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Periodo de adaptación: el día que optamos por que nuestro hijo decidiera cada día si ir o no a clase

A veces los niños, incluso con tres años, nos dan grandes lecciones

Sucedió hace seis años, cuando mi hijo el mediano empezó el colegio. Es una historia que cuento a menudo para mostrar que hay adaptaciones a la dinámica escolar que son muy complicadas, que pueden llegar a poner en jaque la relación entre un niño y sus padres, y lo importante que es que desde el centro escolar se trabaje precisamente para que eso no suceda, para que los vínculos no se rompan, y para que cada niño y niña sienta que el cole, o que la escuela infantil, es un sitio genial al que ir a jugar y aprender mucho.

Decir, de antemano, que no lo cuento porque esté especialmente orgulloso de la decisión que tomamos, ni tampoco porque esté arrepentido. De hecho, es muy probable que si se hubiera repetido con el pequeño (que no sucedió, porque desde el primer día entró la mar de contento), lo hubiéramos vuelto a hacer.

Si lo cuento es porque me interesa hacer llegar a madres y padres, y sobre todo a la comunidad educativa, el daño que puede hacer a un niño y a su familia una mala adaptación, y cómo puede complicarlo aún más que, viendo que la cosa no va bien, no se individualicen las estrategias y se trabaje porque ese niño, y en realidad todos, vayan contentos al cole (o lo más contentos que se pueda conseguir, teniendo en cuenta que muchas veces se separan antes de estar preparados).

La adaptación no fue la adecuada

Todo empezó en el periodo de adaptación. Fue un periodo de tres días, poco rato cada uno de ellos, para luego pasar al día completo a partir del cuarto. No en todos los centros se hace así, pero sí en muchos.

El caso es que en esos tres primeros días, y de hecho en la primera semana, madres y padres entrábamos con los niños y niñas, les animábamos a que se lo pasaran bien, jugábamos un ratito con ellos y cuando veíamos que estaban bien nos despedíamos.

Aran, mi hijo, no entraba muy convencido, pero con esta estrategia, más o menos, parecía que estábamos consiguiendo que viera que no era tan terrible estar un rato sin nosotros.

Pasada la primera semana cada vez eran menos los padres que se quedaban con sus hijos. Unos estaban más contentos, otros más nerviosos, y Aran seguía teniendo sus reservas con lo de quedarse toda la mañana, y luego por la tarde otra vez.

Me di cuenta de que entrando con él y jugando un poco (2-3 minutos), conseguía crear un inicio de juego que no solo le llamaba la atención a él, sino también a otros niños, y luego les invitaba a seguir jugando a ese juego mientras me despedía. De este modo logré que con muy poco de mi tiempo se viera arropado por varios niños jugando a un juego común, mientras el resto de niños y niñas acababan de entrar en el aula, se ponían las batas, etc.

Entonces el profesor de Aran me dijo que ya no podía seguir haciendo eso y que a partir del día siguiente no podía entrar con él. Obviamente le expliqué que no venía muy convencido, que mostraba reticencias, pero que gracias a ese ratito conseguía que se quedara tranquilo cada mañana. Daba igual, eso no parecía ser lo más importante: “Si los demás padres no entran, tú tampoco”.

 

 

Y quizás ese sea uno de los principales problemas: que en muchos centros se considera que madres y padres no pueden entrar en el aula con los niños y niñas, esos que tienen 2 y 3 años, y acaban de dejar de ser bebés; esos que apenas conocen el lugar, al docente y al resto de niños (y digo muchos porque en el cole del pequeño sí permiten, y de hecho consideran necesario y útil, que entren… pero como digo, con el pequeño no hizo falta: fue contento cada mañana y eran otros los padres y madres que entraban al aula con sus hijos/as).

Qué diferentes serían las cosas si la transición, lo que conocemos como periodo de adaptación, se hiciera con el padre, la madre, o con un adulto de confianza y, simplemente, se fuera dejando a cada niño y niña explorar, conocer, observar y descubrir todo el jugo que puede sacar de ese sitio.

Pero vuelvo a mi relato, que me voy por las ramas. Al quedarme en la puerta y dejar de entrar, ese sentimiento que tenía en su interior, esa semilla de desconfianza que llevaba dentro desde el primer día, pero que permanecía latente, brotó. De repente empezó a llorar. Entraba, lloraba, volvía a la puerta, le dábamos besos, abrazos, ánimo, “en un rato volvemos, pásalo bien”… Y por la tarde, al volver, la escena se repetía.

Es decir, cada día había dos separaciones y cada día dos momentos de llanto, de incomprensión por su parte, de no me dejéis aquí, no os vayáis, ¡noooooo! Terrible para él y terrible para nosotros.

