar.

Y, ¿qué tiene de malo la silla de pensar? 

En la Tribu de Criar con Sentido Común apostamos por la Disciplina Positiva y, por lo tanto, los castigos, en general, no tienen cabida en nuestra filosofía. Pero en este caso vamos a centrarnos en la famosa silla de pensar y os daremos los argumentos por los que consideramos que no debería usarse

1. Es un castigo

Se maquilla de necesidad de reflexión pero no es más que un castigo como los de toda la vida. Porque lo de llamarla “de pensar” es solo un disfraz para intentar diferenciarla de lo que antes era “a tu habitación castigado” o “mirando contra la pared”, cuando, en realidad, sigue siendo lo mismo. “No me gusta lo que has hecho, así que ahora te quedas ahí quieta, callada y sola hasta que yo diga”. Una imposición adulta aplicada como sanción a una conducta sin derecho a réplica. Resumiendo: un castigo. Con un maquillaje de mal necesario, pero castigo, al fin y al cabo.

 

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2. Se asocia pensar con algo negativo: Castigado a pensar

Cuando debería asociarse a lo contrario. Fomentar la reflexión debería ser algo que nos planteáramos como objetivo educativo, no como castigo. El pensamiento crítico se fomenta cuando creamos un clima en el que todas las ideas pueden ser expresadas desde el respeto; cuando cualquier punto de vista puede ser cuestionado, incluido el de las personas adultas. Mientras pensar se siga asociando con “siéntate ahí a pensar hasta que pienses lo mismo que yo, me des la razón y te disculpes”, flaco favor le estamos haciendo a la capacidad de pensamiento de nuestras hijas e hijos.

 

 

3. Se rompe la conexión, que tan necesaria es para educar

Cuando el sistema es jerárquico, aunque pasemos del “porque lo digo yo y punto” al “yo decido que lo que has hecho está muy mal y que te vas a sentar un rato a pensar y ya después, si acaso, te escucho”; puede que nos sintamos mejor tras la excusa de estar invitando a la reflexión pero, en el fondo, estamos actuando desde la misma posición de superioridad, desde donde se juzga, se dicta sentencia y se imponen sanciones. Y nadie se siente conectado emocionalmente cuando se siente enjuiciado y castigado.

4. Se produce desamparo emocional

Cuando un niño o una niña se “porta mal” normalmente es porque lo está pasando mal, ha perdido el control porque se siente desbordado/a. Antes de los tres o cuatro años, no tienen capacidad para gestionar sus emociones en estas situaciones sin acompañamiento. Y es en el momento en que más vulnerables se sienten, cuando más necesitan nuestra guía y nuestra compañía; cuando les dejamos en soledad, con el desamparo que implica a estas edades sentirse sola/o en un momento de explosión emocional. 

 

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5. No produce ningún aprendizaje útil

Una niña de dos, tres, cuatro años… que es “invitada” a sentarse en una silla para pensar en lo que ha hecho no tiene ni la experiencia vital ni la capacidad de análisis y reflexión necesarias para hacer nada productivo con ese tiempo; por lo que, como mucho, aprenderá a repetir frases vacías del tipo “me he portado mal” o “no lo volveré a hacer” para contentar a la persona adulta de referencia. Con suerte, la conducta se extinguirá hasta el día siguiente. Y no será porque la niña sea incorregible, sino porque las herramientas conductistas no son eficaces a largo plazo

6. No respeta su necesidad de movimiento

Las niñas y los niños son, por definición, movidas/os. Ese torbellino de energía que derrochan llena nuestras casas de alegría y sobresaltos a partes iguales. Es bastante probable que lo que se ha considerado un mal comportamiento tenga su origen en la necesidad de movimiento no satisfecha que se da en muchas clases de Educación Infantil, por ejemplo. Y el foco del origen del problema no puede ser parte de la solución. El mejor argumento que he escuchado jamás sobre este tema se lo oí a un niño de infantil que le dijo a su maestra: “Seño, no hace falta que me siente, yo sé pensar de pie”. Nada más que añadir.

 

 

7. Se perjudican las relaciones entre iguales

Si la conducta por la que se castiga está relacionada con un conflicto entre iguales, la tensión crecerá; puesto que, a las diferencias ya existentes, se sumará el malestar que genera el castigo, que se asociará al conflicto mantenido con la otra parte. Es probable que en el pensamiento infantil se traduzca en algo así como “me tiene harto y, encima, por su culpa, me castigan a mí”. Definitivamente, no es lo que necesitan para acercar posturas.

Y, si no usamos la silla de pensar, ¿qué alternativas hay?

Cada vez son más las corrientes educativas que nos ofrecen alternativas respetuosas a los castigos de toda la vida. En Disciplina Positiva apostamos siempre por el enfoque en soluciones. Algunas herramientas respetuosas para desterrar de nuestras aulas y nuestras vidas la silla de pensar podrían ser el rincón de la calma o la mesa de la paz.

 

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1 comentarios en "Siete motivos para no usar la silla de pensar"

  1. Excelente información, útil y precisa.
    Gracias!

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