Adolescentes: Terapias de aceptación y compromiso

La adolescencia es una etapa de tránsito hacia la edad adulta y búsqueda de identidad que tiene una importante carga emocional para toda la familia

La infancia es un periodo muy breve de la vida de nuestros hijos e hijas, y al final… la adolescencia llega. ¡Y antes de lo que somos capaces de imaginar! Esta es una etapa de la vida del ser humano que en ocasiones puede resultar disruptiva. En psicología hay modelos terapéuticos útiles para adolescentes que resultan especialmente eficaces a la hora de ayudar a nuestros-as hijos-as en su tránsito hacia la madurez.

El papel de los progenitores en la adolescencia

Muchas veces no reconocemos en esos adolescentes «malhumorados» y encerrados en sí mismos a los niños y niñas que hace nada eran nuestros-as hijos-as, nos resulta especialmente difícil conectar con ellos y nos preocupan las decisiones que pueden llegar a tomar en solitario.

La adolescencia es una etapa que revoluciona tanto a los niños como a sus familiares, pero es un período necesario e inevitable para su transición hacia la vida adulta. Es lógico que puedan surgir conflictos, situaciones o incluso lo que podrían parecer cambios radicales de personalidad. Al fin y al cabo, los y las adolescentes están buscando desarrollar su propia identidad.

 

 

Como madres y padres, debemos aprender a lidiar con nuestra propia sensación de pérdida de control sobre la vida de nuestros-as hijos-as e irles «soltando» poco a poco. Es muy humano que al principio las familias se preocupen… «¿Sabrá cuidarse mi hija?», ¿Le hará daño su primer amor a mi hijo?», «¿Tomará las decisiones más adecuadas?».

En este contexto, el papel de los progenitores es en ocasiones complicado, y gestionar todas estas emociones en sí mismos y en sus hijos requiere, a veces, de ayuda. Hoy hablamos de un enfoque interesante para hacer terapia con adolescentes, si fuera necesario: las terapias de aceptación y compromiso.

Estas ofrecen a los y las adolescentes herramientas útiles para afrontar sus problemas y nos preparan como progenitores para ser un apoyo capaz, eficaz y eficiente durante su adolescencia, desde el acompañamiento respetuoso, basado en el amor y la empatía.

Las terapias de tercera generación

Las terapias de aceptación y compromiso son terapias contextuales. Estas tienen su base en la filosofía, y estudian a la persona y su conducta dentro de un contexto, como su propio nombre indica, y no de forma aislada. Se consideran aspectos tales como la conducta verbal de cada persona, su ambiente o los valores que tiene.

 

 

Forman parte de las llamadas terapias de tercera generación. Este tipo de terapias se engloba dentro de lo que se denomina terapias cognitivo-conductuales (o, más bien, parten de este paradigma). El psicólogo clínico estadounidense Steve Hayes fue el primer autor en exponer este resurgir en 2004.

Denominó a estas terapias de tercera ola o de tercera generación con el objetivo de diferenciarlas de las terapias anteriores. Resumiendo mucho, podemos decir que las terapias de primera generación serían las técnicas conductistas (ponen el énfasis en el entorno) y las de segunda generación, las cognitivo-conductuales (ponen el énfasis en la interpretación subjetiva que de cada experiencia hace cada sujeto) .

Las terapias de tercera generación se plantean nuevos tratamientos que se fundamentan en principios conceptuales algo diferentes a los anteriores. El énfasis se pone ahora en factores, asuntos y temas de corte más humanista-existencial. Digamos que añaden más variables a la ecuación que representa el complejo equilibrio de nuestra salud mental.

 

 

Para las terapias de tercera generación el entorno, los pensamientos, el lenguaje, los vínculos e incluso otras dimensiones como la ética y los valores que poseemos, influyen en nuestros procesos psicológicos y, por tanto, deben ser recogidos por sus técnicas.

¿Qué caracteriza a estas terapias y por qué debería considerarlas para mi hijo-a adolescente?

La Terapia de aceptación y compromiso (ATC) es uno de los principales tipos de terapias de tercera generación desarrollados hasta el momento. Fue una de las primeras en surgir y reúnen todos los conceptos que hemos expuesto anteriormente. La aceptación es el proceso que da nombre y delimita la ACT. Consiste en abrirse a la experiencia de los pensamientos, sentimientos, emociones y sensaciones sin hacer nada para que desaparezcan, sino aprendiendo a transitarlos.

