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¿Qué hace falta para ser una buena madre?

Los 5 puntos que dicen los niños que una madre debe cumplir

Desde hace unos años, nos reservamos unos minutos justo antes de dormir, mis hijas y yo; instantes fugaces destinados a expresar algo que deseemos compartir. Lo hacemos ya en la cama, abrazadas y con las luces apagadas, las tres. Este espacio de intimidad a oscuras parece liberarnos de posibles juicios y nos sentimos relajadas y escuchadas mutuamente.

Generalmente comentamos algún suceso que nos ha acompañado durante todo el día y que, por algún motivo, necesitamos soltar. A veces, se toma forma de disculpa, anécdota o reflexión. Se ha convertido en una especie de ritual de confianza, un refugio. Tanto es así que cuando lo dejamos correr, lo echamos a faltar y ellas lo reclaman noches después. Ese oasis nos conecta y nos lleva de la mano al sueño.

Hace unas noches, la mayor, en su turno, me sorprendió con una pregunta: “Mamá, ¿quieres que te diga lo que hace falta para ser una buena madre?” Callé unos instantes, la pequeña ya dormía. Conociendo sus reflexiones, tomé aire y le pedí que continuara.

 

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“Debe tener 5 cosas: confianza, paciencia, optimismo, control y amor”. Permanecí en silencio unos instantes más,  sosteniéndola, pero mi corazón se aceleró. Tuvo que notarlo con su rostro apoyado en mi pecho. Cuando me recompuse, traté de asumir mi responsabilidad ante ella preguntándole cómo lo llevaba con esas expectativas. Puesto que era evidente que si valoraba esas cualidades era porque las conocía y reconfortaban, del mismo modo, que la carencia de ellas la habría llevado a otorgarles ese gran valor.

“Tranquila, eres una buena madre” respondió con cierta condescendencia, tal vez. Y me besó a oscuras arrojando su brazo alrededor de mi torso. Fuimos desenmarañando esa madeja que había destapado, fue una conversación breve pero un tesoro. Como podéis imaginar, resuena en mí a diario.

CONFIANZA, la base de las relaciones íntimas, de los lazos estrechos, de la estructura familiar y las relaciones humanas que nos sostienen. Qué gran valor. A veces, es cierto, no confío plenamente en ellas, o no he actualizado en mi conocimiento su gran desarrollo y resiliencia.

Me sorprenden a menudo con sus reacciones ante pequeños retos, cuando salen de su zona de confort y se tambalean pero acaban planeando e incluso culminan con un gran vuelo. A veces, no confío en mí, en mi capacidad de escucha activa y acompañamiento.

A veces, soy demasiado pragmática y me dejo manejar por el ritmo del día, relegando la magia de lo fugaz e improvisado, que nos otorga vivir en la confianza. Sin duda, la confianza mutua, debe cultivarse y honrar en la relación madre e hija.

PACIENCIA, la paz a tiempo. Las prisas nos condenan a perdernos grandes momentos y difuminan las relaciones con los hijos. El estrés que supone deber ceñirnos a determinados horarios está claramente reñido con el ritmo pausado de nuestros hijos.

A menudo no disponemos del tiempo necesario para que realicen sus labores y colaboren en el día a día, mermando su autonomía y, queramos pensar que no, su autoestima.

A veces, deseamos que el tiempo pase demasiado rápido, verles sentarse, hablar, caminar, etc. y no nos entregamos a la quietud de sus propios tiempos, su desarrollo sutil y constante, continuamente impulsados a unificar su ritmo con el nuestro. Insano, incluso para nosotros. Las prisas nos hacen sufrir, a grandes y pequeños. Alabar la grandeza de sentarse en el camino y observar. Cultivar la paciencia merece la pena, es indiscutible.