Las consecuencias de sentirse incomprendido y a merced de los demás

Empezó a perder el control de sus dinámicas de tal modo que había tardes que, hacia las 19 o 20 horas, nos preguntaba si tenía que ir otra vez al colegio: “No cariño, ahora vamos a cenar”.

Se convirtió en una obsesión para él, hasta el punto que nada más despertar, aún con los ojos cerrados, preguntaba “¿Hoy vamos al cole?”. Tras nuestro “Sí” empezaba a llorar con desespero.

Entonces la gente (y el profe) empezó a aconsejarnos que no alargáramos la despedida, que era peor, que lo dejáramos y nos fuéramos rápido. Consideramos que cuanto más aceleráramos el proceso más duro iba a ser todavía, en un momento en el que parecía que lo lógico era lo contrario, que fuéramos un poco más despacio.

Aran estaba muy nervioso e irritable, todo le parecía mal y empezó a modificar su comportamiento confrontándose a nosotros. Bastaba que dijeras “sí” para que él hiciera “no” y que le dijeras “no” para que hiciera “sí”. Las tardes con él empezaron a ser insoportables, porque nos devolvía, a su manera, todo lo mal que lo había pasado ese día. Y no es que fuera una venganza, es que al parecer era la única manera que le quedaba de intentar hacernos entender que “no estoy bien, os lo estoy diciendo y no me estáis escuchando”.

 

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Empezamos a ver que la situación no solo no mejoraba, sino que empeoraba. El “todos se adaptan”, “tarde o temprano irá contento”, “a muchos les pasa” no nos daba ningunas esperanzas, porque ya no eran días, sino semanas, y empezaba a ser insostenible y muy doloroso ver a nuestro hijo así.

Decidimos hablar con el profesor para comentarle lo que estaba pasando luego en casa, cómo el Aran que nos llevábamos cada tarde con nosotros ya no era el que conocíamos. Le pedimos consejo y ayuda, para ver qué podía hacer él para conseguir que quisiera venir al colegio: qué podía hacer él para que nuestro hijo considerara que era un buen sitio en el que quedarse.

Que ya no era cuestión de conseguir que se despertara saltando de alegría por ir al cole… nos bastaba con que lo considerara una alternativa válida. Nos bastaba un “hombre, yo preferiría quedarme con vosotros, pero bueno… allí no se está tan mal“.

Él le restó importancia y nos dijo que no era necesario hacer nada especial porque una vez entraba “estaba genial, muy tranquilo y obediente”. Que si luego por la tarde tenía mal comportamiento éramos nosotros quienes teníamos que actuar para enseñarle a portarse bien.

Es decir, pretendía que a los reclamos de nuestro hijo, a sus gritos desesperados en forma de rebeldía, a su petición de comprensión, respondiéramos no con cariño y esa comprensión, sino con todo lo contrario.

No lo hicimos: teníamos claro que B era producto de A, es decir, que lo que sucedía en casa era resultado de lo que sucedía en el colegio, de quedarse ahí donde no se sentía seguro, de pasar horas en un sitio con gente con quien no tenía confianza (si la hubiera tenido habría mostrado su malestar también allí) y sobre todo de ver que, pese a que él no quería, nosotros seguíamos haciéndole cruzar esa puerta, con llantos, cada mañana y cada tarde.

Por primera vez en su vida, su padre y su madre habían dejado de escuchar su opinión en algo que era muy importante.

El cole no es obligatorio

Como muchos/as sabréis, no es obligatorio que un niño reciba educación formal hasta los 6 años, así que viendo que la cosa no iba a mejor empezamos a plantearnos la posibilidad de, simplemente, sacarlo del cole, e intentarlo al año siguiente.

Sin embargo nos daba vértigo, mucho vértigo: ¿Y si el año que viene hace lo mismo? ¿Y si vuelve a negarse? ¿Y si el año que viene nos dan otro colegio? ¡Llevaremos a cada niño a un cole diferente! ¿Qué dirá la gente? ¡Nos pasaremos el día dando explicaciones a todo el mundo!

Pero una cosa estaba clara: no podíamos seguir viendo sufrir a nuestro hijo por ir al cole con tres años.

 

 

Entonces decidimos actuar nosotros y tratar de hacérselo un poco más fácil, y optamos por llevarlo solo por las mañanas, para que al menos solo hubiera una separación al día, y no dos.

Puedo decir que al principio no funcionó del todo mal. Al ir a mediodía, Miriam iba con los tres al cole y mientras Jon, el mayor se quedaba en clase, Aran podía decidir si quedarse o no.

Siempre decía lo mismo: que no. Y por las mañanas seguía yendo, unos días mejor, otros peor, jugando nosotros con la baza de que si por la tarde no quería quedarse no hacía falta que fuera.

