Posparto: un océano desconocido

Lo verdaderamente importante empieza cuando el bebé nace

Cuando sentí que estaba embarazada, aquel primer cambio inusual en mi cuerpo apenas perceptible, me invadió una inmensa dicha. Se me vistió el rostro con la sonrisa más amplia a la vez que acunaba mi vientre con las manos. En todos los casos, cada una de las veces.

Desde esos primeros instantes hasta que sostienes a tu hija, el mundo parece llevar otro orden, otra cadencia. Especialmente la primera vez, al menos en mi caso, puesto que un estilo de vida sereno y con obligaciones limitadas permite que te centres más en tus sensaciones. Lo cual es maravilloso. Creo que toda embarazada debería disponer del tiempo suficiente para transitar la etapa con calma, consciencia y seguridad.

Considero que, actualmente y de manera general, nos sentimos empujadas a mantener un ritmo muy por encima de lo ideal tanto en el seno familiar, que obviamente será más flexible, como en el plano social y laboral. Este panorama nos brinda pocas oportunidades para conectar verdaderamente con nuestros bebés mientras nos habitan y reduce las opciones de poder informarnos de manera adecuada de cara a las etapas que vienen después.

Porque mientras estás embarazada, ese estado lo es todo. Recibes el afecto y la atención de quienes te rodean y las miradas amables de quienes comparten el andén. Y ese cariño envolvente te ayuda a sentirte importante y valiosa por lo que estás haciendo.

Mi primera vez

Durante mi primer embarazo viví en la confianza absoluta: confiaba en mi cuerpo de mujer para gestar la vida que ocupaba mis entrañas, confiaba en mi capacidad para poder parir y amamantar y me sentía capaz de afrontar el gran cambio que iba a suponer ser madre a todas las escalas. Confiaba en la vida.

 

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Me informé especialmente acerca del parto y la lactancia; sabía que, a pesar de ser aspectos inherentes a mi condición, la falta de referencias reales jugaba en mi contra. Y efectivamente, el parto puede convertirse en un episodio hostil y la lactancia no resultar tan sencilla, en la práctica no en esencia, como acercar a tu bebé al pecho.

Debe darse un aprendizaje y, en el entorno, obtener y respetar unas condiciones óptimas para ello. Son de los momentos más determinantes en la vida de una madre, los cuales con un asesoramiento adecuado (y la confianza, esa confianza que nunca flaquee), resultan enormemente gratificantes.

No obstante, entre tanta atención a la tripa, a reestructurar el espacio familiar, a indagar en lo que necesita un bebé, lo que realmente necesita aparte de tu cuerpo, a afrontar el momento decisivo del parto y poder instaurar la lactancia con éxito, se me pasó algo fundamental. Hubo un aspecto que no tuve presente con toda su perspectiva: el posparto.

Lo que aprendí y lo que debí aprender

Amigos y familiares nos advirtieron acerca de las noches sin dormir, el cansancio acumulado, los cambios de pañales, los trayectos en coche, las rabietas… en fin, el pack clásico. En las clases de preparación al parto tampoco obtuve gran información: compresas, ropa interior desechable y colorete “que las recién paridas estáis muy pálidas y necesitáis subir el ánimo”. Asombroso, ¿verdad?

No obstante, nadie me habló del momento tan profundo que supone el posparto inmediato y su prolongación durante todo el puerperio. Por eso me resultó impactante y fascinante por igual. Tan sólo en una ocasión, una mujer maravillosa comentó que vivimos el embarazo como si con el parto todo acabase y, en realidad, ahí es cuando todo comienza. Esa frase resonó en mí muchas veces cuando transitaba esa etapa. Aún hoy la recuerdo con una sonrisa. Había que vivirlo para comprenderlo.

Y llegó mi niña

De modo que cuando nació mi hija, mi cuerpo aún seguía latente, mis órganos se esforzaban por recuperar la normalidad mientras mis pechos se cobraban el mayor protagonismo. El esfuerzo físico y la repercusión emocional del parto me dejaron conmovida durante semanas.

Recuerdo unos instantes a solas con mi hija, la madrugada en que nació, sobrecogida por la sensación de asombro y plenitud a causa la experiencia vivida. Me parecía increíble que algo que sucede a diario miles de veces no gozara de mayor importancia en nuestra sociedad. Paralizada por cómo había reaccionado mi cuerpo, abriendo paso, el momento tan primitivo que es en realidad, y lo alejado que se encuentra de los estereotipos que conocemos.

Me encontraba sudorosa, sangrante, molesta y a la vez en una nube. Pronto comenzaron las visitas y ahí te das cuenta de que esa vivencia que has percibido como poderosa y empoderante no es gran cosa para el resto. Tu bebé ya está aquí y debe ser honrado y querido por todos. Pero, de algún modo, tú también estás ahí, con toda aquella maravilla visceral que estás sintiendo y padeciendo a la vez y que no encuentra su lugar en ese tumulto de arrumacos y convencionalismos hacia el bebé.

