Cada día que pise un aula voy a transmitir los valores del amor y de la paz en los que creo con cada célula de mi ser. Aunque me denuncies en un juzgado o ante…
Artículo publicado el 5 Ago 2019 - Este artículo ha sido revisado y actualizado con fecha 2 septiembre, 2022
Cada día recibo en consulta adolescentes y preadolescentes que, aquejados de alguna lesión, generalmente deportiva, acuden a nosotros para recuperarse lo antes posible y volver a su actividad diaria normal.
No le sobreprotejas y deja que se exprese
La legislación actual ampara el derecho de los menores de edad a estar acompañados por un adulto, habitualmente su padre, madre o tutor correspondiente, cuando acuden a una cita con cualquier profesional sanitario que le requiera.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, he observado que muchos de los progenitores que acompañan a estos jóvenes no les dejan casi articular palabra dentro de la consulta.
Chavales con sus 12, 14 y 16 años, a los que no les dejan apenas hablar, les interrumpen o incluso me dicen que mejor me lo cuentan ellos, porque «mi hijo es un poco “así” y no te lo va a saber contar». Esto sucede a pesar de que yo nunca me dirijo a los padres sino, como es lógico, al paciente, que es el que ha tenido la lesión y el que mejor me va a contar lo que ha sucedido, cómo y dónde le duele.
A veces me he sorprendido a mí misma pidiendo educadamente a los padres que dejen a sus hijos contarme cómo ha pasado la lesión, ya que muchas veces ni siquiera ellos estaban presentes cuando ocurrió.
A raíz de esto, me he encontrado muchos jóvenes de 18 y 20 años que, cuando empiezan a venir ellos solos porque ya “son mayores”, se ven incapaces o muy limitados para contar con detalle lo que les ha ocurrido y nos topamos con un paciente parco en palabras, al que prácticamente hay que interrogarle para que te cuente su historia y evolución.
Esta es una de tantas circunstancias en las que los padres y madres intentamos ayudar a nuestro retoño (o no tan retoño), pensando que le estamos haciendo un favor al evitarles enfrentarse a pensar, recordar y expresar correctamente y de manera precisa fechas y hechos ocurridos. Pero a veces no nos damos cuenta de que les estamos privando de una oportunidad de oro.
Beneficios de cederles protagonismo y espacio
Dejar que ellos se expresen tiene muchos beneficios para ellos mismos y para la relación con su entorno:
- Mejora su capacidad lingüística y su vocabulario: son capaces de buscar y expresar con palabras lo que ha pasado, cómo ha sucedido, dónde y cómo les duele, cómo se sienten con respecto a esa lesión…
- Trabaja la memoria: saber cuándo les ocurrió, cuánto tiempo llevan con la lesión, acordarse de detalles que sólo ellos vivieron en ese momento.
- Desarrolla sus habilidades sociales: es un reto para ellos presentarse delante de una persona (profesional sanitario) que no conocen de nada, y ser capaces de contarles su historia sin pasar por la vergüenza, el miedo y la angustia que a veces eso puede suponer para muchos niños, que a menudo no tienen buen recuerdo por las vacunas en el centro de salud, etc.
- Fomenta su autoestima: al dejar que él mismo se exprese, estamos diciéndole que es capaz, que sabe y puede hacerlo, y que nosotros estamos a su lado para apoyarlo, pero dejándole la libertad de contarlo por sí mismo.
- Mejora la relación con tu hija: al hilo de lo anterior, si le das el apoyo necesario para que sienta que es capaz, siente la seguridad de que tú vas a estar ahí cuando te necesite pero sin menospreciar su capacidad para expresarse. No en vano, muchos de los adolescentes que acuden a consulta con sus padres y se sienten ofendidos porque estos no les dejan hablar, acaban por contarme “a escondidas” lo que realmente ha pasado, me miran poniendo ojos de “mi padre no tiene ni idea” e incluso acaban contestándoles con malas palabras.
- Es capaz de pedirte ayuda cuando la necesite: si llega a ver sus límites, será capaz de ver cuándo necesita que le ayudes. De otra forma, si siempre hablas por él, nunca llegará a darse cuenta que te necesita porque tú ya habrás hecho todo su trabajo.
En definitiva, cuando acompañes a tu hijo/a a cualquier acto sanitario (o a cualquier otro sitio), deja que exprese con sus palabras lo que le pasa, si el profesional se dirige directamente a él, no lo interrumpas y deja que sea el niño quien se explique (aunque tarde más tiempo en explicarse que tú). Los profesionales sanitarios tenemos (o deberíamos tener) la paciencia y el tiempo para que el paciente se explique.
Y por supuesto, si te pide ayuda o te pregunta, intentad entre los dos aclarar la cuestión. Si por el contrario, la persona que os atiende se dirige a ti en vez de a él, redirige la pregunta hacia tu hijo. Le estarás dando una gran oportunidad para su desarrollo.
un importantísimo recordatorio! Muchas gracias 😉