Diario de una madre de juncos (VIII): El baño

"Tú dúchate tranquila, que ya vigilo yo", dijo marinovio a mis espaldas

Pues lo prometido es deuda, y una que es una mujer de palabra, no os puede dejar con la incógnita de lo que pasó después del anterior capítulo. ¿Rememoramos?

Bebé dormido, marinovio que entra por la puerta, y el junco y yo haciendo todo tipo de señales no acústicas para que no se le ocurriese mover una sola pestaña que despertase a la criatura, parecíamos los que aparcan los aviones de la terminal 3 de Madrid-Barajas, solo nos faltaban los pivotitos luminiscentes. Marinovio procedió a tumbarse en la cama, mientras a hurtadillas, cual ladrón de panderetas, me dirigía hacia el baño seguida por una cohorte de moscas de la fruta que indicaban que ya era hora de la ducha, que llevaba casi dos días sin poder pisarla con toda la vorágine que conlleva una criaturita del señó de un año en modo Destroyer-te-kill-you-la-vida-madafaka.

“Tú dúchate tranquila, que ya vigilo yo”, escuché a marinovio susurrar a mis espaldas, con tono solemne cual guardián del velocirraptor de Jurassic Park… Sí… Exactamente. ESE AL QUE SE JALABAN A MITAD DE PELÍCULA. Si es que lo tenía que haber visto venir… Nada halagüeño puede salir de escuchar esa frase mientras vas caminando como si pisases ascuas…

Según entré al baño, cerré la puerta tras de mí y mandé al junco a hacer guardia. “Tranquila Mari, aquí no entra ni Peter, es tu ratito de autocuidado, yo vigilo”, dijo el junco muy ufano sentado en el bidet con sus ramitas de junco colgando cual patitas… ¡¿¡¿Otro con la frase del velocirraptor?!?! ¿Es que me queréis echar un maleficio?

Suspiré y procedí a abrir el grifo de la bañera y a poner el tapón. Hoy tocaba bañito, que la roña se estaba acumulando y el cansancio también, y ya hacía falta. Preparé la toalla, eché una bomba de baño con olor a ambientador raruno y aquello comenzó a espumar… a espumar… a espumar… Hasta el punto de que si llegaba a espumar un poquito más, era o la espuma o yo, las dos no cabíamos en esa bañera.

El junco me miraba conteniendo la risa cuando entré lo más digna que pude a la bañera, cual nuez en una copa de nata, y desaparecí entre toneladas de burbujas olor a “flores salvajes”. Como buenamente pude, aparté un poco la espuma para sacar la cabecilla y me acomodé en la bañera. En ese preciso instante ocurrió: UAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHH. Bien. El velocirraptor ya se ha comido al vigilante y está pidiendo el postre. Estamos jodidos, amiga.

Y ahí me hallaba yo, cual fresón con nata, metida en la bañera y recitando mi mantra: “Soy un junco hueco… soy un junco hueco”, deseando abrir el tapón y colarme por la cañería así fuera pa esconderme un rato y gozar de la soledad y el agua calentita. Se escucharon varios golpes y pasos en el pasillo, el junco intentaba apuntalar la puerta del baño con rollos de papel higiénico, pero nada… Las barricadas estaban destinadas a irse a tomar viento, pues en ese instante, la puerta se abrió, y mi pequeño velocirraptor entró seguido del vigilante marinovio a rastras detrás de él… Claramente devorado por el niño.

Mi tocinito de cielo, entró con paso firme y dando gritos de triunfo mientras dos velones verdes terroríficos a modo de pinturas de guerra escurrían por su nariz después de la llantina al despertarse.

Así pues, según abrió la puerta vino directo hasta la bañera y lo que sucedió después solo puede ser comparable al Huracán Katrina, al tornado de Twister, a Daenerys de la tormenta con un mal día y tres dragones… Yo qué sé, a una cosa mu gorda.

De repente, una miríada de botes varios voló hacia el interior de la bañera, sin que yo, pobre fresón con nata indefenso entre tanta espuma pudiese hacer nada para evitarlo (o para verlo, copón, que se mete en los ojos cosa mala…), ante la furia desatada del pequeño dinosaurio que tengo por hijo. Champú, gel, mascarilla, cepillo, crema depilatoria, dos esponjas, el patito grande, dos libros acuáticos, un pulpo marino, un gorro de ducha, el patito pequeño, el Junco Hueco… Uno por uno fueron volando hacia mi cabeza inexorablemente, ante la mirada aturdida de marinovio-guardabosques de Jurassic Park que con una mano se rascaba la cabeza mientras negaba y decía “es que quiere con mamá”, con voz culpable.

De repente, y tras un giro trágico de los acontecimientos, vi a mi retoño girarse hacia el teléfono móvil que tenía puesto con música relajante en el banquito junto a la bañera. ¡¡¡NO NO NO NO NO NOOOOOOOOOO!!! Dijimos al unísono horrorizados marinovio, el Junco y yo lanzándonos a detener la masacre que se venía. Él probablemente preocupado por mi vida y posible electrocución y yo por la millonada que me iba a costar repararlo si el telefonito de marras se mojaba. La vida era secundaria, total, ya soy más zombie que persona, ¡me he ganado el descanso eterno!

En ese momento Velocirraptor se asustó e hizo un quiebro acabando con medio cuerpo dentro de la bañera, y mojado de cintura para arriba. ¡¿¡¿En qué momento encargué yo un baño para dos?!?! Visto lo visto, y con marinovio sentado en el wc peleando para cambiarle el pijama al pequeño terrorista-sabotea-baños, decidí que un baño checo (checo, checo, checo) era lo pertinente y necesario en ese momento, pues en Jurassic Park siempre había una heroína mojada y llenita de mierda que acababa solucionando la papeleta, y ese era mi papel.

Salí con cuidado de la bañera intentando no matarme con la espuma (poca gracia tendría la historia si la heroína tiene una muerte tan tonta como un culetazo al salir de la bañera), y el Junco me dio el albornoz sacudiendo la cabeza mientras decía: “bonica, a la siguiente echa el pestillo, y ten cuidado que lo próximo que te tiran dentro de la bañera es el secador encendido”.

Pues eso… Autocui… ¿¿¿¿queeeeé????

 

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11 mayo, 2022

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