«Cuanto antes sepan que la vida es muy dura mejor»: FALSO

El cerebro de los niños no es un músculo, sino más bien una flor

Examen final de la carrera universitaria de «Madre» y «Padre» (pongamos que esta carrera existe), en la primera hoja, la pregunta 2, la que viene justo después de esa que pregunta si los niños vienen de París o son producto de la fecundación de un óvulo por un espermatozoide (por aquello de sentar las bases), habla sobre una de las cosas más importantes de dichos estudios superiores: de qué hijos queremos tener como fruto de la educación que les queramos ofrecer.

Durante todo el curso, en la asignatura «La química de las emociones de los niños y niñas» han estado hablando de lo importante que es tener un objetivo educativo como madres y padres, o lo que es lo mismo, decidir si queremos tener un bebé que se centre sobre todo en aprender, madurar y desarrollarse, o si queremos un bebé que sea un superviviente, que se haga apático, rocoso y que no necesite del afecto de los demás, o lo que es lo mismo, que sea tan independiente que prefiera no depender de los demás y que nadie dependa de él.

La mayoría de los que hemos asistido a las clases hemos respondido lo mismo. La pregunta era la siguiente:

Para que nuestro bebé crezca en un ambiente seguro y predecible que le ayude a madurar como persona y desarrollar su máximo potencial, las mejores estrategias son (marca verdadero o falso):

a) Que tenga una alimentación equilibrada con nutrientes adecuados para su edad (verdadero o falso)

b) Que sepa cuanto antes que la vida es muy dura, dejándole llorar y sufrir desde pequeños (verdadero o falso)

c) …

En la a) hemos puesto «verdadero», porque una buena alimentación es muy importante para el sistema inmunitario, para el desarrollo de los órganos del bebé y para el de su cerebro, y todas las funciones que gobierna. Y en la b) hemos puesto falso, porque en las clases nos contaron que si el objetivo era buscar el máximo potencial y el equilibrio emocional, no había que tratar al cerebro de los bebés como si fuera un músculo, sino más bien como si fuera una flor que tuviéramos que cuidar y regar.

«Pero las flores… ¡son frágiles!»

Eso dijo uno de los padres en clase. «Y nosotros no somos tan frágiles, porque a la mayoría nos enseñaron lo dura que es la vida, desde el principio, y oye… aquí estamos. No hemos salido tan mal».

La profesora nos preguntó si era así como pensábamos la mayoría, y fueron muchas las manos que se alzaron.

«Es cierto…», nos dijo, y prosiguió: «Los adultos no somos tan frágiles como una flor, pero los niños sí son lo suficientemente frágiles como para verse afectados por los diferentes estilos educativos».

Nos incorporamos en nuestras sillas, se hizo un silencio abismal y agudizamos los sentidos para escucharla con atención:

«Excepto aquellos que hayan sido maltratados y abusados, aquellos que hayan sido en cierto modo ‘rotos’ por los adultos, la mayoría no tenemos ningún trauma de nuestra infancia. Pero es que el baremo no tiene… o mejor dicho, NO PUEDE ser ese.

Lo que está bien y lo que está mal, a la hora de educar a un niño, no depende de si genera o no traumas. Porque si así fuera, apenas avanzaríamos como sociedad. Sería suficiente con deciros ‘es mejor no dar palizas a los niños’, ‘es mejor no humillarlos a diario’, ‘es mejor no hacerles sentir inútiles constantemente’, y así todos evitarías traumatizarlos.

Pero vosotros no estáis aquí para que se os diga esto, porque esto ya lo sabéis. Creo que nadie ha venido a hacer esta carrera universitaria para que se os digan cosas tan básicas. No habéis venido para aprender a no traumatizar a vuestros hijos. Es algo más sutil. Algo como deciros que aunque los que estáis aquí ‘no tenéis ningún trauma’, muchos sí tenéis ciertos problemas de autoestima, muchos sois incapaces de moveros de vuestra zona de confort, muchos creéis que no seréis capaces de ser buenos padres, muchos dejáis que la vida pase repetida y rutinaria, muchos no hacéis más que culparos porque pensáis que no lo haréis bien, y muchos llegáis a llorar porque la responsabilidad os abruma. Ah, y muchos no dejáis de observar con hastío el mundo en el que vivís, la sociedad presente, fruto de la educación pasada.

Es decir, no tenemos a nuestro lado a la persona que seríamos si nos hubieran educado con más respeto, con más cariño, pasando más tiempo con nosotros, dándonos más confianza… y menos mal, porque nos sacaría los colores. Nos sentiríamos muy miserables observando a ‘nuestro otro yo’, mucho más entero, asertivo, empático, humilde, colaborador, sincero…

De eso va esto… de que nuestros hijos jamás tengan que pensar que si viniera su otro yo, tendría mucho que reprocharnos a nosotros, y al mundo en el que viven.

Así que una flor es frágil y un niño también. Si le das patadas a una flor, acabas con ella. Lo mismo que si lo haces con un niño. Si no la cuidas, la flor crecerá, y a ojos de mucha gente será bella, y quizás ella también se sienta así. Pero si la cuidas, será aún más bella y fuerte, y cuando un día llueva o haga mucho viento, será muy capaz de encontrar la manera de sortear las inclemencias. ¿La otra flor? Quizás también… le bastará con huir y resguardarse para esperar a que amaine el temporal, o quizás luche contra él, perdiendo antes de empezar, pero será siempre menos frágil aquella que nos ha tenido como jardineros.»

¿Por qué «La química de las emociones»?

