En su justa medida

Esperar que se adapten a nosotros y darnos cuenta de que es al revés

La intensidad sin medida llegó a nuestras vidas sin previo aviso y esperando cosas prometidas que al final no resultaron como nos habían contado, pero fueron mucho mejores; llegamos a casa después de 9 meses de espera y la locura nos arrolló como un tsunami imprevisto.

Todo lo leído, escuchado y aprendido no sirvió de gran cosa y no teníamos ni un sólo respiro; ni cuna, ni moisés, ni carrito, ni cama, ni hamaca ni cunas que simulasen viajes en helicóptero servían para calmar la ansiedad de brazos, de teta, de calor humano.

Nos empeñamos en adelantarnos, en querer correr, en intentar tenerlo todo preparado, pero estábamos equivocados; algunas cosas siguen siendo mucho más básicas y terrenales de lo que nos resistimos a creer, por muchas sábanas de ositos que nos hartemos de comprar con toda la ilusión del universo. Al final lo único que quieren es a ti, a nosotros, nuestro tiempo y nuestros ojos atentos.

Y van pasando los días y miras de reojo a otros padres para intentar averiguar si ellos también están perdiendo la cordura o si es que lo que pasa es que no sirves para esto ante la incapacidad de sacudirte de encima la sensación constante de hacerlo todo mal.

Sí que sirves, claro que sí, pero vivirlo nunca será lo mismo que que te cuenten lo duro y bonito que es a la vez tener unos ojos que te buscan y te reclaman todo el día, a todas horas, que no entienden de horarios, ni descansos, ni necesidades ajenas. Y luego esos ojos sonríen y, ay, para eso sí que nadie te había preparado.

 

 

Intensidad en su justa medida. Así nos gustan los niños; moderados, callados, quietos, adaptados a nuestra vida de adultos sin queja alguna, con nuestros mismos gustos y horarios.

Auténticos adultos en miniatura capaces de imitarnos y seguirnos el ritmo en todo, ritmo que a veces ni nosotros mismos soportamos, pero ahí está la vida para venir a decirnos que de eso nada, que los que nos tenemos que adaptar somos nosotros, que vas a estar al límite una y otra vez y vas a estirar la poca paciencia que creías que tenías hasta darte cuenta de que a veces parecerá infinita, y otras se agotará, porque aunque seamos padres también somos humanos, que erramos y nos cansamos a diario, pero que todavía no se ha creado nada de lo que no seamos capaces cuando se trata de la felicidad y bienestar de nuestras mini personitas favoritas en el mundo.

 

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