Hoy mientras estudio y me preparo para recibir
mi certificación como asesora de lactancia, con la firme decisión de acompañar a todas las mujeres que lo requieran para tener un proceso de lactancia exitoso; miro hacia atrás para recorrer mis propios pasos en este camino.
Durante el embarazo de mi primera hija, en el año 2014, leí, busqué, investigué todo acerca del proceso que estaba viviendo y del acontecimiento que más llenaba mi cabeza y mis expectativas:
EL PARTO.
¡Toda mi energía se centró en pensar, imaginar, planificar y prepararme para ese gran momento! A la lactancia nunca la tuve en cuenta: ¿Qué tanto tenía que saber? ¡El bebé se pone en el pecho y listo! Comienza a mamar.
Llegó el día y de forma inesperada, por fuera completamente de mis expectativas y anhelos, nació mi hija, por medio de una cesárea que no me esperaba ni quería (pero absolutamente necesaria puesto que tenía
preeclampsia severa y después de un trabajo de parto inducido de 12 horas, las cosas no estaban bien). Aún no lo sabía, pero mi alma había quedado rota, con una herida muy grande que sanaría un tiempo después...

Me entregaron mi hija, la puse al pecho y para la salida de la clínica recibí la recomendación (que le dan a la mayoría de mujeres) por parte del pediatra de turno en una muy buena clínica que "apoya la lactancia": "Tu trabajo es darle pecho y pecho, a demanda: 15 minutos de un lado, 15 minutos del otro y si queda con hambre, le das una onza de xxxx fórmula" (1 onza son 30 ml de leche artificial).
Ya en casa, empezaron los problemas
Los días pasaron y
mis pezones se rompieron. Yo pensaba que era normal, que así es la lactancia, que tenía que "hacer callo" y me aguanté. Lloraba y sentía miedo cada vez que esa pequeña criatura tenía hambre, pero así me aguantaba y la alimentaba, hasta que un día cualquiera, a las diez de la noche, después de haber mamado por un rato, la niña lloró y lloró desesperada. Yo tenía los pechos flojos, sentía que "no tenía leche", mi esposo me decía: "Tiene hambre" y yo angustiada llorando le decía: "Pero yo no tengo leche, ¿qué hago?", y recordamos la recomendación de aquel pediatra.
Sin pensarlo dos veces, ese papá impotente ante la situación, salió corriendo a conseguir la leche que hacía falta. Nunca me imaginé que dar un tetero doliera tanto: me dolía el alma,
mi mamífera interior, mi ego de mujer que habría querido parir de forma natural y que ahora "tampoco" podía alimentar a su bebé, su cría.
Ese primer biberón se fue convirtiendo en una bola de nieve. Ya eran 2, 3, 4 al día y con cada uno yo lloraba, cada uno me dolía. ¿Era posible no poder alimentar a mi hija? ¿Cómo hacían antes, cuando la fórmula no existía? Y comencé a buscar, a preguntar, a indagar, qué fórmula mágica podría tomar para aumentar mi producción... (y no lo niego, probé varias).
La Liga de la Leche llegó a mi vida
De esa forma vi en algún foro nombrar "La liga de la leche". Sin pensarlo busqué su página y escribí un correo desesperado, gritando por ayuda. Recibí respuesta inmediata, información que fue luz al final del túnel, ESE ERA EL BREBAJE MÁGICO QUE NECESITABA:
¡¡LA INFORMACIÓN!!
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Absolutamente decidida y empoderada, logré mejorar el agarre de mi bebé (que era lo que me lastimaba), pasé sentada -literalmente-
tres días seguidos con mi bebé al pecho, turnándola de un lado al otro, y logré un proceso de relactación.
Para mí estaba comprobado:
no nos falta leche, ¡nos falta información! Jamás volvimos a usar un biberón, el tarro de leche que quedaba, con total felicidad se fue para la basura; mi ego de hembra se había recuperado y mi confianza en mi naturaleza mamífera se restableció, ayudándome a sanar, en parte, esa herida que me había quedado del nacimiento.
Transcurrieron los meses, pasamos el año y medio, íbamos llegando a nuestra meta (mínima): los dos años y ¡oh, sorpresa!
venía en camino un hermanito. Mi imaginación comenzó a volar cuando me soñaba amamantando en tándem a mis dos niños. No iba a destetar a mi hija por el nuevo embarazo, pero de nuevo, la naturaleza me mostró que con ella no se puede planear.
El destete parcial
A causa del embarazo, comencé a experimentar una fuerte
agitación por amamantamiento, que es
un rechazo muy fuerte por amamantar. Se siente fastidio, repulsión y se evita la situación al máximo; sumado a eso y a la sensibilidad en los pezones propias del embarazo, por los cambios hormonales que estaba viviendo, la producción de leche bajó (normal durante la gestación) y mi hija hacía succiones vacías; entonces aparte de repudio, me causaba dolor.