OPTIMISMO, la capacidad de avanzar sin estancarnos en los temores, calibrando el peligro pero sin mermar nuestra voluntad. Desarrollar la habilidad de apoyarse en los puntos fuertes, tomar impulso sin decaer. Qué maravillosa virtud para fomentar quiénes nos encontramos cuidando y educando a otras personas. No me considero una persona especialmente optimista, suelo medir las diferentes opciones y la propia falta de confianza o medios me lleva a desistir o desanimarme.

 

 

Sin embargo, escuchando las palabras de mi hija, valoro mi iniciativa en varios aspectos y me descubro mucho más vital y positiva de lo que asumo. A veces, desligarse de las propias etiquetas supone un gran reto. Tal vez no sea demasiado optimista pero continúo construyendo e ilusionándome y recupero la confianza para volver a empezar.

Ella me hace valiente. El optimismo, bien enfocado, sin menospreciar ni vivir en un mundo ideal (e irreal), es crucial para avanzar y lograr llevarnos allá donde soñemos.

CONTROL… el golpe más duro. Porque en ese control se engloban muchas acciones y, en especial, reacciones. Controlar los impulsos y guiarse por una disciplina positiva puede suponer un gran reto. Especialmente cuando estamos derrotadas, cuando llevamos horas o días nadando hacia adentro y nos requieren fuera, a menudo, con una urgencia que no comprendemos.

Controlar cada situación va más allá de poner límites y mantenernos firmes en ellos, más allá de negociar, conversar y fijar una normas de convivencia válidas y aceptables que garanticen nuestro bienestar. Controlar también implica no perder los nervios y desbordarse.

Me desmonta esta virtud porque es una prueba evidente de que conoce mis enfados y ha considerado que no se ajustan a los hechos o a su percepción de lo sucedido. Entiendo que, en ocasiones, habrá recibido mis palabras o gestos como ofensivos y lo habrá encontrado injusto.

Días después, charlamos acerca de la frustración, la rabia y la ira. Llegamos, de manera conjunta, a valorar ese control como la predisposición para ajustar nuestras reacciones a los hechos, tratando de centrarnos en lo que ha ocurrido en ese preciso instante para así evitar que otras cargas nos colapsen.

Esta intención por contenernos pasa también por asumir la responsabilidad de colaborar unos con los otros dentro y fuera de casa, aligerando la carga física y emocional del resto, en la medida que podamos, e implicándonos en la medida que deseemos hacerlo. El control, imprescindible, tratar de no percibirlo como una amenaza sino como quién toma las riendas de su vida y valora sus relaciones.

 

 

AMOR, ¿qué decir del amor? El amor es la base más firme e indestructible de nuestra relación. El amor, pudiendo adoptar diferentes formas, se encuentra presente en cada pensamiento, acto o decisión que tomamos acerca de nuestros hijos.

Es el motor para continuar y emprender nuevos proyectos y el remanso de calma que compensa nuestra entrega y dedicación. El amor nos mantiene la ilusión intacta y regenera las fisuras. Alimenta el alma, nutre todos los espacios y nos recuerda el porqué de la existencia.

–¿Por qué me quieres tanto hija?
–Porque me comprendes, me escuchas y me dices cosas bonitas. Y tus palabras y besos me ayudan cuando me encuentro en situaciones difíciles.

Al final, el amor, tal vez sea sentirnos acompañados, siempre, por el cariño y apoyo que otras personas nos profesan. Íntimamente vinculado a la comprensión y el respeto. El amor, la fuerza que permite que el mundo gire.

Desde aquella noche, estos cinco puntos se han convertido en una conversación recurrente. Nos ayudan a situarnos, a identificar  emociones y reconducir la situación.

Por cada una de estas cinco cualidades le debo un agradecimiento y una disculpa. Difícil saber quién ayuda a crecer a quién, nuestros hijos nos engrandecen.

 

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1 comentarios en "¿Qué hace falta para ser una buena madre?"

  1. Maravillosa y acertada reflexión….. Con tu lenguaje esquisito…. Heredado de tu

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