Por qué lo de “déjalo llorar para que duerma solo” debe pasar a la historia

O cómo el tema del sueño infantil se convirtió en un negocio

Siempre me ha parecido muy curioso por qué una cosa tan íntima como cómo o con quién duermes sea un tema muy común de conversación cuando llegas a la pa-maternidad. ¿Acaso esa gente que te pregunta o te critica está dispuesta a venirse a tu casa a pasar la noche contigo y echarte un cable si lo necesitas cuando realmente estás agotada/o?

Creo que muchos padres hemos oído hablar del método Estivill en alguna ocasión. La primera vez que escuché hablar de él fue precisamente a un chef de un restaurante japo cuando fui a una de las últimas cenas a solas con mi pareja en mi primer embarazo (¿os suenan esas cosas? ¡Qué tiempos aquellos!). Pues al verme la barriga, aunque había venido a interesarte sobre cómo estaba el pescado, en seguida se puso a preguntar de forma indiscreta si habíamos pensado cómo íbamos a tratar el tema del sueño, y muy emocionado nos contó el secreto de su éxito tras haber sido padre de gemelas y leerse un libro revelador.

Hago un inciso: no sé si esta fue peor que cuando la de la tienda de verduras me preguntó si el bebé había sido buscado o no (¿?¿?¿?¿?). Desde luego cuando te conviertes en mamá parece que no vuelves a tener intimidad nunca, ¡ni incluso cuando todavía no has dado a luz!

El caso es que, al poco tiempo de sucederme esta anécdota, recibí un regalo de mi primo que nunca olvidaré: eran dos libros, podríamos decir que completamente opuestos: “Duérmete niño” de Eduard Estivill, y “Bésame mucho” de Carlos González. Él y su chica aún no tenían hijos, pero hicieron el regalo de forma muy consciente para que yo pudiera evaluar corrientes muy contrapuestas en crianza, algo que me pareció muy acertado: me gusta ser libre para decidir.

 

 

Me leí los dos libros a la vez, comenzando por el que decían era tan milagroso, y alternando con el de Carlos González. La verdad es que como aún no sabía realmente lo que es ser madre, pues el primero me parecía que tenía “su lógica”. De hecho, antes de tener a mi hija entre mis brazos siempre pensé que era bueno que los padres afrontasen estos temas con mucha firmeza desde el principio, al igual que el no tomar mucho a los niños a los brazos para que no se malacostumbrasen o les “cogiesen la medida”.

Cuando leía a Carlos González me parecía muy coherente lo que decía, pero lo veía como más “blando”, por decirlo de alguna manera, y lo que proponía Estivill no parecía demasiado difícil y además aseguraba el éxito de su método, ¿por qué no probarlo?

Evidentemente no sabía todo lo que sé ahora, ni había estudiado sobre la primera infancia ni escuchado hablar de la exterogestación ni leído sobre la indefensión aprendida.

Nunca pude aplicar Estivill. Se me desgarraba el alma si escuchaba el llanto de mi hija, era como si apareciera mi instinto mamífero de proteger a mi cría. Pero sí tuve amigas que lo aplicaron. Lo que nadie sabía es que el propio autor se retractaría años después “aclarando” que su método no consistía en dejar llorar a los bebés.

¿Es el sueño infantil un problema?

El tema del sueño es ahora más que nunca una preocupación para los padres que vivimos en estas sociedades estresadas modernas. Seguramente hace unos años, cuando dormir varios miembros de la familia en una habitación era lo más común, no existía este problema, ni existe en otras culturas donde el colecho es lo habitual.

 

 

¿Y cuándo comenzó? Cecilia Tomori, Helen Ball, y Melissa Bartick, coautoras del estudio Bebés en cajas y los eslabones perdidos del sueño seguro: la evolución humana y la revolución cultural, indican que no fue hasta finales del siglo XIX cuando «los padres comenzaron a colocar a los bebés en habitaciones separadas y esperaban que durmieran toda la noche».

Empecé a comprender que el sueño era un proceso evolutivo que no hay que “enseñar” sino más bien respetar cuando cayó en mis manos el libro de Rosa Jové, “Dormir sin lágrimas”, y menos mal, porque llegó un momento en el que pensaba que realmente lo estaba haciendo mal con mi hija y comenzaba a escuchar críticas de todo tipo.

Esto además puede agravarse si los dos miembros de la pareja no ven las cosas igual o no opinan lo mismo en un tema tan crítico, e incluso si das con profesionales que consideran que lo mejor es enseñar a tu bebé a dormir solo, lo que unido a la falta de sueño puede convertirse en una bomba de relojería a punto de explotar.

Del mismo modo que todos los niños logran caminar o controlar esfínteres cuando han alcanzado la madurez adecuada, todos los niños terminan durmiendo solos antes o después, seguro que no conoces a ningún adolescente que quiera dormir con sus padres, ¿verdad? Bueno, excepto este caso insólito que contaba Armando el pasado día de los inocentes, que obviamente fue una broma.