Y acabó por decidir siempre

Parecía que nos funcionaba el sistema porque cada día iba un poco más contento. Por las tardes seguíamos preguntándole si se quería quedar y su respuesta era siempre la misma: no.
Entonces, una mañana se levantó con un gran “NO”. Así, con mayúsculas. No quería ir, y de hecho no quería ni vestirse. Llorando, pataleando, intentando hacernos daño… desesperado (yo), acabé por ponerle el pantalón a la fuerza, y el resto de la ropa, y decirle que sí, que iba al cole. Y llorando, acabó por quitarse la ropa en cuanto tuvo ocasión.
Nos preguntamos qué demonios estábamos haciendo… por qué teníamos que obligar a un niño a ir a un lugar a jugar, o a aprender. ¿No es absurdo? ¡Te obligo a jugar y te obligo a aprender!
Qué tontería, mamá y papá… nadie puede obligar a un niño a aprender, ni a jugar… son cosas que los niños hacemos porque queremos, no porque los adultos nos obliguen. Es más, aprendemos más cuanto más jugamos, y aprendemos más cuanto mejor nos lo pasamos. Sufriendo, poco vamos a aprender.

Le estábamos dejando decidir por las tardes si quería ir o no, pero lo obligábamos a ir por las mañanas, así que decidimos darle y darnos una última oportunidad antes de sacarlo definitivamente del cole: que diga él si quiere o no ir, cada día.

Ese mismo día, desnudo delante de nosotros, le dijimos: “Vale Aran, si no quieres ir, no vayas”. Le cambió la cara como le cambia a quien le dicen que le perdonan una deuda que no sabe ni cómo va a pagar. Esa mañana no fue al colegio.

Se quedó en casa y por primera vez debió sentirse completamente escuchado y respetado, porque esa misma tarde Miriam se quedó a cuadros cuando, al llegar al colegio, esperando recibir otro “no” por respuesta, Aran dijo que sí se quería quedar.

A la mañana siguiente fue de nuevo por propia decisión y por la tarde prefirió quedarse en casa.

Cualquiera diría aquello de “Niño, quien te entienda que te compre”, pero nosotros aprendimos algo muy valioso de esos días: para él era ya más importante nuestra respuesta, nuestro respeto hacia su decisión, que no lo obligáramos, que el hecho de ir o no ir.

“Estáis locos”

Podéis imaginar lo que sucedió a continuación. Nuestro entorno sabía que Aran lo estaba pasando mal, y de rebote nosotros, así que era habitual que nos preguntaran por ello. A la pregunta “¿Qué tal va al cole?”, por fin pudimos cambiar el “Aún va mal, pero bueno, a ver si pronto mejora la cosa” por un “Bien, los días que quiere ir, va bien”, que luego ampliábamos explicando que habíamos decidido dejar la decisión en sus manos.

Lo comentamos con el profesor también, lógicamente. Que si veía que Aran faltaba mucho era porque habíamos optado por esta estrategia. No tardó en decirnos que estábamos muy equivocados, que no tenía ningún sentido, que era a todas luces una locura, y que con tantas ausencias se perdería demasiadas cosas.

 

 

La gente de nuestro entorno no respondió mucho mejor, y ojo, lo entendíamos perfectamente. Yo mismo habría dicho días antes que me habría parecido de locos dejar a un niño la decisión de ir o no al cole. Pronto vimos que sus argumentos se basaban en dos verdades que parecían inmutables:

1. “Si le dejas a un niño elegir si quiere ir o no al cole siempre dirá que no”

Esta la desmontábamos muy rápido (que no es que tuviéramos que dar explicaciones a nadie, ni justificar nuestra decisión, pero nos parecía interesante romper con estas creencias).

Si dejas a un niño elegir si quiere o no ir al cole puede pasar que de verdad no quiera ir nunca, o puede pasar lo que sucedió con Aran: unos días quería ir y otros no.

De hecho, en las siguientes semanas había más días del “sí” que del “no”. Y hasta nos sorprendimos en la tercera o cuarta semana (disculpad, pero mi memoria no da para tanto), yendo todos los días por la mañana y tres tardes, entrando siempre contento.

Es decir, de diez entradas a clase, pudiéndose haber librado de las diez porque él podía decidir si ir o no ir, sólo pensó que prefería quedarse en casa con su madre y su hermano pequeño en dos de ellas.

Incluso hubo un día en el que al levantarse dijo “NO”, le respondimos que ningún problema, y cuando ya estaba a punto de salir por la puerta sin él apareció para decir: “¡Esperadme, que yo también voy!”.

Con ganas de matarlo (solo un poquito) porque nos iba a hacer llegar tarde, lo vestí lo más rápido que pude y nos fuimos al colegio: “Quién te ha visto y quién te ve”, pensé.

