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¿Es bueno decirle a los niños que nunca hablen con extraños?

Si no pueden hablar con desconocidos, ¿qué pasará cuando los necesiten?

Desde pequeños, aleccionamos a nuestros hijos e hijas para evitar situaciones peligrosas relacionadas con extraños pero, sin darnos cuenta, les transmitimos una imagen de un mundo hostil. ¿Qué sucede en aquellas ocasiones en las que precisamente dependen de la gente que les rodea para evitar el peligro? ¿Cuándo, por ejemplo, se pierden y no saben en quién pueden confiar? 

Quizás no sea buena idea inculcar en los niños la desconfianza ni el recelo a todos los desconocidos sino, más bien, enseñarles a diferenciar situaciones y a actuar según las mismas con prudencia, lógica y sentido común.

Educar a los niños sobre los extraños

Lejos quedan aquellos tiempos en los que nuestros abuelos podían estar tranquilos dejando que nuestros padres jugasen solos en la calle. Aquellos días en los que las puertas de las casas quedaban siempre abiertas de día, en los pueblos apenas circulaban coches por las calles y todos se conocían en el barrio. En la actualidad, se impone el acompañamiento y la vigilancia constantes. 

 

 

Educar a nuestros hijos e hijas en la desconfianza a los extraños es casi un imperativo moral. Y sí, es cierto que es necesario alertarles sobre la necesidad de evitar el peligro, tanto si son muy pequeños como si ya tienen edad para salir solos o en grupo, con otros niños y niñas, a la calle.

Las urbes están mucho más pobladas, las zonas residenciales son mucho más impersonales que antaño y se han convertido en ciudades dormitorio donde apenas se conocen los vecinos entre sí. Nuestro estilo de vida tampoco favorece establecer lazos con la comunidad. Ante todo ello, los riesgos son mayores y la necesidad de velar por la integridad de los menores aumenta.

«Si un desconocido se te acerca, grita y corre»

Lo habitual en estos casos, lo que se les suele decir en colegios y hogares a los más pequeños (y desde muy pequeños), es que si un extraño se les acerca e intenta hablar con ellos o «invitarles» a acompañarles con algún tipo de truco o promesa, tienen que intentar echar a correr y gritar pidiendo ayuda a los mayores, tanto si estos son sus padres como otros adultos cercanos.

 

¿Es bueno decirle a los niños que nunca hablen con extraños?

 

A los más pequeños no solemos perderles de vista, pues sabemos que un solo segundo puede marcar la diferencia y hacer que el niño o la niña cruce la calle, por ejemplo. ¿Pero qué ocurre cuándo nuestros hijos ya tienen por ejemplo 10 ó 12 años?

No podemos salvaguardarlos y sobreprotegerles toda la vida. Es nuestra labor enseñarles los peligros que hay en la calle y también trabajar nuestra propia confianza en ellos. Debemos enseñarles en qué situaciones y cómo deben gestionar el hablar con desconocidos.

¿Qué deberían hacer si un extraño se les acerca?

Es fundamental que instruyamos a los niños/as sobre los peligros de hablar con desconocidos, y repetirles de forma rutinaria ciertas pautas para que les quede claras cada vez que, por ejemplo, bajamos al parque o visitamos un lugar nuevo:

  • Pueden dirigirse e interaccionar con adultos siempre que dicha acción esté supervisada por nosotros u otro adulto acompañante, pero no deben hablar con desconocidos que se dirijan a ellos, ni atender a sus demandas, bajo ningún concepto, si nosotros no estamos cerca.
  • Hombre o mujer, es indiferente. A menudo enseñamos a los pequeños a confiar en las mujeres sin caer en la cuenta de que una figura femenina podría actuar como el «cebo» perfecto. Las malas intenciones no tienen género.
  • Si están solos, ningún adulto desconocido debería acercárseles para entablar conversación con ellos ni intentar interaccionar con los niños. Puede que la persona en cuestión tenga la mejor de las intenciones, pero es mejor actuar con cautela. En tal caso, es mejor enseñarles a separarse y correr cuanto antes, en dirección a nosotros o hacia otras madres y/o familias cercanas.
  • Si al pequeño/a no le es posible salir corriendo, se encuentra acorralado o le han tomado del brazo, debemos enseñarles a gritar para llamar la atención de personas cercanas que puedan socorrerle y asistirle, espantando de esta forma al posible agresor o agresora.
  • Aunque debido al mayor conocimiento sobre intolerancias y alergias ya es menos frecuente que en los parques se ofrezca comida a los niños, aún hay quien lo hace. Debemos dejar claro a nuestros hijos e hijas que nunca deben aceptar comida de desconocidos. Ni un caramelo, ni una galleta, nada. Si están en el parque y nosotros estamos con ellos, deben pedirnos permiso antes. Si están solos, nunca deben aceptar nada de comer ni de beber que haya sido ofrecido por desconocidos.
  • Por supuesto, jamás han de darle la mano a un desconocido. Si no los conocemos no les tocamos, nunca. Si les quieren agarrar, deben gritar y patalear.