Los padres, sobre todo cuando somos primerizos, tendemos a comparar a nuestros peques con los de los demás, entrando a veces en una especie de competición sin sentido tratando de alcanzar hitos en determinadas épocas. A veces nos dicen que el hijo de fulanita no se despierta en toda la noche, que se duerme solito, que ya no toma teta, que gatea, que camina, que come tal o cual cosa. Si el nuestro tiene una edad similar empiezan a entrarnos dudas, ¿lo estaremos haciendo bien? Cuestionamos una y otra vez nuestra forma de criar olvidándonos de que cada niño es un mundo y hay que respetar sus tiempos, y sobre todo, disfrutar de cada etapa.

Porque la verdad, despertarse con la carita del bebé pegada a la nuestra es una sensación preciosa que no durará mucho tiempo, ¿por qué no cambiar el sentimiento de culpa por el descanso merecido y la gratitud por poder disfrutar de ello? La presión social nos hace demasiado daño, y cuando acabamos de ser madres y tenemos las hormonas revolucionadas, el dolor es mucho mayor.

No hace falta enseñarles a dormir, porque ya saben

María Berrozpe, doctora en Biología, autora del Debate Científico sobre la realidad del Sueño Infantil, explica de forma muy clara que no hay que enseñar a los niños a dormir, porque hoy en día sabemos que el bebé ya duerme en el interior del útero, y está claro que nadie le ha explicado cómo tiene que hacerlo.

Estivill habla de «insomnio infantil por hábitos incorrectos», asegurando que el niño que con 6 meses no es capaz de dormir en solitario toda la noche tiene un problema, que si no se soluciona le causará trastornos de sueño en el futuro. Y esa amenaza está claro que asusta a cualquier padre, mucho más cuando se trata del primer hijo y todo nos pilla de nuevas.

 

A esto se suman las preguntas en la consulta del pediatra, que a veces indagan de forma indiscreta en nuestra forma de criar, y vuelve a aparecer la culpabilidad, ya que si no logramos que nuestro hijo duerma casi de seguido o con pocos despertares, esto puede afectar, según dicen, a su crecimiento o incluso a su desarrollo, así que es necesario que lo haga, “por su bien”.

Alberto Soler y Concepción Roger, en su libro Hijos y padres felices,  cuentan como en la Clasificación Internacional de Trastornos del Sueño de la American Academy of Sleep Medicine, clasifican como trastorno de las asociaciones al inicio del sueño el que un bebé necesite ser acunado, mamar o utilizar un chupete para dormir. Así pues, parece que todo lo que sea diferente a que el niño se duerma solo sin la ayuda de sus padres sería patológico. ¿Están todos los bebés del mundo enfermos?

Tal y como afirma Carlos González, «el trastorno de las asociaciones al inicio del sueño no es más que inventar un problema para cada solución». Y así nos va.

¿Cómo es entonces la evolución del sueño infantil?

Hoy la ciencia nos demuestra, como ya he dicho anteriormente, que los bebes duermen en el interior del útero, y tal y como explica Rosa Jové, a partir del séptimo mes de embarazo ya tienen claramente dos fases diferenciadas de sueño activo y pasivo.

Durante los primeros tres meses duermen un promedio de entre 14 y 20 horas al día, aunque aún no logran diferenciar el día de la noche, (ritmo ultradiano), y de hecho conocemos también la importancia de las tomas nocturnas.

Hacia los 3 meses ya pueden empezar a adquirir el ritmo circadiano (durmiendo más por la noche que por el día) y poco a poco van adquiriendo las distintas fases del sueño les permite hacer intervalos de sueño cada vez más largos, (aunque en ocasiones esto se traduce en un mayor número de despertares nocturnos).

Hasta los 7 u 8 meses el sueño del bebé está en un “periodo de construcción”, seguido de una etapa de maduración hasta que aproximadamente alrededor de los 6 años empieza a parecerse al sueño del adulto.

 

 

Así que una vez que sabemos esto, lo que tenemos que hacer es armarnos de santa paciencia y estar dispuestos a acompañar a nuestros hijos en este proceso de la forma más respetuosa que podamos, sin reproches, sin gritos y sin amenazas. Todos los niños lo logran antes o después.

¿Y las “soluciones mágicas?

El conductismo funciona, y además generalmente a corto plazo. Cuando a los niños se les deja solos una y otra vez para que “aprendan a dormir”, finalmente dejan de llorar y llamar a sus padres, porque terminan entendiendo que no van a acudir y acaban resignándose a aceptar esta situación. Pero, ¿qué sucede realmente?