 

 

En primer lugar, se caracterizan por el contextualismo funcional. En este tipo de terapias los y las terapeutas usan el contexto vital del sujeto para provocar cambios. Para ello, tendrán muy en cuenta aspectos de la vida diaria del paciente como a qué se dedica, dónde trabaja, dónde vive, con quién se relaciona…

También el lenguaje se considera un importante motor de cambio. El lenguaje del paciente se tiene en cuenta porque puede potenciar los propios conflictos. El del terapeuta, porque puede modular y modificar patrones desadaptativos del paciente. En este tipo de terapia es frecuente que el psicólogo o la psicóloga señale citas literales nuestras. Lo que pretende es que nos paremos a analizar lo que decimos y, por tanto, lo que nos decimos a nosotros-as mismos-as en nuestro diálogo interno.

Otra aspecto importante es que se abandona el concepto de “lucha con nuestros síntomas o problemas”. No luchamos contra nuestra ansiedad, porque eso sería luchar contra nosotros-as mismos-as y eso no nos ayuda a comprender nada. No debemos estar tan orientados a eliminar nuestro malestar psicológico como a entender su origen y funcionamiento. Es decir, debemos darle legitimidad y aprender a relacionarnos con nuestro malestar y transitarlo, porque es el primer paso para que todo mejore.

 

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La aceptación es un pilar fundamental en este tipo de terapia. Muchas veces la causa de nuestro sufrimiento está en aquello que no aceptamos, aunque no dependa de nosotros y/o no lo podamos cambiar. Los psicólogos y las psicólogas ofrecen habilidades dirigidas a aceptar lo que no se puede cambiar, y cambiar lo que es susceptible al cambio.

Por último, el objetivo de la terapia no es tanto la desaparición de los síntomas típicos del malestar, sino la consideración de otras metas más globales como el ajuste psicosocial, la calidad de vida, la recuperación de la autonomía perdida o no desarrollada o la propia realización personal y vital. Es lo que se denomina despatologización.

Adolescencia: la búsqueda de la propia identidad

La adolescencia es una etapa de búsqueda de la identidad con importantes cambios físicos y emocionales. En esta fase de la vida de nuestros-as hijos-as hay cambios, conflictos, deseos, miedos, crisis y, sobre todo, transformación. Con la adolescencia comienza una etapa de búsqueda de nuevos caminos y toma de decisiones.

 

 

No es de extrañar que todo esto se viva con cierta inseguridad y miedo a lo desconocido. También con cierta tensión y resistencia al cambio. Construir o desarrollar la propia identidad no es una tarea fácil. Una de las consecuencias que conlleva es ver (o interpretar) la realidad de otra manera y crear vínculos nuevos o modificar los que ya existían. Entre ellos, los de la propia familia.

La «independencia» de los padres es uno de los primeros cambios importantes del adolescente. Los progenitores debemos asumir que los-as adolescentes se van a «distanciar» de nosotros y que también nosotros y nosotras tenemos que cambiar algunas conductas con respecto a nuestros-as hijos-as adolescentes. Por ejemplo, dejar de protegerles de la misma forma en que lo hemos hecho mientras eran niños.

Así facilitamos que nuestros-as hijos-as tengan la libertad y autonomía suficientes como para desarrollar nuevas capacidades. Por ejemplo, el autocuidado. Por supuesto, seguiremos intentando evitarles riesgos y prestándoles apoyo y acompañamiento, pero debemos hacerlo a una distancia cómoda para nuestros hijos e hijas, desde la cual sientan que tienen la libertad de desenvolverse por sí mismos y no sentirse «enjaulados».

 

 

Nuestros-as hijos-as se enfrentan a sus primeras vivencias y experiencias como seres humanos autónomos. Ahora, aunque eventualmente nos consulten, toman sus propias decisiones y establecen sus propios vínculos de confianza con las personas que ellos-as mismos-as eligen. Como consecuencia de todo ello, la adolescencia de nuestros hijos e hijas es una etapa con una enorme carga emocional para toda la familia.

