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Reconocernos

La importancia de reencontrarnos y reconocernos, a pesar del cansancio y los desencuentros

A menudo se llega a la maternidad/paternidad sin saber muy bien cómo esta nueva etapa va a afectar a la pareja. Sabes que, evidentemente, las cosas cambiarán, pero no eres capaz de calibrar ese cambio en su faceta más devastadora. Casi con certeza se acumulará el cansancio, los silencios, las tareas pendientes.

En ocasiones los ritmos van descompasados, nos sentimos irascibles y esa sensación de intranquilidad y desacuerdo acaba escapando por donde no deseas. Y en este punto, entramos en lo más delicado, porque esa tensión puede afectar a nuestros hijos.

A veces pierdo la paciencia con mayor rapidez o bien me muestro más distante. Es algo en lo que pongo especial intención pero no siempre tengo la capacidad de separar las emociones y actuar en consecuencia. Así como nos sentimos acabamos trasladándolo a nuestro mundo, a nuestro entorno.

Si somos conscientes, y disponemos del tiempo, podemos tratar de dar salida a ese malestar o estrés antes de retomar nuestra función de cuidadores pero, lamentablemente, no siempre podemos permitirnos ese rato o podemos contar con el apoyo de otras personas. Y así enlazamos una labor con otra, una sensación con otra, hasta poder desbordarnos.

En alguna ocasión me han visto triste, me han encontrado abatida o rabiosa. Ante esa situación encuentro que lo más honesto es decir la verdad y asumir mi cometido frente a ellas. Con esto no me refiero a entrar en detalles, pero sí a ayudarlas a identificar mis sentimientos, a conocerme.

¿Cómo hacer para continuar protegiéndolas si hay tormenta? Trato de transmitirles que en las parejas, a veces, hay diferencias pero que, suele ocurrir, las raíces son muy fuertes y esos lazos son difíciles de romper.

Esa ilusión por continuar compartiendo y creciendo juntos hace que todo siga funcionando y la alegría vuelva a emerger. Les explico cómo el modo de relacionarnos entre unos y otros dentro de la familia repercute en el resto, que en los momentos en que ellas riñen especialmente, nosotros también acabamos cargados de esa tensión. Es una gran responsabilidad de cara a nosotros mismos y a los demás, sobre todo para nosotros, como figuras de referencia. Pero nadie se encuentra libre de error y fácilmente asoma la culpa.

“La convivencia no es fácil”, dicen. Y reflexiono acerca de la aceptación. Hace unos días una amiga me preguntaba si después de tantos años juntos continuaría con él si no estuvieran las niñas. La respuesta es sí. Sí porque nos sentimos vinculados por un amor muy antiguo, sí porque encuentro en él uno de los apoyos más importantes y sí, siendo franca, porque la relación era mucho más liviana sin hijos, en lo que a conflictos se refiere.

Obviamente, formar una familia es el pilar más fuerte de una relación puesto que ésta se prolongará de por vida, sea cuales sean sus circunstancias. Y esto debería suponer un compromiso hacia el entendimiento mutuo en el presente y futuro.

Formar una familia podría hacer tambalear los cimientos de una relación pero también puede tornarla infinitamente más reforzada y hermosa.

Lo cierto es que con la llegada de las niñas nos encontramos con la versión más cansada y desconcertada de nosotras mismas y de nuestra pareja. Y con esto, para ser sincera, no contábamos. Con un hijo te une un vínculo visceral, de cuidado y dependencia, que te impide aparcar esa relación. Con mayor o menor energía, siempre te encuentras disponible para tus hijas.

Sin embargo, con la pareja es otra cosa. Y esos desencuentros pueden acabar creando fisuras, más o menos, perceptibles. Fisuras por las se cuelan lágrimas, reproches o barreras. Fisuras que están ahí, que hay que revisar, pero que no frenan. Como nuestra tele, que presenta marcas ocasionadas por pequeñas manos, cicatrices del uso y, sin embargo, funciona. Porque nada que esté vivo, o rodeado de vida, permanece intacto.

“Ya nadie arregla nada, todo se renueva”, dicen. Y no estoy de acuerdo. Tal vez no existan reglas infalibles, pero seguro que tendremos algo que ofrecer. Porque tenemos la intención de poner solución, porque buscamos alternativas y porque contamos con la capacidad de perdonar para reconstruir lo dañado.

Me reconforta comprobar que continuamos al mismo son, que el respeto es mutuo y que nuestro concepto de familia es similar. Me reconforta nuestra capacidad de rehacernos, a través de los años y las diversas etapas. Aún así, siempre le reconozco.

A veces planificamos. A menudo, sencillamente, no dejamos de remar. A veces el ritmo diario nos arrastra y nos devuelve como dos sombras que intercambian monosílabos al final del día. Y otras, nos tomamos unos instantes para mirarnos, elegimos disponer de pequeños momentos de distensión, siquiera una cena en el balcón. Charlamos y me asomo a los caminos que ha transitado él en estos años, a escasos metros de mí… ¡qué agradable resulta escucharle hablar de lo que le apasiona y qué acogedor este espacio nuestro!

Será que el hilo conductor que permite que la cohesión, a pesar de los desencuentros, del cansancio, de la paciencia agujereada y del caos circunstancial, sigue latiendo. Será que nos seguimos ilusionando juntos.

Será que hoy me ha traído ensalada de flores para cenar.

 

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