Con la vuelta a casa esa sensación de no ir acorde a las circunstancias no hizo más aumentar. Tanto mi pareja como yo debíamos tomar el pulso a los nuevos horarios, acostumbrarme a dormir cuando lo hiciera mi hija y a comer con ella en los brazos. Las tareas de la casa, la compra, las visitas, los consejos y comentarios… yo sólo deseaba tumbarme y alimentar en calma a mi cachorra, cubrirla de abrazos y besos, dormir pegadas, olerla y mirarla: vivir entregada a nuestros impulsos, vivir en la atemporalidad.

La naturaleza del momento me pedía frenar en seco y, puesto que no me permitía hacerlo por motivos externos, fue mi cuerpo quién lo hizo para devolverme al instante en el que perdí el rumbo. Enfermé y eso me hizo tomar las riendas de mi maternidad. Poner límite a las visitas y gestionar la ayuda que nos ofrecían, que generalmente era para tomar al bebé en brazos mientras yo podría limpiar la casa, darme una ducha o descansar, cosas que no hacía ni deseaba hacer.

Necesito cuidarla… yo

Expuse claramente que mi necesidad era estar junto a mi hija y que de buen grado aceptaría ayuda para las tareas y para atender a las visitas que teníamos en casa. En especial, con mucho tacto, solicitamos respeto hacia nuestro espacio e intimidad.

Entonces todo brilló de nuevo como cuando miré sus ojos por primera vez. Fue un momento muy duro por el choque social que esto supone, sin embargo, sé que fue decisivo para nosotras: la lactancia fluyó y mi nivel de estrés, elevado a causa de ir en contra de mis latidos, se rebajó considerablemente.

Durante estos años, volviendo la vista atrás, he tratado de regresar a aquellos primeros instantes sin otra intención que la de abrazarme. Sin palabras, sin juicios.

Desde ese lugar, mi lugar, pude adentrarme sin resistencia en la parte más profunda del posparto, la que más me impactó, por inesperada. Emocionalmente me sentía desbordada. Lloraba de amor contemplando a mi hija, literalmente. Y de su mano recorrí mi propia infancia, sintiéndome agradecida y en deuda con algunas personas por el cuidado y el amor incondicional sostenido durante tanto años hacia mí.

Al mismo tiempo, sentía rabia e impotencia por otros tantos instantes. Encontrarme sacudida por ese huracán de emociones resultó duro a la vez que necesario y valioso. Supuso una oportunidad para lamer viejas heridas y devolver toneladas de amor. Poco a poco, aquella intensidad se fue diluyendo y los días comenzaron a trenzarse con mayor suavidad.

Gracias, cariño

Deseo compartir que en todo momento conté con el apoyo de mi compañero, quién se mostró comprensivo y cercano ante mis peticiones, reconociendo la necesidad que ambas teníamos de mantenernos en una burbuja.

Él cuidó de ese espacio, paciente, sin intromisiones, amoroso, susurrándome su confianza en mí. Sin su ayuda y sostén no hubiera sido posible. En ocasiones, ha reconocido su fascinación ante lo que presenciaba, cómo la esencia más animal e instintiva se había apoderado de nuestro hogar y cómo el contemplarnos libres y liberadas para hacer en cada pequeño gesto supuso para él un verdadero espectáculo de armonía y amor.

Belleza en estado puro.

¿Hablamos del posparto?

En Criar con Sentido Común consideramos que el posparto es una de las etapas más olvidadas de la maternidad, y en realidad una de las más importantes, si no la que más. Es el momento en el que mamá y bebé se conocen, y juntos tienen que lidiar con una sociedad que va demasiado rápido, y que a menudo no comprende lo que ese pequeño dúo de personas, mamá y bebé, está viviendo.

Por eso os queremos ofrecer este Seminario Online, “Luces y Sombras en el posparto“, impartido por la matrona Esther Esteban, al que os podéis apuntar haciendo clic en la imagen:

Recordad que este y los demás seminarios que ya hemos impartido los podéis ver sin coste añadido si formáis parte de la comunidad “Criar con Sentido Común”.

 

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6 comentarios en "Posparto: un océano desconocido"

  1. En muchos aspectos me siento identificada, gracias porque con estas publicaciones haceis que madres primerizas,asustadas por los cambios y/o sensaciones se sientan identificadas y con ello disminuya su grado de estrés haciendo más feliz y tranquila esta etapa para algunas tan estresante y desconocida.

  2. MARAVILLOSO!!

  3. Totalmente identificada, aunque he de decir que para mí personalmente toda esa experiencia se ha potenciado muchísimo más tras el segundo parto. Emociones muy intensas y muy inesperadas a la vez, con la pequeña recién llegada y con su hermano de 5 años que aún está reaccionando.

    • Gracias por compartir tu experiencia. En efecto, son sensaciones que pueden aflorar con el puerperio independientemente de si es la primera vez. Con mi segunda hija, extrañé esos instantes tan intensos y con tanto potencial. Un saludo.

  4. Gracias por compartir tu experiencia. Me recuerda TANTO a la mía!!!

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