Los «problemas» de la adolescencia

A medida que tanto progenitores como hijos-as van tomando conciencia de esta nueva situación, comienzan a surgir las primeras reacciones por ambas partes, tanto de padres como de los hijos, y estas dependen de muchos factores… De la personalidad y las circunstancias de cada uno de ellos, del mayor o menor equilibro psicoemocional de los padres y el/la adolescente, de cómo haya sido la relación entre los progenitores y los hijos durante la infancia, de si los padres han estado presentes, si han sido un referente en la infancia, de la flexibilidad psicológica para adaptarse a los cambios, de las características socioculturales y el entorno de la familia, de su capacidad de resiliencia

 

 

Las características propias del adolescente también influyen enormemente. Por ejemplo, un chico muy dependiente probablemente necesitará buscar apoyo en otras relaciones, ya que se aleja de la relación con sus progenitores pero, a su vez, necesita sentirse aprobado. En cambio, una chica que no ha tenido un apego fisiológico con sus progenitores, tal vez cuestione las figuras de autoridad, etc. Cada adolescente es único y cada adolescencia es un proceso individual.

La niñez y la adolescencia son épocas difíciles y de transición entre diferentes etapas, que están llenas de cambios físicos, sexuales, psicológicos, sociales… Un contexto que supone un caldo de cultivo que facilita el incremento de conductas problemáticas como trastornos depresivos, ansiedad o estrés.

 

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Por otro lado, los-as adolescentes de hoy en día tienen siempre un móvil o una tablet bajo el brazo y reciben una influencia directa de las redes sociales: Facebook, Instagram, WhatsApp, YouTube, Spotify, influencers, YouTubers, Netflix… Internet es su fuente directa de información y a veces incluso sustituyen al diálogo con los progenitores.

Hay cambios de paradigmas a nivel familiar, social y cultural que influyen en la salud psicológica y emocional de los-as adolescentes que, en esta etapa de sus vidas, puede que nos provoquen, nos desestabilicen, nos reten, nos cuestionen… En este contexto, a veces es deseable buscar ayuda profesional.

Las terapias de aceptación y compromiso en la adolescencia

La terapia de aceptación y compromiso se considera una de las terapias contextuales más completas. Tiene una base empírica y la ayuda que presta tanto al niño o al adolescente (y, por supuesto, a su familia), está demostrada científicamente. Se centra, sobre todo, en la raíz del problema, planteándose cuestiones tales como las preocupaciones de nuestro-a hijo-a, por qué está pasando, qué le impide vivir plenamente, cuáles son sus inseguridades y miedos, cómo se siente por dentro o si presenta algún tipo de trastorno como conducta desafiante, trastornos sociales, problemas de concentración o TDA-H, fobias, miedos, ansiedad, apegos insanos, secuelas por situaciones traumáticas, problemas de fracaso escolar, de atención y concentración…

 

 

Este tipo de terapia proporciona al adolescente herramientas para que pueda gestionar sus experiencias vitales con muchos más recursos. Le enseña, en primer lugar, a reconocer sus estados emocionales. No solo lo que siente, sino también lo que piensa sobre ello y cómo interpreta sus recuerdos, sensaciones, emociones… Es un proceso gradual en el que se le enseñarle a reconocer sus propios eventos internos. Una vez resuelto, se le enseña cómo distanciarse para darse cuenta que él no debe identificarse con ellos, porque son eventos vienen y van, pero él/ella siempre está ahí. Es decir, el objetivo es ayudarle a desarrollar un «Yo observador».

 

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A continuación, se trabaja para aumentar su flexibilidad psicológica. Se le enseñan las consecuencias de sus conductas a corto y largo plazo. Durante todo el proceso, el adolescente estará siendo acompañado y ayudado, pero él o ella será el verdadero protagonista.

El objetivo es que, finalmente, aprenda a entrar en calma necesaria para evaluar cada situación y tomar decisiones de forma consciente. De hecho, se hará consciente de las cosas y personas que son realmente importantes para él/ella, de sus valores, deseos, necesidades, prioridades… Y adquirirá nuevas conductas alternativas a las que resultaban nocivas. De esta forma orientará todas sus decisiones a sus valores, metas o ilusiones.

 

 

Estas terapias tratan de ofrecer resultados a corto plazo y producir cambios sustanciales y permanentes, que duran toda la vida. Culminan con un «compromiso» con el propio bienestar personal. Así, por más que se encuentren con obstáculos, problemas o dificultades, tendrán recursos para regresar siempre de vuelta: al camino que le lleve hacia sus valores y principios.

Por supuesto, muchas veces se saldrá de ese camino. ¡Todos y todas lo hacemos! Al fin y al cabo, el error es la base del aprendizaje. Pero con ese compromiso y las herramientas adquiridas durante la terapia, el/la adolescente podrá volver a encaminarse en dirección a sus valores y objetivos vitales.

 

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5 agosto, 2021

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