Así se llama la asignatura, y muchos no entendíamos qué tenía que ver la química en todo ello. Pronto aprendimos que el cerebro de los bebés y niños se comporta diferente según sean las experiencias en las que se ven inmersos, que segrega diferentes hormonas según sea el entorno, y que esas hormonas, esa química, determina los comportamientos.

La oxitocina es la que conocemos como la hormona del amor. Es la que se segrega cuando estamos enamorados, cuando estamos a gusto con alguien, cuando miramos a nuestro bebé con ojos de amor infinito, cuando mantenemos relaciones con la persona a la que más queremos… y es la que el cerebro de los bebés también segrega cuando está a gusto con la persona que le cuida.

Cuando un bebé llora, porque así comunica a sus padres que los necesita, les está pidiendo que lo calmen, o lo alimenten, o lo ayuden a recobrar su estado de tranquilidad, para poder dejar de segregar cortisol (la hormona del estrés), y volver a tener consigo las hormonas de la calma, que son la oxitocina y los opiodes.

Es en ese momento, cuando el bebé está tranquilo y se siente seguro, cuando puede dedicarse a abrir bien los ojos y la mente y aprender (cerebro en «modo aprendizaje»). Es ahí cuando el bebé o niño se muestra menos temeroso, más atrevido, con más ganas de explorar, tocar, manipular, relacionarse con otras personas y, en definitiva, desarrollarse a su máximo nivel.

En cambio, si en su cerebro predomina el cortisol, la hormona del estrés, que tiene la misión de poner al cerebro del bebé en alerta, porque cuando llora no recibe una respuesta adecuada y pasa demasiados ratos sin ser calmado ni contenido, el bebé empieza a sentir que su entorno es amenazante, y entra en «modo supervivencia». Esto quiere decir que considerará el mundo en el que vive un lugar hostil, peligroso, y así se convertirá en un niño más temeroso, desconfiado y asustadizo. Tendrá más problemas para relacionarse, por no confiar lo suficiente en los demás, y será probablemente menos dado a aventurarse a explorar y aprender, por miedo a que le pase algo y no contar con la seguridad de que mamá o papá estarán ahí.

Pero… ¿siempre es así?

No. La respuesta es no. Por suerte (o desgracia), el carácter, la manera de ser de una persona, no depende exclusivamente de lo que sus padres hagan o dejen de hacer. Por un lado está el carácter innato de cada persona, por otro lo que ha heredado de sus padres, luego está lo que ha vivido en su entorno más familiar, luego lo que vive en el entorno escolar, después cómo se relacionan el resto de adultos con él, el resto de niños, cómo es el entorno en el que hace vida fuera del cole, cómo se alimenta, si hace o no ejercicio, si tiene tiempo libre al aire libre, cómo lo tratan cuando acaba el colegio y empieza a relacionarse en el instituto con su grupo de iguales, y un largo etcétera.

Pero eso no quita que la base, los primeros años, el clima familiar, sea muy importante dentro de ese conjunto de factores, y por eso tenemos la responsabilidad de aprender y saber más sobre todo ello.

Es posible que los niños que crecen con el predominio del cortisol, con más estrés en la infancia, tengan mayor riesgo de ciertos desórdenes mentales en la edad adulta. Que arrastren ese estado de alerta y desconfianza en los demás, y en sí mismos, que los haga presos de su zona de confort, o simplemente presos de la monotonía y la rutina del día a día, relativamente infelices y relativamente incapaces de dar y recibir amor. Todo esto, claro, dependerá de la intensidad de todo lo que pasó y ha seguido pasando en sus vidas. Algunos expertos lo llaman la herida primal, que es algo así como un vínculo poco sólido con los padres (con la madre sobre todo) que deriva en un apego inseguro, y que es una herida que a menudo permanece por siempre.

Por eso es importante que como madres y padres, intentemos que crezcan sintiéndose queridos y respetados. Que los abracemos, que contemos con ellos, que hablemos mucho de lo que hacen mal y de lo que hacen bien, para que vayan interiorizando nuestros valores y vayan aflorando los suyos propios. Que les ayudemos a pensar, a resolver sus problemas, a pensar en cómo avanzar.

Mucha gente cree que hablamos de hacérselo todo a los niños para que sean felices.  Pero eso no es ser feliz, eso es ser un sujeto pasivo y vago. Ser feliz es saberte capaz de hacer las cosas y tener la oportunidad de hacerlas, de desarrollar tu potencial, intentar cosas y lograrlas, inventar y crear, pensar y actuar, ser capaz de cambiar las cosas, y ser valorado y querido por los demás.

Y ojo, quizás no lo consigamos. Quizás no consigamos que sean felices, porque, seamos francos, muy pocos de los adultos de hoy en día pueden decir alto y claro que son felices. Nos decimos a nosotros mismos que sí, claro, que más o menos lo somos, porque si no sería una vida demasiado penosa. Pero seguro que cuando de pequeños pensábamos en lo genial que iba a ser cuando fuéramos mayores, imaginábamos otra vida, y teníamos otra concepción de la felicidad.

Así, lo importante es simplemente estar ahí, permitirles crecer, aprender, madurar y desarrollarse, y acompañarles sin estropearlo, que es precisamente lo que hicieron con la mayoría de nosotros cuando a alguien se le ocurrió que lo mejor que podían hacer por nosotros era dejarnos llorar, dejarnos sufrir y tratar de hacernos más duros y más independientes cuando aún éramos demasiado blanditos y dependientes.

Ahora igual me dicen algo por haber chivado la respuesta… pero oye, cuando os hagan la pregunta en vuestro examen, ya sabéis: lo mejor para los niños no es que sepan cuanto antes lo dura que es la vida.

 


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