 

 

¿Y en qué personas sí pueden confiar?

Los niños y niñas pequeños son literales. Si les inculcamos temor hacia los desconocidos, en general, no harán distinciones de ningún tipo. Por eso, de la misma manera, debemos enseñarles en qué personas sí pueden confiar. Aquellas que ya conocen y en las que tanto ellos como nosotros confiamos:

  • Son personas de confianza para niños y niñas los miembros de la familia, los amigos de trato frecuente a los que los niños estén habituados, los padres de compañeros de clase o del colegio y algunos vecinos con los que tratemos habitualmente. Ninguna otra persona, por muy amiga que sea, puede llevarlos a casa ni invitarles a ir con ellos a ningún otro lugar.
  • Si en alguna ocasión no podemos recogerles, debemos avisarles antes y hacerles saber qué adulto irá en nuestro lugar a por ellos y los traerá directamente de vuelta a casa, donde nosotros nos encontremos o les cuidará esa tarde y dónde irán.
  • Es de suma utilidad tener una palabra clave que sólo sepamos nosotros. De esta forma, si nos surge un imprevisto y no hemos podido avisarles con anterioridad, el adulto que nos reemplace puede decírsela al niño (o el niño/a exigírsela al adulto) para saber que la persona es de confianza y está autorizada por nosotros. Por supuesto, una vez utilizada, debemos sustituirla por otra y repetirla hasta que se memorice y aprenda de nuevo.

En estas personas pueden confiar con un asterisco; sabemos que el 80% de los abusos infantiles provienen de las personas que los/as peques ya conocen, es decir, de familiares, amigos y conocidos. Es importante, por no decir de vital importancia, que la confianza en estas personas no sea ciega, es decir, que tengan una alarma que se active cuando el adulto de confianza lleve a cabo ciertas conductas. Esto puede trabajarse con una adecuada educación sexual desde que son bien pequeñitos.

De todas maneras, es importante tratar este tema con ellos con seriedad, pero también con naturalidad para no generar en ellos psicosis hacia los extraños, ya que pueden darse situaciones en las que dependan precisamente de la ayuda de desconocidos para salir de un apuro.

 

 

¿Y si se pierden o necesitan ayuda?

Parece que nunca nos va a suceder a nosotros, pero a veces tras un despiste descubrimos que al darnos la vuelta ya no están ahí… La pesadilla de cualquier padre y madre es perder a sus hijos. Incluso aunque nadie se los haya llevado a ninguna parte, a menudo los pequeños/as se despistan, se alejan y se pierden porque echan a correr tras una pelota o dirigen sus pasos hacia algo que les llama poderosamente la atención.

En todas estas situaciones es importante que los niños/as también sepan pedir ayuda. A los más mayores y autónomos podemos enseñarles a pactar un punto clave (un escaparate llamativo de una calle que conozca, la entrada al supermercado, la fuente del parque, etc.) para reencontrarnos con ellos en caso de pérdida.

 

¿Es bueno decirle a los niños que nunca hablen con extraños?

 

Desde pequeños, además, debemos repetirles a qué grupos de desconocidos pueden dirigirse en caso de necesitar ayuda: otras mamás con niños alrededor, padres que vayan acompañados de sus hijos, personas que empujen cochecitos de bebés, familias, abuelas, parejas de ancianos, la cajera del supermercado o el dependiente de una tienda. Y por supuesto, los bomberos y policías son grupos de confianza a los que pueden recurrir en caso de necesidad.

Por eso lo de «pórtate bien o vendrá la policía» es un recurso nada recomendable: a la policía no hay que tenerle miedo, sino todo lo contrario. Además, no es la policía quien tiene que educar a nuestros hijos, sino nosotros.

 

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