Reflexiones sobre la violencia obstétrica

La medicina avanza al compás de la investigación y los avances científicos, pero la violencia obstétrica sigue siendo una realidad

La primera vez que escuché “violencia obstétrica” me escoció el alma; no creo que este término deje indiferente a nadie, hay quien asiente con resignación o quien se ofende afirmando que tal cosa es una exageración, y hay quien se lo toma en serio y busca la forma de que esa realidad se convierta en pasado.

La medicina y los avances

Tradicionalmente, la persona que ejercía la profesión de médico en cualquiera de sus variantes históricas (sabio, brujo, chamán, cirujano, médico, etc.), era alguien en quien se confiaba porque tenía la capacidad de sanar, o al menos se le atribuía ese “poder”.

De esta manera las personas han depositado no solo su salud, sino la responsabilidad de mantenerla, en los expertos sanitarios. En parte por el propio paternalismo de la profesión, y en parte por aliviar la carga de trabajo que supone cuidarse, conservando una fe ciega en las decisiones del doctor.

A lo largo de los años se ha ido investigando, y esa enorme ciencia que es la medicina ha evolucionado hasta convertirse en la salvaguarda de nuestra salud y sigue creciendo imparable al calor de los avances, cambiando constantemente porque la investigación nos va mostrando que a veces estábamos equivocados y tenemos que ir rectificando nuestras creencias y nuestra forma de trabajar para adaptarnos a la evidencia científica.

 

 

Esto no significa que tengamos que menospreciar lo que hayamos hecho hasta la fecha, porque ha sido fruto de la buena intención de ayudar al prójimo, o al menos así entiendo yo mi práctica diaria, donde a veces me encuentro rectificando mis actuaciones en pro de mejorar la asistencia sanitaria.

¿Y qué pasa si no avanzamos?

Que nos quedamos haciendo lo mismo que nos enseñaron sin cuestionarnos si es adecuado o no, porque “siempre se ha hecho así”… Y si alguien pone en duda nuestro trabajo, defenderemos con uñas y dientes que tenemos razón y que lo hacemos “por tu bien”, esté avalado por la evidencia o no.

Y más grave aún… quieras tú o no, porque tú opinión no es importante.  Y es en esta triste realidad en la que nos movemos ahora en la obstetricia, decidiendo cómo debe parir una mujer y cómo debe nacer un bebé sin preguntar a los verdaderos protagonistas de la historia.

Soy matrona hace casi 12 años, y esto que cuento no es nada nuevo. De hecho, en la década de los 80 la OMS publicaba sus recomendaciones de atención al parto normal: señores y señoras estamos en 2019 y estamos a años luz de reconocer de forma real la autonomía de cada mujer y confiar en su capacidad de decidir lo que quieren para su cuerpo, para su parto, para la criatura que llevan en sus entrañas o en sus brazos.

 

 

Sí, cada persona debe tomar sus propias decisiones sobre su salud, contando con una información de calidad y avalada por estudios recientes (que no será porque no se investiga) y nos guste o no su decisión, debemos respetarla.

La cosificación de la mujer no solo esta presente en la publicidad, está en las mentes de quienes son responsables de organizar la asistencia sanitaria en nuestro país, asumiendo que somos meros contenedores de bebés incapaces de discernir lo más adecuado para parir y criar.

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra

Cuando soy consciente de esta realidad, bien porque lo leo o bien porque lo escucho en boca de las propias madres que han sufrido en sus carnes violencia obstétrica (a veces ni siquiera conscientes de ese daño), siento rabia, tristeza, decepción… Pero sobre todo siento responsabilidad.

Responsabilidad de mirar hacia mí misma para tomar conciencia de cuándo me creo dueña y señora de la verdad e intento imponer mi criterio (aunque sea adornado con bonitas palabras y tono dulce), para saber cuándo debo poner más atención en la mujer que está ante mí pidiéndome lo que realmente necesita, para reconocer mis errores y seguir trabajando en una atención de calidad real, donde el foco de la atención no se pone en si tengo razón en cuál es la “mejor” intervención para esta paciente, si no en qué desea la persona a la que asisto.

