Se conoce popularmente como
síndrome de Wendy a la necesidad de una persona (normalmente una mujer) de satisfacer en todo a otra, generalmente a su pareja y, luego, a los hijos/as. Esa necesidad la lleva a
olvidarse de sí misma y centrarse en el otro. Y lo hace
buscando aceptación y por miedo al rechazo.
En el caso de la maternidad, se vuelcan tanto en los hijos, que se acaban convirtiendo en
madres sobreprotectoras. No se trata de una patología clínica e incluso algunos psicólogos no están de acuerdo con la existencia de este síndrome como tal. Por ejemplo,
Mamen Bueno, la psicóloga del
equipo de Criar Con Sentido Común, es tajante: "Yo no creo en ese síndrome".
Pero sí en que ese
ideal de madre perfecta y sacrificada que está relacionada con
"conductas premiadas o dirigidas social y culturalmente. Y que han promovido ciertos comportamientos condicionados por cuestión de género. En la mujer, una presión social en el cuidado y la disponibilidad total a los demás. Y en el hombre comportamientos más dirigidos en procurar el sustento del hogar".
¿Qué es el Sindrome de Wendy?
Es un concepto
contrapuesto al síndrome de Peter Pan que surgió a raíz de un libro homónimo
del psicólogo Dan Kiley, escrito en 1983. Este hace referencia a aquellos
adultos que se niegan a madurar (y quieren seguir siendo jóvenes, sin responsabilidades ni obligaciones).
Mientras el complejo o síndrome de Wendy, al que este mismo autor le dedicó otro libro, hace referencia a la
mujeres que se convierten en "madres" de sus parejas.
¿Pero por qué una mujer querría convertirse en madre de su pareja?
No tiene nada que ver con algo natural ni innato (¡solo faltaba eso!). Más bien está
relacionado con la educación, con entorno social, con los estereotipos del amor romántico... Y también con las
heridas emocionales de la infancia.

Si una persona ha experimentado de pequeña abandono y soledad; o le ha faltado afecto, compañía y protección, esto puede marcarla y convertirla en alguien con
dependencia emocional. También el
miedo al rechazo puede estar relacionado con
una experiencia de no aceptación por parte de su familia o entorno durante la infancia.
Y con
la llegada de los/as hijos/as esa entrega se puede
agudizar y hacer que se enfoquen todas las energías en ellos. Hay
"condicionantes familiares y socioculturales", indica Mamen Bueno.
"Son personas que han estado en ambientes familiares y/o sociales en los que se primaba o incentivaba ese tipo de comportamientos. O bien de pequeños les obligaron a asumir un papel de responsabilidad muy prematuro, por parte de padres negligentes, muy estrictos o simplemente enfermos".
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Otros factores que nos llevan hacia el ideal de madre perfecta
Creamos o no en el síndrome de Wendy, lo cierto es que a la infancia, el entorno y el contexto social, también se suman otros dos conceptos que todas las mujeres sentimos alguna vez:
la culpa y
la carga mental. Se nos sigue enseñando y transmitiendo el rol de que las mujeres
debemos ser cuidadoras y asumir toda la responsabilidad del hogar y, aunque nos rebelemos,
nos sigue costando enormemente compartir esa carga y no sentirnos culpables por ello.
Y
se nos juzga continuamente, incluso por otras mujeres. Así que al final nos auto-convencemos de que para eso hemos nacido, para
cuidar a los demás y que, además,
eso nos hará inmensamente felices y no habrá nada en nuestra vida más importante.

Y lo cierto es que no, aunque
la imagen que se siga exponiendo
en redes sociales, medios de comunicación o películas es ese: una mujer maravillosa que ha encontrado el amor de su vida, aunque de vez en cuando la haga sufrir; comprensiva, con tiempo para sus hijos, para estar guapa para su pareja y, por supuesto, tener la casa impoluta, además de tener un buen trabajo donde una es bien considerada.
Así que, sumamos a la coctelera, la infancia, la educación, la presión social, la imagen estereotipada y las características de cada persona y aparece ese tipo de madre, que responde de inmediato al hijo que llora, accede siempre y evita cualquier conflicto, y
sobreprotege de tal forma, que siente resentimiento y vuelca toda la frustración en los/as hijos/as cuando estos quieren volar solos. Y eso tiene
consecuencias para la mujer y para los hijos.
Cómo superar el síndrome de Wendy
Quienes aceptan este concepto de síndrome de Wendy hablan de
ciertos comportamientos: suelen ser personas sumisas,
se sienten esenciales, evitan los conflictos y molestar a los demás. Incluso llegan a asumir la responsabilidad y piden disculpas por cuestiones en las que no deberían.
Protegen excesivamente a los demás y sienten esa necesidad de cuidar a otros.
Es muy posible que la mayoría de mujeres se hayan sentido un poco como Wendy en algún momento de su vida (independientemente de la maternidad), aunque la diferencia sería que quienes tienen el síndrome tienen
un miedo real a ser abandonadas y no cumplir con las expectativas (las de los demás y las auto impuestas).
¿Cómo se puede neutralizar esos comportamientos? Lo primero es
saber decir no y poner límites. No hay que sentirse culpables por ello. También sería importante
respetar los espacios y, sobre todo, practicar el
autocuidado.

Tenemos que
querernos si queremos querer bien a los demás. Hacer cosas que nos gustan, pasar
tiempo dedicados a nosotras y no sentir que estamos traicionando a nadie ni que somos unas egoístas sin sentimiento. Y para ello,
hay que repartir las responsabilidades con la pareja.
En cualquier caso,
si te sientes identificada con el personaje de James Matthew Barrie o sientes que no llegas a todo y eso te hace sentir mal, deberías
pedir ayuda. En
la Tribu de CSC, nuestras profesionales pueden orientarte en este sentido, y también puedes compartir tu situación con otras madres que se sientan igual y escuchar sus experiencias.
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Evitar la sobreprotección de nuestros hijos
Como decía antes,
ser una madre perfecta y asfixiante también
tiene consecuencias para los hijos. Hay que protegerlos, por supuesto, es algo instintivo, y también
establecer límites con respeto; pero también dejarles libres para que aprendan, para que se equivoquen, para que lo intenten las veces que sean, para que crezcan, en definitiva, y sean felices. Si los sobreprotegemos y no les dejamos tomar las riendas de su vida,
se convertirán en personas inseguras y dependientes que serán incapaces de desenvolverse por sí mismos/as.
Así que hay que
dejar que sean independientes, que hagas cosas por sí mismos (aunque sean el mero hecho de elegir su ropa para ir al colegio), permitirles explorar el mundo y animarles a ello,
fomentar su autonomía pero
dejándoles claro que estaremos siempre a su lado cuando nos necesiten. Y cuando
nos sintamos tentadas en volcar nuestras expectativas en ellos/as, pararnos en seco.
Nuestros hijos no son extensiones nuestras, sino personas con el mismo derecho a ser respetadas que los/as adultos/as.
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Recuerdo que cuando nació mi primera hija me sentía horriblemente
preocupada por todo lo que yo hacía con respecto a ella.
Pensaba que cualquier error mío podría ser fatal y tendría consecuencias cuando creciera. Pero, luego, comprendí que
de los errores se aprende probablemente más que de los aciertos y que
las dos teníamos que hacer este camino juntas, pero
cada una en su lado de la travesía.