2. “Los niños tienen que ir al cole, porque a mí tampoco me apetece ir a trabajar, pero tengo que ir todos los días”

Esto sería una verdad inmutable si diéramos por sentado que nadie quiere ir a trabajar. ¿Es eso cierto? Porque hay gente que adora su trabajo y que sí quiere ir cada día a trabajar.

Y ojo… tampoco se cumple el “tengo que ir todos los días”. Yo no voy todos los días a trabajar. Muchos fines de semana no voy. Y hay gente que vive de la inspiración, la creación, que pinta, compone, canta… y seguro que no va a trabajar todos los días.

Pero vale, asumamos que no somos artistas y que trabajamos por cuenta ajena y nuestro trabajo es de los de “a ver si llegan pronto las vacaciones”:

A mí tampoco me apetece ir a trabajar, pero tengo que ir todos los días.

¿Por qué tienes que ir? Pues porque necesitas un sueldo y porque si no vas, lo más probable es que te quedes sin trabajo. Es decir, puedes no ir a trabajar si no te apetece, porque no es obligatorio no trabajar (nadie está en la cárcel por ello), pero tendrás que asumir las consecuencias.

¿Cuáles son las consecuencias de que un niño no vaya al colegio con tres años, y cómo se las hago entender? Porque no es obligatorio, puede aprender un montón de cosas sin ir, puede jugar con un montón de niños, si quiere, en otros momentos y lugares, no tiene un sueldo que percibir…

Quizás para muchos niños sí sea obligatorio porque la dinámica familiar es esa: “Si no vas al cole te quedas solo en casa, así que tienes que ir al colegio sí o sí“. Pero es que este no era nuestro caso.

Al colegio hay que ir contento

No digo nada nuevo. Se sabe desde hace años que la mejor manera de aprender es estando motivado para ello.

Al colegio se va para aprender a ser persona, para aprender a estar con otros niños y para aprender cosas. Aprender es algo que va muy ligado al estado de ánimo. Si te diviertes, si te involucras y si recibes y vives de manera activa las novedades las aprenderás muy fácilmente.

 

 

Si en cambio te sientes abandonado, engañado, dolido, fuera de lugar y estás alerta y a la defensiva para protegerte y defenderte de lo que consideras una amenaza, difícilmente aprenderás demasiadas cosas.

Por eso siempre he querido que mis hijos fueran contentos y motivados al colegio, y por eso preferimos, en casa, que no sintiera que era un lugar en el que sentirse mal o en el que sufrir.

Intentamos que su profesor hiciera algún gesto por su parte, que ayudara a Aran a sentir que era un sitio en el que podía ir contento y feliz, y podía aprender muchas cosas. Pero no lo hizo. Así que fuimos nosotros quienes decidimos hacérselo ver, ofreciéndoselo como una opción, y no como una obligación: “Aran, ve cuando quieras ir, porque para nosotros vale mucho más que vayas un día contento y motivado que diez llorando y sufriendo”.

Y desde esa posición de control de la situación, nuestro hijo nos dio esta lección a todos que nunca olvidaremos: que era muy capaz de decidir qué era lo mejor para él, con solo tres años. Mejor que su profesor y mejor que nosotros, sus padres.

 

PS: Por si os lo preguntáis, a las pocas semanas Aran iba al colegio prácticamente todos los días, mañana y tarde, y en el tercer trimestre ya no le preguntábamos si quería o no ir al colegio, porque ya no hacía falta.

PS2: Creemos que todo esto no habría sucedido si se hubiera llevado a cabo un periodo de adaptación adecuado. Un periodo ideado para que Aran y el resto de compañeros de su clase, algunos muy poco o nada preparados para separarse de sus padres y de su entorno conocido en un plazo de tres días, hubieran tenido el tiempo necesario, el respeto y la paciencia, para ir desprendiéndose de nosotros y cogiendo confianza con el nuevo entorno, el nuevo referente adulto y un montón de niños.

 

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2 comentarios en "Periodo de adaptación: el día que optamos por que nuestro hijo decidiera cada día si ir o no a clase"

  1. Muchos profesores piensan k los niños son robots y k van a actuar todos de la misma manera, mi niño tb lo sigue pasando un poco mal cada vez k le dejo pero los profesores no te dan ninguna alternativa, con decir: tranquila k ya se adaptará se kedan la mar de anchos!!

  2. Soy maestra. Mi hija ha entrado este año en 3 años y como ha ido a guardería no ha podido hacer periodo de adaptación. ¿Por qué? Porque hace dos cursos algunos padres pusieron una queja formal en delegación por el periodo de adaptación, como no es posible que todos lo hagan, mejor que no lo haga nadie. Y no digo que fuera la mejor manera de hacer la adaptación, pero por lo menos había algo. Así me ha pasado en dos colegios diferentes.

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