 

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Hubo una época en la yo “hacía” partos. Supongo que me sentía propietaria de aquel proceso, ignorando que era una mera espectadora, una invitada, a veces forzosa, ante un milagro donde yo no tenía nada que hacer.

Me alegro de ver que en el camino fui aprendiendo a acompañar, a apoyar y, si acaso, a asistir a aquellas mujeres que se convertían en diosas mientras daban a luz a sus bebés, otorgándome el maravilloso testigo de estar ahí empapándome de la energía sublime que destilan las mujeres mientras gestan, mientras paren y mientras crían.

Caminando hacia otra realidad

Sí, la violencia obstétrica existe y se perpetúa como la mala hierba que, cuando crees que la has arrancado, aparece con más fuerza por otra esquina. Yo no soy ninguna iluminada, me queda muchísimo que aprender; lo que sí soy es afortunada porque un día tomé conciencia de todo esto y porque encontré en mi camino gente sabia y generosa que trasmite sus conocimientos desde una humildad auténtica, conscientes del papel que tenemos como sanitarios en las vidas de los demás.

Mientras esta realidad exista, habrá que seguir alzando la voz para reclamar el cumplimiento de los derechos de las personas para decidir sobre su vida. Sé que vamos por buen camino, lo sé porque cada vez más mujeres me relatan como maravilloso su nacimiento como madres, incluso cuando las cosas no han sido como ellas esperaban.

 

 

Lo sé porque se siente cada vez más un movimiento donde la maternidad y la paternidad se viven conscientemente y con una información de calidad; lo sé porque la forma de gestar, parir y criar está cambiando. Sigamos trabajando por ello.

 


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2 comentarios en "Reflexiones sobre la violencia obstétrica"

  1. Hola Esther, me ha parecido un artículo muy interesante y sensato.

    Ya va siendo hora de que la medicina abandone esa actitud paternalista que ha venido desempeñando durante mucho tiempo; actitud que en un principio a todo el mundo pareció muy lógica, pero que a medida que los tiempos han ido cambiando, la población en general y los pacientes han sido más conscientes de sus patologías, ya no es tan lógica.

    El paciente reclama su derecho a decidir, y en el caso de la mujer cuando va a dar luz, pues evidentemente en ese «siempre se ha hecho así», pues ha existido la violencia obstétrica, aunque los profesionales implicados no hayan sido conscientes de ello.

    Cuando hablas de respetar los derechos de la mujer y de los padres en general, hay algo que siempre me choca, y es que si el parto en el hospital se ha considerado un gran avance, ¿qué opinas sobre aquellas mujeres que deciden parir en sus casas?.

    Es algo que siempre que lo leo me llama la atención, pues si no hubiese sido por el parto en un hospital, yo misma no estaría ahora aquí, por eso el volver a esa práctica concreta, me resulta muy «chocante», dicho con todo mi respeto.

    Felicitándote nuevamente por tu artículo, te envío un cordial saludo

  2. Gracias Adela-Emília por tus palabras.
    El parto es casa es una opción, si lo analizamos desde la estricta evidencia científica es tan seguro como parir en el hospital siempre y cuando cumpla unos requisitos: ser un embarazo controlado y de bajo riesgo, parto de bajo riesgo, atendido por profesionales sanitarios cualificados (matronas generalmente) y a una distancia adecuada de un centro sanitario. Si la mujer siente que ese es el lugar adecuado para dar a luz y tiene las condiciones adecuadas es una opción totalmente factible y respetable. Se suele ver esta alternativa como un riesgo y en realidad parir en el hospital no está exento de riesgos, se trata de que cada mujer tome una decisión informada.

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