De nuevo aguanté y aguanté hasta que mi cuerpo dijo: ¡No más! y tomé la decisión que jamás me habría imaginado:
destetaría a mi hija.
Hicimos un proceso de varios días, de mucho diálogo y preparación para el momento que finalmente llegó una noche cualquiera, en medio de la madrugada, cuando le dije a mi hija de 22 meses que
ya no había teta. Papá la contuvo y tuvo un papel muy importante en este proceso.
Seguí dándole de día, pero la falta de tomas nocturnas bajó en picada la poca producción que quedaba y después de eso, fue ella solita la que se destetó. Simplemente
se aburrió de mamar y no sacar leche.
Le hice el duelo a mi lactancia. Esa por la que tanto me había esforzado, ahora le decía "hasta nunca". ¿Me dolió? Sí, mucho.
Pasaron 4 meses después del destete definitivo que para mi fueron la gloria, porque tuve un descanso que realmente necesitaba, porque estaba a punto de parir a un bebé que también merecía toda mi energía y dedicación.

En todo el tiempo transcurrido de mi primera lactancia decidí hacerme asesora. Nunca he dejado de asistir a las reuniones de grupo de apoyo de la Liga de la leche, he leído, he estudiado, he pertenecido a grupos de apoyo virtual y estaba perfectamente preparada y empoderada para recibir con toda mi energía mi segunda lactancia.
"No le den biberón, por favor"
Mi bebé nació de emergencia (de nuevo por cesárea) por oligohidramnios (bebé que se queda sin líquido) a las 38 semanas de gestación, con la gran diferencia que tuve una cirugía increíblemente hermosa (había cambiado de obstetra y ella tenía muy claro mi necesidad de sanar mi herida emocional de la primera cesárea), fue un momento muy humano, respetado y en completa calma. Dentro de las recomendaciones que pedí, estaba que
no le fueran a dar biberón ni fórmula a mi bebé y mi hermosa doctora me aseguró que podía estar tranquila que eso no iba a pasar.
Mientras estaba en recuperación mi angustia era que me entregaran lo más pronto a mi hijo para ponerlo al pecho, pues fue un bebé macrosómico (más grande que el promedio general) y necesitaba que tomara suficiente calostro y evitar que le diera hipoglucemia (tanto los bebés bajos de peso como los macrosómicos necesitan más cantidad de leche porque tienen un gasto de energía mayor que el promedio y esto les puede bajar fácilmente los niveles de azúcar). Entonces se acercó una enfermera y me dijo (como respuesta a mi insistencia que me entregaran el niño): "Tranquila mamá, dedíquese a descansar, a su bebé ya le dimos una carga de 30cc de fórmula".

¿¿¿¿EN SERIO???? ¿En serio me estaba pasando eso a mi? ¿Le quitaron la oportunidad única en la vida a mi hijo de recibir en su cuerpo calostro por primera vez? ¡Yo no necesito descansar!
¡Yo necesito poner a la teta a mi hijo! (esta situación fue una decisión arbitraria de la enfermera que asumió que yo quería "descansar", ya que la mayoría de mamás lo solicitan - tristemente).
Me lo entregaron a las 2 horas de nacer, con la ropa que con tanto amor habíamos escogido para él, vomitada (aunque me alegró que no se hubiera tomado todo lo que le dieron), y con la firme advertencia: "Este niño NECESITA ser complementado cada 3 horas con fórmula por su tamaño, usted no puede alimentarlo porque necesita mucha comida". En ese punto, mi loba interior estaba en su punto más efervescente y le iba a demostrar al planeta entero que eso no es así, que
mi cuerpo podía alimentarlo.
Logré que se agarrara increíblemente bien y comenzó a mamar, pero entramos en un círculo vicioso: me lo entregaron muy tarde (y lleno) y apenas mamaba, por lo que empezó a bajarle el azúcar y le dieron una segunda dosis de fórmula, que con el dolor y angustia de mi alma, tuve que aceptar. Llegaban cada 3 horas a darme
el complemento, que debo confesar, botaba casi en su totalidad (lo vomitaba).
Dentro de nuestra angustia, fue un bonito momento de complicidad y sincronía entre mi esposo y yo, haciendo
la "maldad" de no hacer caso y seguir nuestro instinto. Lo ponía al pecho cada hora y media, intentando desesperadamente despertarlo a que mamara, con toda la incomodidad y dolor que representa
una cesárea.
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Al día siguiente, llegó la pediatra de ronda, un ángel que ya conocíamos anteriormente como una defensora de la lactancia y le pudimos expresar todas nuestras inquietudes frente a la orden de darle complemento de fórmula a nuestro bebé, y su respuesta fue muy gratificante: "¡No! eso es solo darle poquitos por las primeras 48 horas para evitar la baja de azúcar, pero cuando lleguen a casa es pegarlo al pecho y ya está!".
Y bueno, para no alargar más la historia, así fue, llegamos a casa, bebé pegado al pecho y jamás supimos de nuevo de fórmula... mi naturaleza no me ha fallado:
claro que puedo alimentar a mi bebé. Ahora esperaré unos cuantos meses (años) para vivir un destete natural.
No nos falta leche,
¡nos falta información y empoderamiento!
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