Los riesgos de sobrecompensar con regalos la falta de tiempo

Ningún juguete, ni siquiera un millón de ellos, podrá nunca sustituir nuestra presencia

Armando BastidaArmando Bastida5 min de lectura
Los riesgos de sobrecompensar con regalos la falta de tiempo

En muchos casos, las personas adultas regalamos en exceso a los peques en un intento —consciente o no— de compensar otras carencias. La más frecuente: la falta de tiempo para estar con ellos.

Compensar con regalos la falta de tiempo

El scalextric, los LEGO, la videoconsola, el coche teledirigido, la Barbie, el osito de peluche, el juego de mesa, la casita de Peppa Pig, el maletín de médico, el Spiderman articulado, el castillo de Frozen, la cocinita, la bicicleta, la casa de muñecas, el banco de herramientas, el centro de mando de la Patrulla Canina, el disfraz de Minion, el caballito balancín…

Hay cartas de Reyes Magos que son interminables. interminables. Y seguramente, si dejáramos a niños y niñas pedir sin límites, la mayoría lo serían. Parte de esto tiene que ver con el marketing y el consumismo, que hacen muy bien su trabajo: convertir deseos en supuestas necesidades que no existían hasta que vimos ese anuncio tan bien hecho.

Pero también hay algo natural en ese “quiero todo lo que veo” propio de una infancia que está descubriendo el mundo, rodeada de estímulos constantes y sin haber desarrollado aún el pensamiento crítico necesario para distinguir entre lo que realmente necesita, lo que desea y lo que desea porque alguien se lo ha sugerido.

Los riesgos de compensar con regalos la falta de tiempo

El sentido común nos dice que, con los regalos —como con casi todo—, la virtud suele estar en el término medio. Pero ni el término medio es igual para todas las familias, ni el sentido común es tan común como nos gustaría.

En muchos casos, somos madres y padres quienes regalamos en exceso intentando compensar otras carencias. A veces, las carencias materiales de nuestra propia infancia. Especialmente en familias que crecieron con poco y hoy quieren que a sus hijos “no les falte de nada”. Otras veces, lo que intentamos compensar es la falta de tiempo.

En las últimas décadas, la organización familiar ha cambiado de forma profunda. La incorporación de la mujer al mercado laboral ha supuesto avances enormes en autonomía, independencia económica y desarrollo personal. Sin embargo, la pérdida de poder adquisitivo, junto con el aumento del coste de la vida y el estancamiento de los salarios, ha hecho que en la mayoría de hogares sea prácticamente imprescindible que entren dos sueldos para poder sostenerse.

Como consecuencia, en muchas familias ninguno de los progenitores puede —aunque quisiera— dedicarse durante unos años a la crianza. En otras, aun pudiendo hacerlo, no se desea aparcar la carrera profesional. En cualquier caso, lo habitual hoy es disponer de menos tiempo del que nos gustaría para estar con nuestros hijos e hijas. Y con ese poco tiempo suele venir la culpa.

Culpa por no estar tanto como querríamos. Por llegar cansados. Por no poder atender siempre. Y, en ese intento de compensar la ausencia, muchas familias recurren a los regalos como sustitutos del tiempo.

Lo que de verdad necesitan

Nuestros hijos no necesitan una habitación llena de juguetes para entretenerse mientras están solos. Nuestras hijas no necesitan más pantallas para pasar el tiempo mientras trabajamos. Nos necesitan a nosotros. Nuestra presencia.

Y esto no va de culpabilizarnos. Tenemos las vidas que tenemos y hacemos lo que podemos dentro de unas condiciones laborales y sociales que no siempre acompañan. No se trata de estar todo el día con ellos, ni de hacerlo perfecto. Se trata de cómo estamos cuando estamos.

Porque si cuando nos quieren contar algo nunca es buen momento; si cuando nos piden atención respondemos sin dejar de mirar el móvil; si sus cosas nos parecen siempre menos importantes que las nuestras… difícilmente esa necesidad de conexión se va a compensar con juguetes.

Regalar tiempo es, probablemente, el mejor regalo. Compartir tiempo con y para ellos. Jugar a un juego de mesa, hacer manualidades o leer un libro juntos son oportunidades maravillosas para estar presentes, conectar y disfrutar.

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  • Necesitan que, cuando algo sea importante para ellos, sepamos parar. Que aparquemos por un momento nuestras interminables listas de tareas para escuchar.
  • Necesitan que el tiempo compartido se dé en un clima de calma y respeto. Que sientan que les queremos más allá de sus conductas, incluso en los momentos de desencuentro.
  • Necesitan conexión. Risas. Juego en familia. Charlas sobre las cosas que les importan. Miradas a los ojos sin prisas.
  • Necesitan sentirse importantes, tenidos en cuenta, escuchados. Poder opinar, decidir, equivocarse y aprender sin sentir que alguien está esperando el error para señalarlo.
  • Necesitan sentirse parte de la familia, contribuir al bienestar común, saberse útiles y valiosos.
  • Necesitan un beso de buenas noches, un cuento inventado en la cama, una canción absurda para reírse, un abrazo largo que sostenga la tristeza, una caricia que seque las lágrimas, una sonrisa cómplice que acompañe la alegría.
  • Necesitan que arañemos ratitos a nuestra ajetreada agenda para jugar con ellos. A cualquier cosa. Para disfrutarnos.

Y ningún juguete, ni siquiera un millón de ellos, puede sustituir todo eso.

Así que estas Navidades, en lugar de añadir más paquetes bajo el árbol para compensar con regalos la falta de tiempo o atención, quizá podamos hacer algo diferente: sumar momentos al álbum de recuerdos en familia.

Porque esos, a diferencia de los juguetes, no se rompen, no se olvidan y nos acompañan toda la vida.

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