Hace poco leí en una entrevista a la doctora María Berrozpe que un estudio realizado directamente sobre la aplicación a bebés de una técnica de adiestramiento, publicado por Middlemiss en el año 2012, demostraba algo preocupante: tras tres días de aplicación del método los bebés ya no lloraban cuando se les dejaba solos, pero los niveles de cortisol (la hormona del estrés) eran tan altos como el primer día (en el que sí lloraban). Sin embargo, en las madres sí se producía una disminución de cortisol al tercer día, comparado con el primero, ya que al no escuchar llantos, pensaban que todo estaba bien, y sin embargo, el bebé seguía sufriendo..

El desarrollo de los sistemas de respuesta al estrés de estos bebés adiestrados se ve afectado negativamente, pudiendo en un futuro tener más probabilidades de desarrollar patologías como la depresión o la ansiedad. Además, puede haber también un impacto sobre las capacidades cognitivas, así como sobre el sistema inmune.

El hecho de que los niños dejen de reclamar sus necesidades o se resignen a no pedir ayuda porque nadie va acudir cuando sienten miedo es algo mucho más peligroso.

La primera vez que leí sobre indefensión aprendida quedé realmente impactada. ¿Cómo es posible que a veces ocurran abusos (de cualquier tipo), en ocasiones durante años, y nadie diga nada? Tanto la víctima como los testigos cuando los hay.

Lo que vivimos durante la primera infancia es clave para nuestro desarrollo como adultos. Si desde muy pequeños se nos enseña a no quejarnos ante una situación en la que lo estamos pasando mal, esta creencia podrá permanecer en nuestra mente y jugárnosla en situaciones más graves. Podríamos extendernos mucho sobre este concepto que creo que es algo que todos los padres y educadores deberíamos conocer muy bien, pero os invito a que leáis este artículo de la excelente psicóloga Olga Carmona.

En algunas ocasiones se plantean soluciones que pasan por medicar a los niños, recomendando tratamientos disfrazados a veces como “remedios naturales” que incluso se pueden encontrar en los herbolarios. Otro super negocio, ya que según datos de la revista Nutrition Business Journal, los consumidores estadounidenses han incrementado casi en un 200% su consumo en suplementos de melatonina, (la conocida como hormona del sueño), comparando datos desde el 2010.

La Asociación Española de Pediatría reconoce que la melatonina puede ser eficaz para facilitar el inicio del sueño en casos en los que existe una alteración del ritmo vigilia-sueño, (nunca en bebés de menos de seis meses), pero advierte de que «en la actualidad los datos disponibles sobre los efectos secundarios a medio y largo plazo de su uso en niños son escasos».

 

 

El punto de vista de Carlos González respecto a este tema es muy aclaratorio. El efecto de estas sustancias naturales puede ser real o no. Si no es real, ¿para qué dárselo al niño? Y si es real, entonces estamos dando un somnífero a un niño, tan real como el que podríamos comprar en una farmacia, y esto sólo debería hacerse en casos muy puntuales y bajo estricto control médico.

Y ya parar cerrar el artículo, os hablaré de otro remedio mágico que me encontré el año pasado cuando estuve viviendo en México: los sleep coaches (“entrenadores del sueño infantil”), algo que aún apenas se conoce en España, pero que allí estaba viviendo un auténtico boom al haberlo importando de sus vecinos de los EEUU.

Estos profesionales ofrecen un servicio personalizado a cada familia, basado generalmente en la filosofía  y métodos de Sleep Sense, a través del cual proponen una serie de técnicas amables para que los pequeños puedan dormir solos sin la presencia o ayuda de los padres.

No puedo opinar porque no he probado personalmente estos servicios, pero lo que puedo contar es que estaban apareciendo como las setas tras un día de lluvia, otra figura más que se sube al carro de este lucrativo negocio.

Está claro que todos necesitamos descansar, la falta de sueño nos hace estar de mal humor, irritables y descentrados en el trabajo, y en casos de desesperación nos ponemos a buscar y podemos intentar probar cualquier cosa a ver si funciona. El problema es que la culpa no es de nuestros hijos, sino de los adultos, que hemos creado un sistema productivo que obliga al descanso nocturno, a la vigilia durante el día, y a cumplir con unos horarios que como madres y padres no parecen muy recomendables.

 

 

Hay niños que parecen angelitos y duermen bien casi desde el primer día sin necesidad de aplicar ninguno de estos “entrenamientos”, y otros que necesitan contacto o más tiempo de madurez. Mi consejo es que si empiezas a estar agotada/o pidas ayuda antes de llegar a una situación límite, que veas nuestros seminarios sobre cómo es la evolución del sueño en la infancia y cómo actuar si necesitas una solución (o lo leas en los libros) y que sobre todo no te sientas culpable, el mero hecho de cuestionarte este tema ya indica que te preocupas por tu peque, y estoy segura de que lo estás haciendo muy bien.

 

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